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Domingo, 12 de abril de 2015

EL HOMBRE SUBURBANO

Historieta Celebrado por sus colegas como el campeón del estilo Crumb en la historieta local, Frank Vega acaba de editar Mortadelas salvajes, su primer libro, donde despliega lo mejor de su trazo mutante. Alumno de Alberto Breccia pero también del estilo Columba, sus tiras resultan admirables explosiones lisérgicas bonaerenses, que estallan en un dibujo tan absurdo como expresivo.

 Por Juan Manuel Domínguez

“Un post-punk apocalíptico mutante en el conurbano del siglo 23.” Así es como el dibujante Diego Parés, feroz esquirla nacional del estilo Robert Crumb, escribe sobre el mundo de Frank Vega desde la contratapa del flamante Mortadelas salvajes, el primer libro de su colega. Al mismo tiempo que el contendiente Parés cede el título de campeón local del estilo Crumb al ex integrante de la revista El Tripero, expone en semejante descripción el núcleo duro del estilo de Vega: una versión Mr. Hyde de idiosincrasias berretas cotidianas, pero exacerbada también desde literales mutaciones, que asoman en seres intensos, imposibles, cargados de líneas. Sujetos-alucinaciones que visten musculosas blancas o chombas Lacoste, y que van desde panchos parlantes a una versión lovecraftiana de una criatura con múltiples cabezas.

Alguna vez, un metalero sub-18 que quería dibujar superhéroes y estudiaba con Alberto Breccia, Vega define sus tiras y su naturaleza: “Lo del conurbano viene porque me crié en Zona Norte, viví la mayor parte del tiempo en San Isidro y Pacheco, tenía amigos en Victoria, Carupá, Tigre, Boulogne, Villa Adelina. Los paisajes que me quedaron grabados son los límites de la urbanidad, las zonas fabriles, la Panamericana, los barrios pobres y los ricos, los monoblocks, las antenas, los pequeños desiertos. Conocí gente muy valiosa”. ¿Qué hay de esa radiación que lleva a que las tiras que hacen al libro estén superpobladas de un Hulk-Chorizo, ramoneros barriales, “starwarschiturros”, pesadillas generadas por “la buseca” y demás criaturas? “Lo mutante viene sin dudas de la ciencia ficción y las historietas, pero no es algo muy consciente. En un momento me parecía que las mutaciones eran una exteriorización de la esencia interior. Ya no estoy tan seguro, pero me interesa mostrar la realidad distorsionada.”

Lo que genera fascinación de sus deformes seres populares es tanto su fiel oído en acción (“son apuntes al natural”) como su capacidad en el dibujo, cargado de líneas (“Breccia decía había que cuidar la línea, yo no entendía: tenía un montón”). Un trazo hiperactivo y capaz de crear varios focos posibles en una misma viñeta, ya sea un asado familiar al pie de un ataque de deidades o un linyera con la 10 en la espalda y sin medio cuerpo. “Es obsesión pura”, intenta explicar. “Siempre pienso en la síntesis, en controlar la información, pero termino llenando de cosas las páginas. Pero es mi manera de crear clima, no lo veo como algo lisérgico.”

La mezcla de Vega se construye entre geografías muy reconocibles y seres dignos de una película de ciencia ficción de los ’50, pero que hablan como si estuvieran en la calle Florida en hora pico y –según afirma– “ha generado más de cien cuadernos: me lo llegué a tomar como algo medio religioso”. Fue un estilo que despertó no con el maestro Breccia sino con Robert Crumb: “El periplo con Breccia tuvo subidas y bajadas. A partir de Crumb, me liberé. Me dio esa cosa de entender los dos mundos que yo veía: la artística y la experimentación. Breccia nos hablaba del expresionismo y yo entendía lo que me decía pero no. Me metí a estudiar con los hermanos Villagrán, con el estilo de editorial Columba, esa historieta literal, con poco tiempo de laburo y muy popular, que se leía en los trenes. Y en Crumb se unían esos dos mundos, la base realista sólida con la expresión, y vi que podía hacer un mundo propio. Cuando me di cuenta de eso ahí empecé a experimentar, a hacer historietas.”

Mortadelas salvajes recopila la obra de Vega en Fierro, una página que se divida en tres tiras: Pititi (“de personaje”), Plutonio, el sapo karateca (“de aventuras”) y Kiosco Karucha’s (“un bestiario”). “El nombre Pititi viene de un alumno de mi mujer, Florencia, que es maestra de chicos especiales. Uno tenía una frase que decía: ‘¿Y Pititi?’. Pero también está Pity Alvarez y la referencia a E. T. Lo uso para contar cosas que me pasaron, o a mis amigos o conocidos, con experiencias laborales. Su realidad es un futuro visto desde los noventa, donde el neoliberalismo se desarrolló espantosamente.” Sobre Plutonio sostiene: “Es un homenaje al formato de videojuegos como Mortal Kombat”. Algo que se nota en su diseño enloquecido, capaz de crear “un gordo sojero” envuelto en llamas a lo Goku, que no es otro que Don Barriga pidiendo la renta. Y, finalmente, Kiosco Karucha’s: “Algo instantáneo que juega con el lenguaje, basado en la observación”.

Entre mantis gigantes metidas en una pelopincho en marzo y Pititi delivery chocando su moto, Vega ha encontrado un hábitat para aquello que define como grotesco. “Pienso todo el tiempo que pueden creer que me río de determinadas formas de hablar. Pero no lo hago desde un mal lugar”, aclara. Es un extraño sitio, reconocible y digno de un dimensión desconocida, al que llegó al abandonar la autobiografía y entre esperas que iban apareciendo cuando trabajaba en publicidad. “Hay mucho tiempo muerto, y aprovechaba esos momentos para captar algo, transformarlo en una especie de respuesta, un prisma de lo que veía. Mejor dicho: es un espejo roto.” Y agrega, mientras prepara historias a lo Asterix protagonizadas por Pititi (algo como “Los trabajos de Pititi”) y ciencia ficción patagónica: “Lo que intento es perseguir el tiempo real en el que vivo, lo que realmente pasa. Trato de no juzgar. Quiero que sea algo que vaya a un lugar más oscuro. El prejuicio estético no tiene un valor real”.

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