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Domingo, 6 de septiembre de 2015

HISTORIETA > JASON

CARA DE POKER

HISTORIETA A medio camino entre Buster Keaton y las películas de los hermanos Kaurismaki, las historias que cuenta Jason siempre tienen protagonistas imperturbables, no importa lo que les suceda. Y eso que lo que les sucede asombraría al más pintado: desde viajar en el tiempo para asesinar a Adolf Hitler hasta ser mosqueteros en un futuro digno de Flash Gordon. Cruzando géneros sin prejuicios, y homenajeando la línea clara de Hergé por el camino, el autor noruego estará presente en Comicópolis, acompañando la edición local de Un paso en falso.

 Por Juan Manuel Domínguez

John Arne Sæterøy (Jason) es un historietista distinto. No por noruego, ni por haber recibido nominaciones a todos los premios habidos, e incluso ganar un par. Su diferencia, aquello que lo ha hecho excepcional, es su estilo. “Se podría definir de muchas formas: se me suele asociar con Buster Keaton, por el deadpan y la ausencia mayoritariamente de diálogos, o con los hermanos Kaurismäki, principalmente Aki, que no son otra cosa que una veta más intensa de eso mismo. Odio las actuaciones emocionales enormes, a lo Paul Thomas Anderson. También se me ha asociado con Murakami, pero ese vínculo no me simpatiza tanto. A mí me gusta pensar que tan sólo creo historietas que muchas veces no son otra cosa que las películas que nadie filmó y que podrían tranquilamente haber existido”, explica Jason antes de visitar Buenos Aires, para acompañar la aparición de Un paso en falso, su primer libro editado en Argentina. Y también para estar presente en Comicópolis, el festival de la historieta que tendrá lugar en Tecnópolis, del 17 al 20 de septiembre.

Los mundos de las historietas de Jason son siempre creados con una línea clara: “Es fácil relacionarme con Hergé. Siempre me atrajo mucho la claridad, la simpleza, la idea de llevar un idioma, un medio, a su estado más puro para explotar sus posibilidades”. Poblados –siempre– de animales antropomórficos, esos mundos respiran cine, mucho, en sus formas más nobles: hay una intencional y buscada textura de clásico, de film de ataño, de película muda, en sus relatos generalmente cortos. Pero exhalan un híbrido, una invasión al género que lo potencia, que mercúricamente aprovecha esa vestimenta para ser tremendamente humana. No por nada el escritor norteamericano Sherman Alexie ha dicho que “el trabajo de Jason es poético. Hermoso y aterrador. Redentor y sin esperanza. Es el Kafka y el Keats del mundo de las historietas”.

Podría pensarse, como parámetro alterativo, en lo que Hugo Pratt hizo con la aventura desde su Corto Maltés o Moebius con la ciencia ficción, sus dos referentes a la hora de entender la historieta como algo que puede ser distinto. Sus libros, que salvo antologías no superan las cien páginas, podrían ser sueños afiebrados de un productor de cine de los 50, uno que mezcla lo mercachifle, el cine de explotación y género, con un verdadero sentido del absurdo, honesto en sus creencias y que cree en la alteración como reconfiguración y no como gesto cool: viajes en el tiempo para asesinar a Adolf Hitler (Yo maté a Adolf Hitler), mosqueteros cruzados con el sci-fi a lo Flash Gordon (El último mosquetero), un western donde los duelos son partidas de ajedrez (Low Moon), un golpe a lo Ocean’s Eleven pero abúlico y perpetrado por F. Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, Ezra Pound y James Joyce. Los de Jason son, sean referencias a un real o no, seres hitchcockianos. Es decir, seres universales, comunes casi, metidos en algo excepcional: en persecuciones, invasiones, guerras marcianas, ataques zombies. Pero su principal enemigo, siempre, son ellos mismos.

En su galería de instantes demoledores, pocos lo representan tanto como una viñeta de Hey Wait..., el libro que hizo popular su minimalismo en el habla inglesa a comienzos del 2000, donde un personaje le dice a la muerte, sentada del otro lado de la mesa, con una taza de café enfrente: “La verdad es que ésta no ha sido la vida que yo esperaba... lo habría entendido si se tratara de un castigo... si hubiera sido una mala persona... pero no lo soy”. Su autor asegura que ése es su libro más oscuro, que ahora se ha alejado un poco de eso. “Prefiero historias un poquito más amables ahora, incluso aunque haya melancolía en todas ellas. Hay autobiografía, pero odio la idea de escribir sobre mí. Pero creo que introducir esos sentimientos, esas dudas, esos demonios, en el género, en monstruos, en zombies, en detectives permite que fluya algo humano. Serán perros y gatos pero son humanos, y eso permite que se genere una conexión con ellos.”

Jason es capaz de cruzar un film mudo con el cine de Bergman, tal como lo hace en ¡Shhhh!, compilado junto a Hey Wait... en el recién editado localmente Un paso en falso. Esos elementos disruptivos, explica, “parecen muy meditados, muy planeados, pero mi proceso de trabajo se basa más en la improvisación. No escribo un guión entero, o boceto todo antes de trabajar. Pero esa mezcla de géneros es divertida”. Y agrega: “Se suele hablar de sinsentido, del absurdo, en mis comics pero eso sólo funciona en contraste con algo serio. Por ejemplo, en Lost Cat (2014) al final hay una escena que yo creo es emocionante. Los personajes tienen una conversación por última vez. Pero al mismo tiempo, visten trajes bastante estúpidos, salidos de una película de ciencia ficción de los 50. El sinsentido tan solo por el sinsentido no me interesa”.

Las referencias a Buster Keaton y a los hermanos Kaurismäki y su deadpan –que podría definirse como el uso de la “cara de poker”– es algo que Jason nunca niega: “En los films mudos de Buster Keaton es donde tuve mi primer contacto con esta forma de comedia. Recuerdo ver muchos de sus cortos y quedar muy impresionado. De ver cuánto podía hacerse sin decir todo, de comprimir ideas pero no aniquilarlas sino expandirlas. Pero el finlandés Aki Kaurismäki y sus películas fue donde el deadpan realmente dejó una marca en mí. Y eso fue a los veinte años. Odio las emociones grandes, al menos cuando adquieren grandilocuencia, o incluso cuando solamente se las dice en voz alta. Creo que usar el deadpan, pero sin abusar del recurso, me parece lo más efectivo”. En sus silencios, de potencia nuclear, los personajes de Jason reconfiguran aquello que el género supo hacer antes de devenir juguetería: que cada paso, que cada criatura, cada movimiento –incluso dibujado– implique una emoción, una que parece resignada pero que en su belleza adquiere su necesario, y vital, sinsentido.

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