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Domingo, 1 de noviembre de 2015

TEATRO > MARIANO PENSOTTI

HACIENDO COSAS RARAS PARA GENTE NORMAL

La nueva obra de Mariano Pensotti, como de costumbre, es una producción de alta factura –el Cultural San Martín en colaboración con festivales y teatros internacionales– que trabaja con un hecho excepcional que distorsiona la cotidianidad de los personajes. En este caso se trata de un episodio semiautobiográfico: el padre de Pensotti enterró en el fondo de su casa, durante la dictadura, objetos que consideraba comprometedores. Y hoy, cuarenta años después, los recupera con un extraño hallazgo extra. Estos objetos funcionan como una cápsula del tiempo que reflexiona sobre la memoria, el pasado y la identidad.

 Por Mercedes Halfon

Hace tiempo que el teatro de Mariano Pensotti es una especie de compilación de historias extrañas ocurridas a seres comunes. Una mezcla de Raymond Carver y César Aira pero teatral, que encuentra en un realismo “cinematográfico” el terreno perfecto para plantar luego un hecho raro, paradójico, que muy rápido se convierte en una metáfora que se tarda en desentrañar. En las obras de Pensotti, por ejemplo, alguien muy normal recibe por correo una mano humana y esa “presencia” en su departamento trastorna paulatinamente su cotidianidad hasta desquiciarla. O un director de películas comerciales se entera que tiene una enfermedad incurable y eso modifica tanto su visión que termina convirtiendo la tonta comedia que está realizando en un documental con subtexto filosófico.

Son tan impactantes los dispositivos escénicos a los que nos tiene acostumbrados Pensotti –una calesita gigante en El pasado es un animal grotesco (2010); una escenografía en dos plantas en Cineastas (2013), ambas estrenadas en Buenos Aires en el Teatro Sarmiento— que a veces su trabajo como dramaturgo queda en un segundo plano, o directamente pasa desapercibido. Y hay algo ahí que inquieta y en lo que vale la pena detenerse. Hoy está en cartel una nueva obra suya en el Cultural San Martín, Cuando vuelva a casa voy a ser otro, que de algún modo vuelve sobre el mencionado formato y ciertas preguntas sobre lo cotidiano, lo extraordinario, la época y lo que hace que tomemos decisiones que cambian nuestra vida para siempre.

Cuando vuelva a casa… es una coproducción entre el Cultural San Martín y una serie de teatros y festivales internacionales. El FIBA, Kunstenfestivaldesarts (Bruselas), Festival D’ Avignon, Festival Theaterformen (Hannover), Mousonturm (Frankfurt), HAU Hebbel Am Ufer (Berlin), Theatre Nanterre Amandiers y Maison des Arts Scène Nationale de Créteil et du Val de Marne. Porque Pensotti es además uno de los tres o cuatro directores argentinos cuyas obras son no solo presentadas, sino también coproducidas por festivales europeos. Esto sin duda se traslada a la obra de diversas maneras, en principio en su nivel de factura altísimo, inusual en las condiciones de producción del teatro argentino. Y en esta calidad no poco tiene que ver el equipo artístico con el que se rodea: Mariana Tirantte en el diseño del espacio –que esta vez incluye ¡cintas trasportadoras que se deslizan a lo largo del escenario!– Diego Vainer en música, Alejandro Le Roux en iluminación, Florencia Wasser en producción.

La obra en sí, también parece volver sobre motivos que Pensotti viene desarrollando. Desde su mismo título el campo imaginario al que alude es al deseo de cambio, de reinvención, de convertirse en una persona distinta. En estos días en que se vencen las promesas de la mítica Volver al futuro, esta obra también se pregunta por los augurios sobre el presente que arroja el pasado. Todo parte de un suceso real ocurrido nada menos que al padre de Mariano: a fines de los años ‘70 escondió una serie de objetos comprometedores por si los militares allanaban la casa donde vivía. Los enterró en el jardín de la casa de sus padres. Al finalizar la dictadura intentó recuperarlos pero no lo consiguió porque no recordaba exactamente donde los había enterrado. En el 2015, recibió un llamado diciéndole que mientras estaban excavando para hacer una piscina encontraron las bolsas con sus objetos. De esta forma, casi 40 años después, se reencuentra con sus míticos objetos y se ve enfrentado a esa cápsula de tiempo que conforman.

La anécdota es la respuesta perfecta a la cuestión de cómo representar el pasado en teatro, que es por naturaleza, un lenguaje del puro presente. Esos objetos encontrados –un Capital de Marx, fotos de amigos, agendas, un arma– envueltos en bolsas impermeables, son la resistencia misma al paso del tiempo y ahora se presentan ante los ojos del protagonista como huellas fehacientes de aquello que fue y ya no es. Como una arqueología a escala íntima, más allá de los desvíos y caprichos de la memoria. Pero, como suele hacer Pensotti, a esta primera situación realista se le suma un elemento extraño: en las bolsas hay un casette casero, una grabación de un cantautor amateur que el dueño no conoce y no tiene la menor idea de cómo cuernos terminó ahí.

Claro que la historia de Alfredo –el que recibe esas bolsas– y su hijo Manuel –a quien le cuenta esos sucesos– se irán cruzando con otras que plantearan otras cuestiones. Preguntas sobre por qué uno es quien es, cómo y en definitiva, con qué necesidad. Late una inconformidad en reflexiones como las que hace Manuel, sobre su relación con su padre: “Esto me hace pensar una vez más en que a la gente de la generación de mi viejo le pasan cosas extraordinarias y a nosotros un carajo. Yo todavía quiero ser así. (…) Ser un pescador que se levanta a las cinco de la mañana y se mete en el mar aunque haya tormenta, ser un cineasta que atraviesa el Amazonas para filmar y también ser un tipo de familia, con los chicos corriendo por el jardín, el asado siempre en la parrilla, o ser uno de esos tipos que bailan en una discoteca durante horas, un Fidel Castro que hace la revolución y bombardea todos los H&M del mundo…”

Lo mismo y lo otro: la tensión entre la pregunta por la identidad y por la diferencia. Alguien se hace pasar por Manuel y dirige sus obras de teatro. Una hija del misterioso músico de los casettes aparece y es la cantante de una banda de covers que no termina de pegarla. La pregunta por la identidad personal y la identidad de una generación pareciera banalizarse, convertirse en la necesidad de convertirse en “alguien”. ¿Quiénes somos? ¿Estamos llamados a vivir una historia extraordinaria? ¿Qué lugar ocupan los nacidos después de 1970 en la historia argentina y en el arte? Y en todo caso ¿Por qué un dramaturgo de casi cuarenta años, heterosexual, bien pensante y exitoso se pregunta una y otra vez sobre la identidad? Estas cuestiones, que no tienen nada de banal, son quizás lo más importante y radical en las últimas obras de Mariano Pensotti. Son también interrogantes que nos ponen de frente a un vacío de sentido, una de las mejores razones que tenemos para ir al teatro.

Cuando vuelva a casa voy a ser otro se puede ver los viernes a las 21, sábados y domingos a las 20.30 en la Sala AB del Cultural San Martín, Sarmiento 1551. Hasta el 6 de diciembre.

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