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Domingo, 27 de septiembre de 2015

CINE > EL MELODRAMA, LA POSGUERRA Y LA DESDICHA COTIDIANA SEGúN HEINOSUKE GOSHO, DE ESTRENO EN LA SALA LUGONES

LAS PENAS SON DE NOSOTROS

 Por Mariano Kairuz

“El propósito de la vida de un director de cine es mostrar la vida real que lo circunda, y crear obras que expresen los verdaderos sentimientos de los seres humanos. Todas las obras de arte deben tocar profundamente las emociones del público. Sólo del amor por el prójimo se puede crear; del amor por la humanidad mana toda creatividad”. En esta especie de declaración de principios y expresión de deseos se cifra la clave de buena parte de la obra del cineasta Heinosuke Gosho, que fue tachada en su momento de sentimentalista, y reducida por algunos de sus críticos al subgénero del “melodrama romántico” pero que, sin embargo, y con más de cien films realizados a lo largo de cuatro décadas, fue bastante más que eso; una obra innegablemente personal que alcanzó a retratar no pocas cuestiones relativas a la sociedad japonesa de antes y después de la guerra mundial que partió el siglo XX al medio.

¿Pero quién es Heinosuke Gosho? Ni los niponómanos más curtidos de la cinefilia argentina –los hay muchos, versados en Kurosawa, Ozu y Mizoguchi; en Imamura, en Oshima y en Suzuki, y en muchos otros autores de nombres menos reconocibles— saben demasiado sobre Gosho y su obra, básicamente porque no ha habido muchas oportunidades de verla por acá. El propio programa de la sala Lugones, que albergará desde el jueves próximo doce de sus películas –en impecables copias en el cada vez menos común 35mm y en 16mm—, lo asume como “una asignatura pendiente”, ya que se trató, por el carácter prolífico y autoral de sus películas, de una de las figuras más importantes de la inabarcable historia del cine de su país. El subgénero en el que, se dijo antes, lo suelen enmarcar los pocos estudios publicados que hay disponibles sobre él, es el shoshimin-eiga, algo así como “historias de gente común y corriente”, el melodrama familiar de clase obrera, el mismo que cultivaron Mikio Naruse y Yasujiro Ozu.

Heinosuke Gosho nació en Tokio en 1902, hijo de una geisha de, dice uno de sus biógrafos, “reconocida belleza”, y un adinerado comerciante tabacalero que no quiso casarse con ella. Cuando Heinosuke tenía cinco años, el hijo legítimo de su padre murió, y aquél se convirtió entonces en su heredero, pasando a vivir desde ese momento una infancia con comodidades con su familia paterna, que le impuso una restricción: ya no podría volver a llamar “madre” a su madre biológica, quien siguió viviendo en la pobreza. Un desarraigo brutal que seguramente contribuyó a dar forma a algunas de las obsesiones narrativas –abundante en familias disgregadas– del futuro cineasta.

Su carrera en el cine empezó cuando tenía 24 años, al entrar en la nómina de los legendarios estudios Shochiku como discípulo de Yasujiro Shimazu; allí se curtió durante los primeros dos años escribiendo guiones para otros; y en esa misma compañía dirigió su primer gran éxito, un encargo que otros cineastas habían declinado: el primer largo sonoro del país, La esposa de mi vecino y mía. El shoshimin-eiga con el que se lo identifica es un género diseñado por los estudios y que tuvo su apogeo en los mismos años de actividad de Gosho, pero más allá de cierta innegable homogeneidad en sus tópicos, adoptó infinidad de estilos visuales y de modos, de la farsa a la tragedia, caracterizándose por sus argumentos sencillos, y una “cadencia emocional ligera que reconocía la vida de los seres corrientes como una serie de altibajos”, según escribió Arthur Nolleti, académico americano que escribió un libro sobre Gosho. El shoshimin se ha prestado para dos lecturas opuestas: como una narrativa reaccionaria y tradicionalista (porque parece sugerir “la aceptación” antes que la resistencia, de la gente “común” frente a sus circunstancias), así como un una postura más moderna y liberal, capaz de mostrar “el debilitamiento de la cultura patriarcal y la tensa confrontación de la familia con la sociedad”.

En sus primeros tiempos Gosho filmó a razón de cinco o seis películas anuales; la única época en la que disminuyó ese ritmo fue la de la Segunda Guerra, durante la cual las limitaciones impuestas por el gobierno nacional le impedían contar el tipo de historias en las que se estaba especializando. La retrospectiva programada en la Lugones por la Fundación Cinemateca en colaboración con la Embajada de Japón, incluye entre sus films el temprano y poderosamente atmosférico La mujer de la niebla (1936), título que alude a una “mujer de la noche” con la que se relaciona el protagonista, un joven estudiante, y en el que la mirada de Gosho se inclina, como era común en su obra, en favor de aquellos que son víctimas de los más crueles prejuicios sociales. Pero la mayor parte de la muestra corresponderá a las películas que Gosho hizo después de la guerra (estrenada a fines de agosto del ‘45, Las jóvenes de Izu, fue de hecho el primer estreno cinematográfico japonés luego del fin de la contienda). A fines de esa década, frustrado por la manera en que la crítica lo había encasillado, Gosho decidió tratar de desarrollar un nuevo tipo de drama menos romántico y más atento al contexto, a los enormes cambios que el país había estado experimentando. En su autobiografía publicada en 1978, escribió: “Cuando terminé de leer el libro La buena gente, de Shiina Rinzo, sentí que había descubierto los sentimientos de las masas y el humor de la vida diaria, que había perdido en mi trabajo de posguerra. Me asaltó un enorme deseo de usar este trabajo en una nueva comedia. No pretendía recrear las comedia shoshimin que había hecho en los ‘30 en Shochiku, sino crear una película que representara el nuevo humor y las nuevas penas de las gente que intentaba vivir honestamente en el presente sin estar cargando todo el tiempo con el peso de la guerra”. Producto directo de este impulso —y de la fundación en 1951 de su propia productora, Studio 8— fue uno de sus films internacionalmente más reconocidos, premiado en el festival de Berlín de 1953 y una de las estrellas de la retrospectiva: Donde se ven las chimeneas. Su argumento gira en torno de las vidas de dos parejas que habitan una región de clase media/baja en el barrio fabril de Senju, que se ven alteradas por la llegada de un quinto personaje, la ex pareja de una de las mujeres, quien deja, abandonado en la puerta, un bebé. En otro de los films anunciado, Elegía (1957) el triángulo amoroso entre un hombre casado, su mujer y una joven da pie a una reflexión sobre “la insatisfacción personal, la incomunicación y la alienación en un pequeño pueblo”. No pueden dejar de recomendarse tampoco El cuervo amarillo (1957, una indagación de “los sufrimientos inherentes a la infancia, en particular la angustia de la pérdida, el inevitable enfrentamiento padre-hijo y el fin de la inocencia”), y Una mujer de Osorezan (1965), que pone en foco “en el impacto que la guerra tiene sobre los protagonistas”.

Presidente de la Asociación Japonesa de Directores de Cine hasta su retiro 1975, siete años después de filmar su última película, Gosho murió a los 79, en 1981.

El ciclo Heinosuke Gosho: el melodrama como una de las bellas artes se llevará a cabo del jueves 1º al martes 13 de octubre en la sala Lugones, Av. Corrientes 1530. Horarios e información adicional en www.complejoteatral.gob.ar

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