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Domingo, 20 de septiembre de 2015

PERSONAJES > ANDREA ALVAREZ

DÉJENLA VENIR

Nació y se crió en Burzaco, vio lo mejor del rock nacional durante su adolescencia y se fue a patear Nueva York. Volvió para ser percusionista de Soda Stereo, baterista suplente de Divididos y sesionista de Charly García, entre tantas otras cosas. Pero hace tiempo que Andrea álvarez es mucho más que la gran baterista del rock argentino. El flamante Y lo dejamos venir es su cuarto disco solista, el primero compuesto guitarra en mano, pero eléctrico a más no poder: rock letal y profundo, como si fuese la primera vez.

 Por Micaela Ortelli

A los 53 años, Andrea Álvarez no tiene canas. Ese pelo, que pareciera hacer contrapeso a la bocaza, sólo está intervenido con la permanente. Por lo demás, es una mujer pequeña que nunca engordó; que sigue viendo recitales al lado de la valla y tocando la batería todos los días. A veces le duelen las lumbares, o puede que cancele la clase a un alumno porque el día la cansa más que antes, pero en general conserva la fuerza. Si pudiera, tocaría mucho más seguido. Organizar un show como el de julio en Vorterix –presentó Y lo dejamos venir, su nuevo disco– no es fácil en ningún sentido para un artista independiente; y Andrea Álvarez –que fue percusionista de Soda, baterista suplente de Divididos, sesionista de Charly García y muchas otras personalidades– lo es. Como si en Argentina el rock no fuera la música más popular y ella no tuviera suficiente obra, trayectoria y amigos de primera A en el ambiente. Todo eso está, y sin embargo, la anomalía de base –mujer-baterista-frontwoman– es tan poderosa que, piensa ella, todos creen que puede sola con todo.

Al carácter lo heredó y lo desarrolló. En Burzaco, conurbano sur, donde vivió hasta los 23 años, Andrea Álvarez es la hija de la señorita Herminia, una maestra que hablaba sin micrófono en los actos del colegio, el mismo donde estudió ella, la escuela pública del barrio. Aunque tenían posibilidad de mudarse –al padre le iba bien como vendedor de libros– Herminia no quiso, así que Andrea y su hermano se criaron en calle de tierra, “sueltos y en pata”. Ella era la única nena de la cuadra, y los varones a los que obligaba a sentarse a comer cuando jugaba a la cocinera, todavía son sus amigos. Cuando el hombre llegó a la luna Andrea tenía siete años; entonces el padre compró un televisor para verlo. Antes se entretenía con los Cuentos de Polidoro y María Elena Walsh, y más temprano aún ya había empezado a relacionarse con la música, en una casa antigua en José Mármol donde a un grupo de padres se les había ocurrido poner una escuela. Tocó la flauta, el clarinete, siempre cantó bien, no recuerda no saber leer música. No recuerda no emocionarse con la música. Pero a los ocho o nueve descubrió el rock y algo cambió: “Me enamoraba de los músicos, me imaginaba que los besaba. Cerraba los ojos y me imaginaba que era todo”.

Andrea dice que entre los 15 y los 18 pasó todo lo que la definió para siempre. Con sus amigos del barrio fue a ver a La Máquina de Hacer Pájaros, Invisible, Alas, todo lo que pudieron siendo años de dictadura. Como regalo de 15 la llevaron a Europa, donde convivían punks y hippies –sus preferidos: le gustan los chicos de pelo largo–. De Londres trajo discos y un look hindú que llevaba con estrellitas pegadas en la cara. A esa edad ya miraba los escenarios con deseo; era fanática de M.I.A (Liliana Vitale debe ser la primera mujer que se vio detrás de una batería en el país) y lo contó en una carta de lectores que salió publicada en la revista Expreso imaginario. Un día, camino a un recital en el Luna Park, se encontró con Lito Vitale en el subte y se presentó: le dijo que ella era la autora de esa carta. Él la invitó a la sala que tenían con el resto de los Músicos Independientes Asociados, la primera cooperativa musical que existió en Argentina. Lito fue su primer maestro de batería: “Siempre supe que lo mío como público iba a ser momentáneo”, dice Andrea. A su primera clase fue con el disco Seconds Out de Genesis, que atrás tenía una foto de Chester Thompson y Phil Collins: “Yo quiero ser así. Esto, ¿ves? La batería, la gente, esto”, le dijo a Lito.

