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Domingo, 19 de octubre de 2003

PLáSTICA

De la vida de los colores

En Pentateuco, la muestra que ofrece en el Salón Nacional de las Artes, Juan José Cambre explora los comportamientos más secretos del color y prueba que magia y razón no son incompatibles.

Por Laura Isola
Juan José Cambre está en Buenos Aires, pintando lo que en unos meses expondrá en Costa Rica. Trabaja en dos cuadros muy grandes para la filial costarricense del hotel Four Seasons, de próxima inauguración. “Es simpático”, dice el pintor: “en Costa Rica sólo hay dos estaciones: la de lluvias y la seca. Por eso estoy haciendo un cuadro en ocre y el otro verde”. En ejercicio de su otro oficio –arquitecto–, Cambre también será responsable del color que se les dará a las paredes del hotel. Y es muy probable que en Costa Rica, a su vez, encuentre el tiempo suficiente para pintar lo que después traerá y mostrará en Buenos Aires. Así son las cosas desde que empezó a echar raíces en tierra centroamericana. “Costa Rica me eligió a mí antes de que yo quisiera quedarme allá”, dice Cambre. “Le dedico más tiempo a la pintura, ya que no tengo muchos otros programas. Tengo alguna gente amiga, pero mi familia y mis amigos están acá.”
Allá y acá: el tiempo de Cambre va y viene entre ese país tropical, que tiene una vida sosegada e ignora el ejército, y Buenos Aires, cuya fiereza complementa a la perfección las carencias y excesos costarricenses. “En Costa Rica hago una vida muy tranquila: pinto, saco fotos, leo mucho, voy a la playa de vez en cuando. Si pasara de eso a Santiago del Estero no sentiría tanto el cambio. Pero con Buenos Aires el contraste es un poco violento”. Aun así, Cambre parece disfrutar bastante de los deliciosos males porteños: el vértigo, el ruido, la conversación con conocidos y otros que no lo son tanto.

ARRIBA
Esta vez, la estadía de Cambre en Buenos Aires depara la alegría de Pentateuco, la muestra que exhibe su obra más reciente en el Salón Nacional de las Artes. El título dispara más de una resonancia. Primero, la religiosa: los cinco libros de la Biblia, esos que el canon nunca se atrevió a cuestionar. En segundo lugar, el número cinco –penta–, que nombra la cantidad de colores que protagonizan la exposición de este artista nacido en Ramos Mejía en 1948. Y por último, la referencia a la letra de los libros sagrados. A Cambre nada de todo eso parece convencerlo demasiado, pero la atención con que escucha permanece inalterable: “Las referencias a lo bíblico no son literales. Cuando le pidieron a Matisse que ilustrara Las flores del mal de Baudelaire y le mandaron el libro, el pintor exclamó una frase que me gusta mucho: ‘¡Además de ilustrarlo, tengo que leerlo!’. El nombre de la muestra está más en relación con el número: elijo cinco colores y armo un pentágono con el rojo, el amarillo, el naranja, el azul y el cyan, que inscribo en el círculo cromático. Es mi propio círculo cromático”.
Nadie lo tiene tan merecido como él. En la obra de Cambre, el color ocupa un lugar central: es a la vez visual y temporal. Su trabajo sobre la superficie de la tela –un sutil sistema de veladuras de color que, guiado por fotos blanco y negro de hojas o follajes de árboles, va haciendo aparecer los tonos– es mitad magia y mitad razón. Hay que darle tiempo al ojo para que se acostumbre y encuentre, en esas aparentes planicies cromáticas, el punto, la raya, la curva: la hoja, la rama, el juego de la luz en el follaje. El recorrido convencional de las paredes del Salón Nacional de las Artes se ve interrumpido por una caravana de cuadros apoyados en el piso. De alguna manera hay que frenar al espectador de Cambre. Su muestra anterior, en el Centro Cultural Recoleta, lo tentaba con asientos; ésta prefiere detenerlo (y obligarlo a mirar) con un piquete de obras, delicadísimas miniaturas acostadas que dialogan con las obras que cuelgan en las paredes, mucho más grandes, potenciando la sorprendente perfección de sus efectos de color y de forma. Pese a que los cuadros son muy distintos, a menudo la imagen que les dio origen es la misma y se puede reconocer, travestida de amarillo, de rojo, de naranja: “Esas fotos que proyecto en la tela son tomas que hago constantemente. A veces me encariño con una y la uso muchas veces en distintos cuadros”. Cambre es una especie de etólogo del color, cuyo comportamiento es capaz de describir con un alto nivel de conocimiento técnico. Pero cuando pinta le gusta entregarse al régimen más inestable del ensayo y el error. “Al trabajar con capas de color, tengo que poner uno de base e ir pintando con veladuras muy transparentes hasta lograr el color que quiero. Sé cómo se comportan y qué pasa cuando se combinan, pero a veces no sale lo esperado y hay que empezar de nuevo. Es un poco como el arte, que –por más racionales que seamos en el proceso– ocurre o no ocurre. Y nunca podemos explicar bien por qué.”

