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Domingo, 10 de noviembre de 2002

PáGINA 3

Alfonsín & Menem S.A.

por Juan José Sebrelli
A pesar de sus diferencias, exageradas por ambas partes por razones de competencia, y de los estilos personales tan distintos, semiintelectual en el alfonsinismo, farandulero y frívolo en el menemismo, Alfonsín y Menem tuvieron muchos puntos en común, tanto positivos como negativos. No obstante, el cambio favorable en su manera de hacer política, tanto en Alfonsín como en Menem, subsistían las reminiscencias del pasado; en su fuero interno y en la mejor tradición de la vieja política personalista, los dos desdeñaban a sus respectivos partidos y tendían a gobernar prescindiendo de éstos. Ambos los dejaron relegados y abandonados a sus internas feroces y contradicciones insolubles, a las que ellos contribuían con su propio personalismo. Alfonsín se rodeó de los jóvenes de la Junta Coordinadora, resistidos por los miembros más antiguos del partido, y Menem de una corte variopinta y obsecuente, “el entorno menemista”.
Los dos procuraron, aunque con más énfasis Menem, dar mayor preponderancia al Poder Ejecutivo y pasar frecuentemente por alto a sus propios representantes parlamentarios, gobernando por decreto o tomando con el mayor sigilo decisiones políticas y, sobre todo, económicas. Alfonsín, con menos audacia que Menem, intentó conformar un Poder Judicial a su gusto nombrando jueces adictos. También tuvo sueños hegemónicos y buscó –sin lograrlo– una reforma constitucional con reelección presidencial. Torcuato Di Tella habló de la “fantasía priista” de Alfonsín y Jouncourt señaló que Alfonsín y Menem se comportaron como “monarcas republicanos”.
Sin embargo, y a pesar de la sobrevivencia del personalismo sobre las instituciones, algo había cambiado. No eran ya líderes carismáticos, a la manera clásica, estos gobernantes expuestos a la crítica de los medios, sometiéndose a las preguntas incisivas de los periodistas y cuyo índice de popularidad cambiaba en cada nueva encuesta. Todavía Alfonsín tuvo algún amago de liderazgo carismático, organizando concentraciones de masas en Plaza de Mayo, pero no fue más que una ilusión pronto desvanecida. Menem ni siquiera salió al balcón, prefirió las cámaras televisivas. Se dijo que ésta era la nueva forma de carisma neopopulista, pero en ese caso, de los dos elementos que constituyen al ídolo popular –la proyección y la identificación–, Menem optó por el segundo, apareciendo no ya como el ser lejano e inaccesible, sino como el hombre común con quien se convivía cotidianamente desde la pantalla del televisor, interviniendo hasta en programas de entretenimiento. Los escándalos familiares y sus amoríos explotados por la prensa amarilla indignaban a sus adversarios, pero lo humanizaban ante sus simpatizantes. Todo ello desvalorizaba la política, pero también tenía su lado positivo, contribuía a disolver el aura sagrada que envolvía a los líderes políticos de otra época.
Que Alfonsín no haya sido otro Yrigoyen ni Menem otro Perón –aun contra el deseo de ambos– fue un avance para la democracia, un signo de secularización de la vida política, de la muerte de la política como religión y del ocaso de los conductores políticos como apóstoles o profetas mesiánicos.
Los dos grandes partidos, el radicalismo y el peronismo, perdieron la identidad del pasado, sus respectivos estilos, su –aunque confusa– ideología, para transformarse en indefinidos partidos que buscaban sus electores en cualquier parte y abarcaban lo más posible. Sus propuestas se parecían cada vez más entre sí, posibilitando, de ese modo, las alianzas entre adversarios y la coexistencia, algo inédito en la política argentina. La desaparición del partido hegemónico fue un avance, aunque su lado malo fue la transformación de la llamada “clase política” en corporaciones cerradas con intereses particulares y aislados de la sociedad civil. Personajes como José Luis Manzano –del lado del menemismo– y Enrique “Coti” Nosiglia –de parte del radicalismo– serían los operadores políticos más notorios de esa corporación. Con esta pérdida de las características carismática y hegemónica de los partidos se diluía, al mismo tiempo, la base permanente de la vieja política, el electorado homogéneo, “cautivo”, las lealtades transmitidas de una generación a otra, a la vez que crecía el sector de los independientes o los indecisos, que votaban por un partido u otro según la circunstancia y que representaban el triunfo del individuo libre y autónomo sobre el holismo autoritario.

Fragmento de Crítica de las ideas políticas, el libro de Juan José Sebrelli que editorial Sudamericana distribuye en estos días en Buenos Aires.

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