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Domingo, 29 de noviembre de 2015

FOTOGRAFIA> LUIS PRIAMO

AQUELLA CIUDAD FRENTE AL RÍO

Su primer trabajo fue como telegrafista en Santa Fe y, poco después, estudió cine con Fernando Birri. Pero, en algún momento, a Luis Priamo se le despertó la pasión de su vida: la fotografía antigua. Empezó recorriendo su provincia en búsca de fotos familiares y con los años se transformó en el investigador más importante de la Argentina: entre muchos otros, por ejemplo, “descubrió” a Fernando Paillet. Ahora acaba de editar Buenos Aires, memoria antigua-Fotografías 1850-1900, un trabajo de años, con visionado de miles de negativos, que conforma quizá el libro conclusivo sobre la iconografía fotográfica de Buenos Aires de la segunda mitad del siglo pasado.

 Por Marcos Zimmerman

Hubo un tiempo en que algunos hombres se propusieron la tarea de reproducir el mundo y fijar la memoria. Joseph Nicephore Niepce fue el primero en hacerlo. En 1827 consiguió dejar impresa la primera fotografía que se conoce sobre una plancha de peltre untada en betún de judea. Casi conjuntamente, Louis Jaques Daguerre usó una placa de metal de plata sensibilizada con yodo y mercurio para lograr sus daguerrotipos. En 1843 Henry Fox Talbot retrató la Plaza de Trafalgar con un calotipo que permitía una imagen negativo-positivo. Los desarrollos posteriores de negativos sobre vidrio al colodión y las copias de albúmina señalaron un futuro auspicioso para la mágica tarea de capturar la vida en un recuadro. Las copias de gelatina al bromuro posteriores lo certificaron.

Encerrados en pequeñas carpas que arrastraban por el campo para poder hacer los menjunjes químicos necesarios para registrar el mundo, los fotógrafos transitaron la segunda mitad del siglo XIX tratando de reproducir la naturaleza, las cosas y los hombres con la mayor exactitud posible. Aquello era una guerra para ver quien era más fiel a lo que mostraban sus ojos. Pero la memoria duerme en un sitio esquivo. Y un mismo recuerdo puede alumbrar verdades o avivar equívocos. Fue entonces cuando la fotografía se convirtió en una herramienta para reconstruir esa memoria. Y también cuando surgieron las discusiones acerca de la fidelidad de esta disciplina.

LA MEMORIA COLECTIVA

COLEGIO SAN JOSE, JUNIOR.

El departamento está atiborrado de cajas con negativos y copias fotográficas. Cuando uno entra, debe aspirar hondo para poder pasar entre ellas hasta la cocina, donde Luis Priamo ceba un mate que lleva enseguida hasta una mesa llena de libros. Tengo conciencia de que estoy frente al más prestigioso investigador de fotografía antigua de la Argentina y que en ese archivo encerrado en bibliotecas y placards que nos rodean debe haber buena parte de nuestra memoria colectiva. No sólo por las fotografías rescatadas sino por los múltiples ensayos de investigación que Priamo desarrolló acerca de ellas.

En cuanto nos sentamos, este hombre corpulento toma un libro de una de sus bibliotecas y me muestran la tapa, donde hay una fotografía de dos familias vestidas a la europea posando frente a una precaria choza indígena. Enseguida me explica con pasión que Ernesto Schlie la tomó en el pueblo de Monigotes, mientras recorría una gran parte de la provincia de Santa Fe entre 1888 y 1892 registrando las colonias recién establecidas, con una sistematización nunca vista. “Una experiencia única en el país. Hasta donde sabemos nadie hizo un registro tan completo y amplio de esas colonias. Y, además, nadie lo hizo con la calidad de imágenes que se puede apreciar en las fotos de Schlie”, dice.

La evocación de la tierra santafesina parece arrimar algún recuerdo a Priamo porque, de repente, sus ojos se ponen vidriosos. Es que una de esas colonias es Franck, su pueblo natal. Habla entonces de las fotografías hechas por el farmacéutico y profesor José Beleno, que fotografió las inundaciones de Santa Fe entre 1905 y 1910. Al parecer, una de esas fotos muestra un bajo anegado, donde el bisabuelo de Priamo vivía ordeñando la única vaca con la que alimentaba a su familia. La imagen mental lo traiciona y el rigor de investigador deja paso a un niño escondido en alguna parte de su humanidad.