ABAJO
Además de estar aquí y allá, en Argentina y Costa Rica, Cambre está arriba y abajo. Las obras nuevas ocupan toda la planta baja de la sala de la calle Alsina, pero algo más se trama por debajo. Cerca de una escalera que baja, un cartel advierte lacónicamente: “Continúa”. La muestra sigue en el sótano, ahora con un carácter antológico. “La invitación era para mostrar Pentateuco, pero como además me ofrecieron el espacio del subsuelo, decidí montar obra seleccionada, que no debe verse como una retrospectiva.”
Curada cronológicamente, esta segunda exposición es independiente, aunque una notable continuidad visual hilvana los veinte años de trayectoria del artista. Al pie de la escalera se ubican dos cuadros de los ‘80, años en que cierta región de la plástica de Buenos Aires parecía poder sintonizar con el proyecto de la Transvanguardia italiana. Jorge Glusberg advirtió esa sintonía y decretó que una Nueva Imagen era posible. Pero era más un signo de voluntarismo teórico que una constatación, y la alegre celebración del “retorno a la pintura” que presuponía terminó forzando el espíritu de esa generación de artistas. “Yo nunca me sentí cómodo con esa idea”, dice Cambre. “Hubo, sí, un regreso a la pintura, pero fue muy sufrido. Y se forzó la teoría para que todos entráramos en el nuevo movimiento. Muchos éramos amigos, pero no teníamos estéticas en común.” Ahora, cuando Cambre se planta frente a uno de esos cuadros, no piensa en cómo pudo haberlo hecho: “Más bien pienso que no podría volver a hacerlo”.
Enseguida, una línea de cuadritos pequeños, rápidos como bocetos, enlaza con el período siguiente: “Son ideas para futuros cuadros. Con cada una de ellas terminé haciendo algo”. Pero esas vísperas de obras tienen tanta gracia, tanta picardía y tanta perspicacia narrativa que se dan el lujo de desdeñar aquello en lo que podrían convertirse. Luego vienen algunos ejemplares de la serie de las vasijas, un motivo al que Cambre dedicó diez años decisivos de su trabajo. El color puro aparece, y la imagen del cuenco va mutando de cuadro en cuadro y se vuelve fondo, abismo, agujero negro, luna, lunar. Ahí arranca la serie siguiente, la de los lunares, que Cambre mostró por primera vez en la galería Klemm. Y de los lunares, de la mano de la fotografía, Cambre pasó a los lugares. Una foto de Monte, otra de Pinamar, otra de Ornö: fotos en las que alguna vez hubo gente posando, paseando, y que después se despoblaron para que Cambre las ocupara con color. Después del flashback subterráneo, volver a la superficie, a Pentateuco, es doblemente deslumbrante: los cinco colores impactan con una bella brutalidad, y el espectador, después del deslumbre, vuelve a hacer foco y a mirar, a mirar bien, de cerca, y a descubrir las nervaduras secretas que vibran en el color.

Pentateuco, de Juan José Cambre.
Hasta el 10 de noviembre en el Salón Nacional de las Artes, Alsina 673.

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