A la tercera clase sentía que ya había entendido todo. Fue a ver a Seru Giran y le pidió a Oscar Moro que la dejara tocar; Pedro Aznar lo convenció: “Me senté y empecé a tocar lo que para mí era lo máximo, y Charly vino y dijo ‘no toques fills, hacé una base y mantenela’. Y yo pensaba ‘¡éste no me quiere dejar lucir!’. Y no le hacía caso. Y después me sacaron, tengo la polaroid”, cuenta. El comienzo de los ’80 fue todo felicidad para Andrea Álvarez. Se había hecho amiga de Claudia Sinesi y pasado a integrar Rouge cuando dejó de ser una banda de covers; con María Gabriela Epumer podían discutir porque una era muy tranquila y la otra puro fuego, pero las tres se adoraban: “Estábamos juntas todo el tiempo, a veces íbamos en el colectivo y nos abrazábamos y decíamos ‘qué felices que somos’”.

La vida siguió para ella como puede seguir para un rockero. Tenía un novio por el que sentía atracción fatal. Era mutuo: la relación se tornó enfermiza y para bien debía terminar. Una amiga que estaba viviendo en Nueva York le sugirió ir a pasar un tiempo con ella; Andrea vendió un piano y se fue con la idea de quedarse un mes: “Pero pisé Nueva York y dije ‘cerremos todo, de acá no me voy’”. Era 1985: las chicas andaban por la calle en patines, de calzas y polainas. Ella tenía 23 años y la mitad del pelo naranja. Vivió en la casa de un coleccionista de objetos que tenía una serpiente de mascota y después en el sótano de los Johnsons, una familia mixta que la había empleado como babysitter. En un show de Jaco Pastorius, el guitarrista Hiram Bullock se le enamoró; ella lo hizo más de una vez; con uno se casó para que le dieran la visa; otro amigo de la época es su actual novio y bajista, Lonnie Hillyer: “Fue muy psicodélica la historia en Nueva York, me podría haber pasado cualquier cosa, como siempre en mi vida, y nunca me pasó nada”.

Allá se encontró con los músicos argentinos que habían triunfado. Con Charly, que había ido a grabar a Electric Lady, salían a pasear; él le decía que tenía que aprender a tocar la percusión –como las chicas de las bandas de Prince y Bryan Ferry– y le regaló los timbales; ella se compró las congas y enseguida aprendió. Cuatro años después, con 27 esplendorosos años, volvió a Buenos Aires de visita. Ya andaba necesitada de afectos y vio que, además, acá la llamaban todos para tocar: “El nene que cuidaba había crecido, tenía que decidir qué hacer, y en ese momento me equivoqué y volví. Me podría haber ido re bien allá, yo creo que sí. Bah, ¿quién sabe?” En ese momento la decisión no le costó: le gustaba la idea de volver a ser local. Devolvió la visa sin dudarlo; después, cuando quiso volver –para masterizar su disco Doble A–, se la negaron.

Otra vez en Burzaco, todo era blanco y negro; ella en bici peinada como una palmera llamaba la atención: “Empecé a bajar el level naturalmente. Me acuerdo que Charly me dijo ‘al final volviste y en vez de hacerte la yanqui te normalizaste’”. Como sea, Andrea Álvarez participó de la grabación y presentación de, entre otros, uno de los discos más perfectos del rock latinoamericano: Canción animal. “Con Soda Stéreo pasé al estadio y me cambió todo. Fue un boom porque no había mujeres que tocaran. Después empezó María Gabriela con Charly y eso abrió el panorama de la mujer instrumentista en las bandas top. Era inédito, éramos de la crew musical. Estábamos igual muy a la defensiva, había mucho prejuicio, todo el tiempo tenías que demostrar que tocabas bien”, dice. La etapa con Soda llegó hasta sus 30, momento en que sintió la necesidad de hacer un nuevo quiebre. Había salido Mujeres que corren con los lobos, ese libro todavía actual y efectivo de Clarissa Pinkola Estés que habla sobre la recuperación de los instintos y el despertar del ser salvaje. Andrea dejó Soda, se hizo sus tatuajes y entró como baterista de Divididos antes de la incorporación de Jorge Araujo: “Ésa fue mi consagración de ‘yo soy del palo’, que era lo que yo quería ser. Porque tocando la percu me alejé de mí, necesitaba volver a la batería”.

