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Sábado, 11 de octubre de 2014

CINE. LLEGA LA PELíCULA DE ANIMACIóN EL LIBRO DE LA VIDA, LA PRIMERA GENUINAMENTE MEXICANA PRODUCIDA EN HOLLYWOOD

LA FIESTA DE LOS MUERTOS

 Por Mariano Kairuz

“Cuando era chico, veía los dibujos de los Súper Amigos en televisión y me preguntaba: ¿cuál de estos superhéroes es el latino? ¿Serán los Gemelos Fantásticos? ¿Y cuál es el mexicano? Recuerdo que un amigo me decía, con total convicción: Es obvio: Batman es el mexicano.”

El que cuenta esto es el realizador, ilustrador y animador Jorge R. Gutiérrez, hombre de gran bigotón que a lo largo de los últimos años se ha especializado en hacer animaciones genuinamente mexicanas en Hollywood. Primero fue un corto para Internet: El Macho vs. The Mariachis of Doom. Luego, una divertida serie de súper héroes latinos llena de colores, calaveras, toros y mostachos, llamada El Tigre: Las aventuras de Manny Rivera. Y ahora, desde esta semana que viene acá y en el mundo, su primera película, producida por uno de los latinos más exitosos en la industria del cine norteamericano actual, Guillermo Del Toro. La película se llama El Libro de la Vida, y está financiada por Hollywood y hablada originalmente en inglés, pero pertenece al mismo universo que El Tigre: un mundo fantástico de esqueletos, plazas de toros, serenatas con guitarra española, tacos. Y una rara pero auténticamente festiva celebración de la muerte. Ciento por ciento mexicana.

El Tigre duró apenas dos años: arrancó con un éxito sin precedentes por el canal infantil Nickelodeon, pero el rating fue decayendo hasta su cancelación. En los veintipico de episodios que dejó, narraba la aventuras del pequeño Manny en ese nido de crimen y corrupción que es Ciudad Milagro (una combinación del D. F., donde nació, en 1975, Gutiérrez, y la Tijuana en que se crió). Manny se transforma en El Tigre, un súper héroe con poderes y máscara de luchador de catch, que hereda su misión de su padre, Pantera Blanca, y combate al mayor villano de la ciudad, su propio abuelo, El Puma Loco. Una idea argumental inspirada en su propia vida: el padre de Gutiérrez era un arquitecto que tenía lo que el pequeño Jorge sentía que eran “superpoderes” artísticos, y su abuelo era un militar cuyo espacio de trabajo repleto de elementos estrafalarios “parecía la cueva de un criminal de historieta”. Manny también lucha por el amor de la pequeña y avispada Frida, y debe enfrentar a menudo a la sobrenatural maldad de Santana, La Muerte, seductor esqueleto de ancho sombrero.

Fue un legendario animador y profesor de la escuela californiana de artes CalArts, Jules Engel, quien instó a Gutiérrez, veinte años atrás, a descartar toda “esa basura adolescente que estaba dibujando, alienígenas y guerreros” y se concentrara en poner en movimiento las imágenes más profundamente relacionadas con su propia tierra.

Y antes incluso de que Nickelodeon le comprara El Tigre, Gutiérrez ya había estado intentando vender un proyecto para un largometraje de dibujos, tan mexicano como su pequeño héroe: un guión que por entonces se llamaba El día de los muertos, obviamente por la celebración que tanto él como Del Toro (que se crió en Guadalajara) recuerdan muy bien de sus infancias. Pero Hollywood no estaba listo aún para este tipo de artefactos: fuera de El Zorro, los delirios baratos de Robert Rodríguez, los thrillers sobre narcos o el escote XL de Salma Hayek, la cultura mex no era lo que los ejecutivos de los estudios consideraban redituable. El mexicano más famoso del dibujo animado clásico hasta entonces era un estereotipo que, recuerda Gutiérrez, a pesar de su amor por los Looney Tunes, desde chico le produjo cierta incomodidad: Speedy Gonzales (o el ratón más veloz de todo México).

Llevará unos años terminar de entender qué cambió en la cultura pop americana en los últimos tiempos –acaso la creciente influencia de varios cineastas mexicanos, como Alfonso “Gravedad” Cuarón; González Iñárritu– pero de pronto la película de Gutiérrez se hizo posible. El Libro de la Vida narra un viaje entre mundos: el de los vivos y el de los muertos y lo que hay en el medio. El que viaja de uno a otro con varias bizarras idas y vueltas es Manolo, hijo, nieto y bisnieto de toreros, que a pesar de que lleva el talento para el banderín en la sangre no sólo está en contra de matar con su espada a los cornudos animales, sino que además quiere, de corazón, dedicarse a la música. Una verdadera mariconada, en este universo de “machos” bigotones, al que se adapta tanto mejor Joaquín, amigo de Manolo de toda la vida, y con quien se disputan el amor de la bella María. A todo esto, una pareja de espíritus compuesta por el maligno Xibalba y la sensible La Muerte (rebautizada La Catrina para el doblaje castellano) lo observan todo y levantan una apuesta en la que se cifra la fe de ambos en la humanidad: nula para uno, total para la otra. Sin arruinarle la cosa a nadie, puede contarse que el mundo de los muertos se divide en dos: uno mexicanamente festivo, como corresponde, que no es sino la próxima parada, casi una segunda, musical, colorida vida en la que los que se van se reencuentran con sus seres queridos. El otro, el gris, opaco Averno al que son condenados aquellos a quienes nadie recuerda después de su muerte: el Mundo de los Olvidados. Quizás el único gran antecedente animado que registra un encantador retrato de la muerte “buena” es el que hizo Tim Burton en El cadáver de la novia: en ella hay gusanos, cuerpos en descomposición, pero también fiestas y buena música. Junto con El Libro de la Vida, y lejos de la moda zombi, son las dos raras películas que intentan un acercamiento interesante y vistoso al tema de la muerte para chicos que, a diferencia de los niños mexicanos, no están tan familiarizados con él.

La historia de Manolo, Joaquín y María es además el relato dentro del relato de El Libro de la Vida, el cuento que les cuenta, con aliento fabulesco, una bonita guía de museo a un grupo de escolares. Y por lo tanto sus protagonistas parecen representados por un conjunto de muñecos de madera y cerámica, recurso que le da a Gutiérrez el pretexto necesario para jugar con texturas, proporciones (y desproporciones) caricaturescas, colores vivos y una artificiosa pero simpática cualidad artesanal que remite a las ferias mexicanas de los muertos.

Dos años atrás, Disney anunció su firme intención de hacer un largo de animación sobre el “Day of the Dead” del otro lado de la frontera. El anuncio puso en alerta a los vigilantes culturales que esperan un pozo putrefacto lleno de estereotipos. Habrá que ver; lo que sí sabemos por ahora es que El Libro de la Vida es sincera, lleva al menos una porción verdadera de cultura mesoamericana a los cines del mundo, y llegó primero. Y a ver cuál es el ratón más veloz de todo México.

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