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Domingo, 6 de julio de 2003

PáGINA 3

T de Tentación

POR TONI NEGRI

Tengo en la cabeza una frase formidable: discutíamos con Michael Hardt sobre la definición del concepto de multitud, y Michael citó una página del Evangelio sobre la tentación que pone en escena al Diablo. El Diablo se presenta diciendo que se llama “legión”: “Somos una legión de diablos”. Esta historia es fascinante, porque lo que se expresa, extrañamente, es una posibilidad de multitud. ¡No está tan mal como introducción a la tentación! Una legión de diablos... ¡Si el Diablo es eso, estamos completamente de acuerdo! Es ante todo una manera de afirmar que queremos todas las riquezas posibles, todas las virtudes y todas las potencias existentes. En la teoría de los ángeles, ya sean caídos o no, todo procede por legiones: los querubines, los serafines, los ángeles de dominación que están arriba del todo... Hay que reconocer que es muy agradable nadar en un océano de tentaciones. Quizá las tentaciones no sean otra cosa que los modos de esa sustancia que es el deseo de hacerlo todo, de armarlo todo, de no tener ningún límite. Hablo de “modos” según la manera de Spinoza cuando dice que los modos son como las olas del mar. La tentación es una llamada del mundo, hay que saber oírla y aceptarla. El problema viene de que siempre hay una contrapartida: en la tentación del Diablo, es el riesgo de la alienación. Se gana algo, en la medida en que se pierde la pesadez de lo cotidiano. Pero el pacto es peligroso. Hay algo faustiano en todo esto, hay que tener cuidado.
No quiero exagerar, porque en realidad no es tan sencillo como quisiera creer. Como nos lo enseña la Divina Comedia, las tentaciones son contradictorias. Está la tentación del devenir común y la de la traición; está la tentación de amar y la de odiar; está la tentación de generar y la de destruir... A veces podemos elegir, a veces también estamos sometidos a una verdadera tempestad. Lo que es seguro –y es lo que Dante ha exaltado a través de la figura de Ulises– es que, en este furioso juego, podemos perderlo todo; y, sin embargo, aceptándolo, podemos ganarlo todo. Si los diablos son legiones, las tentaciones son una multitud de vidas.

T de Tierra...
–La “tierra” es nuestra condición. La tierra es bella porque está viva. Produce, alimenta, apaga la sed. Es, ella sola, la combinación de los cuatro elementos fundamentales de la cosmología. La tierra viene antes que la materia, es a partir de ella como la materia se inventa. En ella encontramos diamantes o petróleo, infinitas riquezas; para mí también es la riqueza del valle del Po, que rinde cosechas varias veces al año. La tierra es, pues, un fundamento de la materia, pero igualmente es lo que debemos trabajar y transformar para producir más riquezas todavía. La tierra es la naturaleza transformada por el trabajo: ¡nada menos natural que la tierra del valle del Po! No hay un solo centímetro cuadrado que no haya sido transformado. Es un tesoro que hemos recibido y reconstruido a la vez. En Francia tuve la misma impresión en Borgoña. Toda la belleza de la tierra viene de esa ambigüedad: la tierra es a la vez el fundamento de todo y el producto último de la actividad humana. En ella encontramos todos los aspectos de nuestra relación con lo real. Dicho esto, sólo hablo de las tierras ricas, lo cual es injusto; y no conozco bien las tierras pobres. Me percato ahora de que siempre he viajado no ya a los países ricos sino a los países cuya tierra era generosa. Sabe usted, el trabajo y la técnica pueden volver ricas a muchas tierras pobres. Hay que atreverse. Ciertamente hay equilibrios ecológicos que respetar, y hay que entender los límites necesarios del desarrollo; pero esas preocupaciones y esas prudencias no pueden cortarle las alas a la generosidad con la que el hombre es capaz de transformar la tierra, de enriquecerla con su trabajo. La ambigüedad de la relación entre el hombre y la tierra debe ser acentuada, y no suprimida: acentuada con conocimiento de causa, es decir, con un extremo cuidado.

Pero T también es la T de Torres Gemelas...
–Cuando las torres se derrumbaron, nos dimos cuenta bruscamente de hasta qué punto formaban parte de nuestra imaginación, y por lo tanto denuestra vida –iba a decir de nuestra tierra–. Es un poco como en los relatos de otros tiempos, en que una terrible tormenta destruía todas las cosechas en diez minutos... Cuando los hunos, una de las primeras tribus bárbaras, invadieron Italia, se decía que la hierba no volvería a crecer en el valle del Po. Los campesinos todavía lo repiten, se ha convertido en un proverbio para conjurar la mala suerte. No sé por qué, tengo en la cabeza la idea obsesiva de que la riqueza no volverá a crecer en la Zona Cero. El verano pasado, antes del atentado contra las torres, leí a Gregorovius a propósito de la decadencia de la Roma imperial, y sobre la destrucción de su topografía y de su arquitectura, a principios de la Edad Media papal. Los bárbaros llevaban a cabo el asalto en permanencia, robaban, destruían, atacaban la ciudad eterna: y Gregorovius insiste sobre todo en las luchas internas del pontificado, las luchas entre los antiguos y los nuevos príncipes... Cuando vi derrumbarse las Torres Gemelas, primero sentí horror, luego piedad: pensé que el nivel de violencia al que había llegado el conflicto entre los que buscan tener la hegemonía sobre el poder imperial se había vuelto verdaderamente terrorífico. Gregorovius añade que los ataques bárbaros dan nacimiento a la arqueología romana. ¿La destrucción de las torres de Nueva York es el principio de una arqueología americana? En todo caso, hay que entender que lo que sucedió pertenece al Imperio: sé que es difícil de pensar, pero hasta la locura asesina de Al Qaeda pertenece al Imperio. Claro está, de momento son los que tienen el poder quienes pueden orientar el guión mundial y hacer de ello la confirmación de su propio poder: hemos entrado en el período bizantino del Imperio. Lo que está siendo construido sobre las ruinas de las Torres Gemelas es un Imperio absoluto contra los fantasmas del Mal. El cielo, después de haber sido oscurecido por el polvo de la destrucción, está ahora atravesado por los truenos de un poder que se olvida de la necesidad de paz y de democracia. Contrariamente a lo que han intentado hacerme decir o me han atribuido, no siento ninguna simpatía por Al Qaeda ni por los movimientos islamistas integristas y antiamericanos: pero el problema no está ahí, porque no creo que nos encontremos ante una real alternativa, ante una verdadera elección de “campo”; estamos, otra vez y siempre, en el Imperio... En cambio, siento una nostalgia enorme por las Torres Gemelas, porque esas torres eran el símbolo de la esperanza, del progreso y del trabajo para todos aquellos que llegaban a Manhattan. Odio el terrorismo que ha destruido las Torres Gemelas y las miles de vida que las habitaban durante la jornada, odio el terrorismo que destruye la tolerancia y la multiculturalidad, los sueños de mestizaje que seguíamos asociando a la historia de Estados Unidos y la esperanza de un nuevo mundo, una Nueva York; pero en igual grado odio el terror de un Estado que grita venganza, que nutre al terrorismo practicando el terror y que se niega a pensar de manera política porque la relación con la violencia –es decir, la instauración de una guerra generalizada– es más fácil de gestionar desde el punto de vista del poder. ¡Válgame Dios, los Estados Unidos sí que fueron otra cosa en el pasado! Hoy, el gobierno americano me parece absolutamente aterrador.

Tomado de Del retorno. Abecedario biopolítico, el libro de conversaciones con Toni Negri que la editorial Debate distribuye en estos días en Buenos Aires.

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