Andrea Álvarez se sienta en la batería y se vuelve loca, dice: “¡Me encanta tocar!”. En su escenario la batería está adelante entre la guitarra de León Peirone y el bajo de su chico, que todavía no aprendió español. Ella revolea los brazos como una Shiva y los palillos caen con tanta naturalidad que parecen parte de su cuerpo. Se levanta de a ratos y sonríe como extasiada todo el tiempo que no está cantando, con una voz cruda que se impone aunque susurre. Andrea la negó durante mucho tiempo porque quería que la llamen para tocar, no para cantar –ahora, al revés, le cuesta que la reconozcan como cantante–. En un momento quiso ser madre. Estaba en pareja con Leo De Cecco, el baterista de Ataque 77, que había lanzado su popularísimo disco de covers. Tocó embarazada hasta que no pudo más y cuando nació su hijo decidió ser el cable a tierra de la familia; la llamaban para trabajar –es sesionista y profesora desde hace todos estos años– pero estaba desmotivada: “Tenía necesidad de escuchar gente que componga desde el ser mujer, que hable del aborto, de la violencia, de las relaciones tóxicas. Y ahí empecé a componer, a los 30 y pico de años, cocinando, llevando el cochecito”, dice. En 2001 lanzó su primer disco, que firmó con nombre y apellido. Se recuerda “¿Carnavalito?”, el video de colores saturados, el primerísimo primer plano de la bocaza cantando como una maga en el bosque.

El segundo disco hizo ruido por la portada, una foto de Andrea en bombacha y sin corpiño. Dormís? (2006) se armó durante el apogeo de las siliconas y el photoshop; ella misma casi es víctima de la misma operación en una sesión de fotos donde quisieron hacerla posar y verse sexy. A la salida, en una esquina, escribió “Quedamos así”: “Si querés cierro la boca y te canto despacito, con las piernas bien juntitas, cerradita, chiquitito. Y me invento un solo novio, y la vida es color rosa, del pasado no me acuerdo y el futuro es mariposa”, dice la cancón. Por eso para Andrea esa foto –que sacó Nora Lezano, como a la de esta nota– muestra a una sobreviviente: “Quise hacer la antifoto de todo eso, una persona de verdad. Tenía 40 años, era exactamente lo opuesto y lo incorrecto. A tal punto que nadie quería mirar la tapa del disco. Y entonces nadie lo escuchó”. Exagera, pero es cierto que sus discos son poco conocidos. Una vez el hermano le dijo que su problema es que no alienta al fan. Es verdad: no le sale. No puede hacer lobby de ningún tipo, ni chupar las medias estratégicamente, ni soportar a los que dan esperando algo a cambio.

En 2008 apareció Doble A, grabado en analógico con Jim Diamond, técnico de los White Stripes que viajó desde Detroit. Fue un disco hecho para el escenario, y por eso mismo un proyecto algo frustrante para Andrea, que dos años después, ante la dificultad de tocar seguido –y presentarlo como corresponde en el interior y exterior sobre todo–, decidió volver a grabarlo en vivo en el Estudio ION, registrar la sesión en un DVD y habilitarlo para descarga. Para que todo el mundo pueda ver cómo trabaja. El proceso le costó menos dinero que organizar un show en una sala mediana de Palermo o San Telmo, y al DVD lo vieron miles de personas más.

En el último tiempo, Andrea Álvarez participó de la grabación de Lejos, el último disco de su viejo amigo Ulises Butrón (ya había tocado en Viajero, con Claudia y María Gabriela), tocó en el ciclo Se trata de nosotras, una serie de recitales contra la trata del que participaron músicas de distintas generaciones, y estudió guitarra. “Descubrí la historia del rock de vuelta”, dice a propósito de su nuevo álbum, el primero que compone desde las cuerdas y no desde las bases. Que no suene a disco acústico. Y lo dejamos venir es eléctrico a más no poder: los cuatro instrumentos indispensables para hacer rock letal y profundo y mucho ruido, entregados como si fuera la primera vez. La voz majestuosa se ubica con suavidad o fiereza según pida la música. En “Se pudre todo”, que debería estar sonando en la radio, aparecen las dos feminidades, la delicada y la guasa, nunca excluyentes, ni en una canción ni en una mujer. La foto de la portada está tomada en Epecuén, el pueblo en ruinas por la inundación de 1985, que lo dejó completamente bajo el agua y forzó su evacuación definitiva. Para ella el lugar –originalmente fundado como destino turístico– es un símbolo de la industria de la música y representa visualmente la idea del disco, que termina con una canción dedicada a Gustavo Cerati: “Confiar en nuestras fuerzas para recibir el futuro, abrirse a un futuro incierto a pesar de que está todo reventado”, dice Andrea, que acaba de recibir el premio Konex. La ceremonia fue el miércoles, y también se reconoció a Fabiana Cantilo, Celeste Carballo, Cristina Dall y Flopa Lestani, otras sobrevivientes de la difícil categoría “solista femenina de rock”.

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Imagen: Nora Lezano
 
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