La pasión por la fotografía antigua nació en Priamo tempranamente. Luego de pasar su infancia en ese pueblo, a los dieciséis años partió a la ciudad de Santa Fe donde trabajó dieciocho años en el correo como telegrafista. Tal vez fueron las noticias de llegadas y partidas, de amores desbocados y de despechos, de nacimientos y muertes, que atravesaban sus dedos a diario en forma de puntos y rayas, lo que impulsó a Priamo a estudiar el arte que quizá refleje más explícitamente las pasiones humanas: el cine. Y lo hizo en la Escuela documental de Santa Fe creada por Fernando Birri. Al poco tiempo, la necesidad de encontrar material fotográfico para la realización de un documental sobre la pampa gringa, lo colocó por primera vez frente al Archivo General de la Nación. Un mes más tarde se había comprado una mesita de reproducción de fotos que aún conserva y, junto a un compañero, el hoy afamado director de fotografía Pucho Curtalón recorrían su pueblo primero, San Carlos Sur luego, y más tarde toda la provincia, tocando timbres y pidiendo a los vecinos que les permitieran reproducir sus fotos familiares. De ese modo, casi como un mendigo, Luis Priamo fue reuniendo un material precioso, que permitió recuperar imágenes de autores profesionales y amateurs de un valor documental e histórico patrimonial importantísimo. El archivo de reproducciones que resultó de ese periplo fue el fondo fotográfico que permitió componer más tarde el libro Santa Fe entre dos siglos, del Ministerio de Cultura de la Provincia que incluye imágenes de todo el interior de la provincia en el siglo XIX. La profesión de Priamo, como investigador, estaba en marcha. “Un día, el director del Museo de la Colonización de Esperanza me mostró dos cajas de negativos con las cuales no sabía qué hacer. Ese día vio la luz uno de los fotógrafos más asombrosos del siglo XIX: Fernando Paillet”, comenta, emocionado.

La investigación posterior que desarrolló Priamo sobre este fotógrafo, lo rescató de las cenizas a la cual estaba destinado, como tantos otros que no pudieron ser salvados de las cremaciones a las que, por desconocimiento, muchas familias someten a veces la memoria que encierran las fotografías. El rescate del archivo de Fernando Paillet contó con el respaldo temprano de la exposición que organizó el Consejo Argentino de Fotografía en 1980 y el apoyo posterior de ese grupo, principalmente de Sara Facio en su promoción europea y su incorporación al Museo Nacional de Bellas Artes.

CONOCER EL ORIGEN

Puerto.

Cuando uno le pregunta porqué hace lo que hace, Priamo contesta que su interés original se limitaba a conocer su propio origen. Pero que, sin darse cuenta, esa búsqueda inicial lo condujo hasta un lugar interior donde se caldean apasionamientos más amplios y profundos. Antes era las ganas de conocer a sus antepasados. Luego fue el pasado del país entero el que lo convocó. Priamo repite entonces que el valor de expresión de un documento fotográfico, acompañado por la investigación, es capaz de sintetizar y explicar gran parte de una época y hasta del pensamiento que la atravesaba. De todo eso es capaz una fotografía antigua, sostiene.

De esa pasión detectivesca nacieron muchas de las investigaciones que se plasmaron en los libros de fotografía antigua argentina que publicó con la Fundación Antorchas y su sucesora, Ediciones de la Antorcha, tales como Fernando Paillet, fotografías 1894-1940; Archivo fotográfico del Ferrocarril de Santa Fe 1891-1948; Juan Pi, fotografías 1903-1933; Los años del daguerrotipo 1843-1870; HG Olds, fotografías 1900-1943; Buenos Aires, ciudad y campaña 1860-1870. Un país en transición; Fotografías de Buenos Aires, Cuyo y el Noroeste. Christiano Junior 1867-1883; Una frontera lejana. La colonización galesa del Chubut 1865-1935; Aborígenes del Gran Chaco. Fotografías de Grete Stern 1958-1964.

–La investigación de campo, agotada hasta sus últimas consecuencias y detalles, es esencial para la visión histórica certera. Es esa relación de la fotografía con nuestro propio pasado, aquella que en fotografía se torna más íntima que con ningún otro medio. La que Pavese mencionaba cuando decía que la fotografía proveía los elementos anecdóticos de la primera aproximación al mundo que tenemos los hombres.

Le pregunto a Priamo qué piensa de la discusión fotográfica de realismo versus manipulación.

–La ficcionalización en fotografía no es nueva. Los fotomontajes sociales y políticos que realizaba Caras y Caretas, por ejemplo, pueden paragonarse a las manipulaciones actuales. Un ícono más cercano en el tiempo, Los Sueños, de Grete Stern, son otro ejemplo de esa manipulación que ha instigado siempre a algunos fotógrafos –asegura Priamo.

Para apoyar sus dichos, describe una foto aparecida en esa revista que muestra la Plaza de Mayo inundada, llena de góndolas, y otra de un muerto sentado en su féretro con una libreta de votar en la mano. Aunque, como para dejar en claro su propia mirada, Priamo aclara que se siente más cercano a la fotografía documental.

