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Domingo, 1 de diciembre de 2002

PáGINA 3

Ey, don

Por Giuseppe Carlo Marino
En el sistema de intereses de la segunda posguerra, en una Italia en el centro de la tormenta de la Guerra Fría, para una buena parte del país la buena política fue sobre todo la lucha contra el comunismo. Y Giulio Andreotti se ha encontrado varias veces desempeñando, tanto por autónoma y convencida elección como por una fundamental presión de su militancia, el papel de primer actor y de maniobrero falto de prejuicios de todos los posibles instrumentos a disposición de una realpolitik anticomunista.
Quien conoce a los hombres y las cosas de Sicilia, tiene presente no sólo la turbia vicisitud del bandido Salvatore Giuliano en los tiempos del ministro Scelba, sino también todo el desarrollo de las relaciones político-criminales que han relacionado orgánicamente a la mafia con las distintas fases de la política nacional. Quedan indelebles en la memoria las escenas de las reuniones en el curso de las cuales los políticos, de acuerdo con los padrinos, programaban los resultados de las consultas electorales, reuniones del tipo de las contadas en un inédito Memorial por el cándido mariscal Calandra, testigo de las afectuosas relaciones, propiciadas por prefectos de la República, entre importantes políticos y notables demócrata-cristianos como Aldisio, Giglia y Volpe y los mafiosos Genco Russo, Serafino Di Peri y Calogero Vizzini. Entonces, en 1948, sólo se trataba de las premisas de una actividad destinada a desarrollos cada vez más sofisticados y peligrosos, hasta el apogeo de los años setenta y ochenta.
Más allá de las sentencias de fines de siglo sobre los distintos protagonistas, lo más importante es que queden sometidos a un despiadado y ecuánime juicio de la historia todos los aspectos criminales de la larga época de la Guerra Fría, que ha inducido a muchos a considerar necesaria en Italia a la mafia siciliana para combatir al comunismo y debilitar a la izquierda, tal como con posterioridad, y aun hoy, en la ex Unión Soviética se ha considerado, y se considera, que para fundar la democracia se debe recurrir a otra “mafia”, la de los nuevos ricos creados por Boris Yeltsin.
La absolución de la que al fin se ha beneficiado el senador Andreotti no puede constituir un pretexto para cuantos querrían rebajar a la mafia a puro y simple fenómeno de delincuencia organizada, mientras que quedan pocas dudas sobre el hecho de que la mafia siciliana ha sido, en cambio, esencialmente, un específico fenómeno de mala política que ha utilizado para sus fines a la delincuencia. No puede ser un pretexto para liquidar la cuestión de las relaciones mafia-política y, por tanto, para ocultar la funcionalidad del fenómeno a los enredos entre mala política (la asociación de los poderes públicos con la mafia) y mala economía (la rapaz apropiación privada de los recursos públicos llevada a cabo con la práctica mafiosotangenticia) en el marco de los procesos capitalistas, precisamente mientras numerosos estudiosos y magistrados están dando la alarma sobre ciertas transformaciones modernizadoras que parece que están preparando la invasora presencia de una mafia de nuevo cuño, con un cautivador rostro financiero y dotada de una sofisticada cultura informática, en el sistema de la globalización.
Giulio Andreotti ha dicho hace un tiempo que si tuviera que vivir una segunda vida se cuidaría del peligro de volver a entretejer relaciones con los sicilianos. Este es, desde luego, un juicio demasiado severo sobre un pueblo que ha sabido producir en distintos momentos una fuerza muy relevante de combatientes y de mártires en el empeño civil contra la mafia. Y el senador, más allá de sus preocupaciones personales, haría bien en reflexionar sobre los particulares problemas de quien, como el autor de estas líneas, ha nacido en Sicilia y ha seguido viviendo en ella, pero guardándose tenazmente de cualquier contacto con Lima y Ciancimino, al menos para no encontrarse luego en el deber de depender de su benevolencia o de los límites de credibilidad de los arrepentidos.
Pero se trata, en resumen, de problemas privados y de poca entidad comparados con los que la comunidad nacional en su conjunto y Europadeberían enfrentarse si se afirmara –como de algún modo ya se está afirmando– la idea de que la mafia siciliana es un fenómeno del pasado sólo porque, después de la época de las grandes matanzas, se ha asistido a la total aniquilación del clan de los corleoneses. Al respecto, aquí, por desgracia, deben repetirse las poco tranquilizadoras previsiones formuladas tiempo atrás. Con una nueva alarma que debe conectarse con la reciente tendencia promovida por todos los sectores de la política y la economía a resolver las controversias con el pasado imaginado, como ha sucedido en parte con el fascismo, que una larga sucesión de crímenes del poder y de la mala vida puede encerrarse en un muy delimitador paréntesis de la historia y valorarse como una enfermedad afortunadamente resuelta en una completa curación sin consecuencias para el futuro de la sociedad italiana.
En semejante contexto, alimentado por la tendencia a conseguir una pacificadora normalización a través de la eliminación de las responsabilidades y en el olvido de los responsables, mientras desconfianzas, reprobaciones y sospechas se condensan cada vez más sobre los jueces herederos de Falcone y Borsellino, en un acto de peligroso debilitamiento de las civiles y vitales tensiones que habían penetrado la revuelta legalista desencadenada contra la mafia y el sistema de corrupción en la última década del siglo pasado. Y no debe excluirse la eventualidad de algún nuevo régimen en el cual la mafia se apresuraría a reinventarse un papel importante, más allá de un curso por ahora aún marcado por el vivaz conflicto entre al menos dos corrientes contrapuestas de italianos, en una Italia de transición que acaba de superar el confín del siglo XX sin conseguir encontrar, no obstante, ningún anclaje estable en la herencia de su reciente historia nacional: por una parte, los responsables, no arrepentidos, de la catastrófica experiencia de los años ochenta ahora unificados, más allá de las persistentes diferencias, por una común invocación de amnistía y de instrumental hipergarantismo; por la otra, el heterogéneo pueblo de las innumerables víctimas de corrupciones públicas y privadas, además de oficiales ilegalidades entre la mafia, las comisiones ilegales y los repartos de cargos, un pueblo decepcionado y sufriente en el desarrollo de inestables acontecimientos que en muchos aspectos parecen más propicios para las prácticas transformistas que para los requerimientos de justicia. Todo ello en una situación política del país que ve desvanecerse el tradicional enfrentamiento dialéctico entre la izquierda y la derecha. Sinceramente es de esperar que este, no precisamente tranquilizador, análisis de los procesos en curso sea demasiado alarmista y equivocado.

Estas líneas (anteriores a la reciente sentencia que cayó sobre Andreotti) pertenecen al epílogo escrito por Giuseppe Carlo Marino para una nueva edición de su Historia de la mafia, que Javier Vergara distribuye en la Argentina por estos días.

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