–No habría impacto en las fotografías de Grete Stern sobre los sueños si los elementos que ella usó no fueran reales. Y, curiosamente, es la presencia de esas imágenes reales aquello que hace más impactantes sus fotografías –dice, en un intento por decodificar un oxímoron de la imagen.

¿Qué diferencias fundamentales ve entre la manera de fotografiar decimonónica y la presente?

–La fotografía del siglo XIX consistía en poner el trípode, encuadrar más o menos artísticamente y disparar. La fotografía cambió cuando el recorte de lo real se hizo presente y el autor comenzó a mostrar su mirada. La imposición de una visión de lo real, no ya de lo real en sí mismo, desplazó hoy al oficio de fotógrafo. Algo que vuelve a los fotógrafos creadores de mundos nuevos. Entre Schlie y Grete o Coppola, hay un a gran diferencia. El primero intentaba registrar con rigor lo que veía. Los segundos eran conscientes de lo revolucionario del medio fotográfico, del impacto artístico que podían producir con una imagen. En el siglo XIX, era lo natural aquello que convocaba a los fotógrafos. Más tarde, la conciencia del autor comenzó a cobrar más importancia que la realidad misma.

CASA ISRAELITA, E. H. SCHILE.

¿Y este extraordinario libro que acaba de presentar Buenos Aires, memoria antigua – Fotografías 1850-1900, cómo se gestó y que se propone?

–El libro sobre Buenos Aires sale de una investigación de años. Yo sabía que contaba con los nueve únicos daguerrotipos sobre la ciudad que existen en el Archivo General de la Nación y con el material precioso de Esteban Gonet, Benito Panunzi, Cristiano Junior, Antonio Pozzo, Samuel y Arturo Boot, Samuel Rimathé y Harry Olds. Había también visto los 5.000 negativos antiguos disponibles en el archivo de la Sociedad Fotográfica Argentina de Aficionados de los cuales ya había seleccionado 250 en años anteriores. Faltaba rastrear en el archivo Witcom y lo hice. Tres años de trabajo de investigación se sumaron a los muchos anteriores y dieron a luz este libro conclusivo sobre la iconografía fotográfica de Buenos Aires de la segunda mitad del siglo pasado, dividido en cinco decenios, cada uno con un estudio especial.

A pesar de su innegable autoría sobre este precioso volumen, Priamo aclara que, de alguna manera, este tipo de libros son libros colectivos. Y refiere que los estudios impulsados por Abel Alexander, Miguel ángel Cuarterolo, Juan Gómez y por el mismo, se entrelazan a cada paso de toda investigación fotográfica como en una red.

–La Fundación CEPPA, a través de Matteo Goretti, su presidente, jugó otra de las cartas más difíciles que esconden este tipo de proyectos: el financiamiento. Además, Adrián Gorelik aportó un extenso y profundo texto –Buenos Aires 1850-1900 ciudad en tránsito– sobre las transformaciones de la modernidad que por aquellos años convirtieron la aldea en ciudad. Pero tampoco hay que olvidar el aporte de quienes cedieron las fotos.

Al mirar este voluminoso libro, uno se queda con una impresión tan apabullante como la que produce leer el frondoso curriculum de Priamo. Pero, además, es mirando las maravillosas fotografías que contiene cuando uno cae en la cuenta de que, la mayor parte de las veces, no fue la “obra artística” –cuya necesidad de concreción movilizó tanto a artistas del pasado como a curadores y artistas del presente– la que quedó de la fotografía antigua. Sobrevivió, en cambio, el material por encargo. El trabajo. Las fotos de oficio.

Una pregunta se hace entonces inevitable. ¿Qué cree que quedará para el futuro de lo que se hace hoy en fotografía?

“No lo sabemos –responde–. El final está abierto. Lo que está claro es que no basta con recortes e intenciones. Nadie sabe cómo se leerá el presente dentro de cien años. Y nadie estará para verlo”.

Mientras reflexiono acerca de que será esa memoria impresa en nuestras fotografías la que hable de nuestro presente en el futuro desde el silencio, suena el teléfono. Como si fuera una señal venida desde ese futuro desconocido, alguien, del otro lado de la línea, le anuncia a Priamo que va a ser bisabuelo. Y yo sonrío. Ese bisnieto que viene en camino será el que conozca nuestro presente a través de la fotografías que nos sobrevivan. Y el que, cuando ninguno de nosotros esté, podrá dar respuesta a esta pregunta que hoy, ni Priamo ni yo, podemos responder.

Plaza de la Victoria, Panunzi

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Canillitas, Junior.
 
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