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Domingo, 27 de marzo de 2016

TEATRO > FEDERICO LEóN

PING PONG MENTAL

Después de hacer una obra con 120 actores en escena, Las Multitudes, en una especie de parábola mítica y moderna sobre el paso del tiempo y el amor, Federico León acaba de dar un volantazo. Su nuevo trabajo, Las ideas, pone sobre el escenario tan solo a dos actores, en realidad un actor –Julián Tello– y el mismo director. Su título es casi literal: acodados a una mesa, León y Tello pelotean proyectos, miran registros de ensayos en la computadora, toman whisky. Desnudan el proceso y la construcción de una obra de ficción en una especie de autorretrato teatral.

 Por Mercedes Halfon

Hace más de cien años, en Rusia, se daba un debate muy interesante: el espacio teatral naturalista, que representaba con hoja de calcar al living burgués, versus el espacio teatral revolucionario, que se mostraba, despojado, a sí mismo. Poco antes el teatro naturalista había inventado algo fundamental: una técnica para que al ensayar y trabajar sobre sí mismos, los actores lograran en escena una actuación tan verdadera como la entendemos ahora. Pero ese espacio de entrenamiento, de juego, donde intérpretes y director hacían sus ejercicios, probaban de una manera u otra las palabras que tenían que decir, después era ocultado cuando la obra de teatro tomaba su lugar definitivo. Fue Vsévolod Meyerhold el que decidió destapar esa olla. Dejar de ocultar la previa y que el espacio del ensayo se unificara con el de la escena. El decorado naturalista, con toda su literalidad, se fue por la ventana.

Salvando las distancias históricas, geográficas, motivacionales, algo de esta síntesis sucede en Las ideas de Federico León. Hay que saber que este director viene de hacer Las Multitudes, una obra en la que 120 actores de todas las edades, hacían una especie de parábola mítica y moderna sobre el paso del tiempo y el amor. Por eso resulta muy significativo –un antitético y auténtico volantazo –que su nueva obra se llame como se llama y ponga sobre el escenario tan solo a dos actores, en realidad un actor y el mismo director. Como si esa multitud se hubiera escurrido, desmaterializado, afantasmado y solo quedaran en el escenario su director y el actor que protagonizaba aquella pieza –Julián Tello–. Y lo que hay y hubo y habrá en el medio de ambos, todas las cosas que se les ocurren cuando están juntos, como lo están desde hace más de diez años cuando empezaron a ensayar esa extraña y magnética obra que era El adolescente.

En Las ideas vemos a un director de teatro y su colaborador predilecto mientras cranean diferentes proyectos. La situación es algo intermedio entre un encuentro de amigos que toman whisky, fuman y navegan en la computadora, y algo así como un brainstorming para proyectos en ciernes. Acodados en la mesa de ping-pong que usan como mesa de trabajo –y eventualmente para pelotear cuando están embotados–levantan cada tanto la vista hacia una pantalla donde proyectan el escritorio de la computadora que están usando. Ahí se muestran registros de ensayos anteriores –con cierto vértigo los vemos mirándose a si mismos en esa misma mesa–, de proyectos en diferentes etapas de gestación, futuras obras, o chispazos del momento que se van incorporando, escribiendo en vivo, como un jam que puede quedar o terminar en la papelera de reciclaje con un pequeño sonido de papel abollado.

Después del enorme despliegue material de Las multitudes, Las ideas se despliega en el plano de la abstracción: sus elementos se materializan y desmaterializan con tanta levedad que parecieran dejar tras de si apenas huellas luminosas. Es como si estuviéramos observando la mente de un director a través de ese amplificador y tacho de basura que es su computadora.

Federico León dice algo que resuena con las ideas de Meyerhold que veníamos citando: “Siempre que ensayo una obra me interesa poner el foco en el proceso, en cómo voy construyendo la obra: qué decisiones tomo, por qué elijo ir por un camino y no por otro. Creo que las obras siempre terminan mostrando cómo fueron hechas. Es como si quedaran las huellas del proceso.” En Las ideas esta característica se da de modo radical. Se trata de casi todas huellas documentales que construyen una obra de ficción. Hay tanta aparente realidad que nos marea: Julián Tello y Federico León por ejemplo, hacen de ellos mismos pero están actuando. Toman y fuman pero no sabemos si creer en esas sustancias. ¿Qué están tomando? ¿Whisky o te? ¿Se estarán emborrachando? ¿Están fumados? ¿Es posible hacerlo en cada función? ¿Cómo hacer para generar sensación de realidad en un espectador tan poco propenso a la ingenuidad como el actual?

Las ideas se hace en Zelaya, el espacio teatral que León comanda desde 2010 y que ha usado hasta ahora fundamentalmente como estudio. Es una sala pequeña, con lugar para pocos espectadores, lo que refuerza la sensación de intimidad. Él cuenta: “Hacía tiempo que quería estrenar una obra en el mismo espacio en el que la había ensayado. Eso era lo que me entusiasmaba de hacerla en Zelaya. En Las ideas el espacio hace de sí mismo. Por eso también me parecía interesante hacerla acá. Cada proceso lo vivo de una manera muy distinta. En teatro la última vez que actué fue en El líquido táctil en 1998. Después actué en Todo Juntos, la primer película que hice, en 2002. Cuando empecé a dirigir naturalmente dejé de actuar. Creo que fue más una necesidad de la obra que yo actúe.”

Y sí: es el director el que emite permanentemente nuevos estímulos para que la obra siga girando. Cada una de las “ideas” que tira sobre el escenario y se evalúa, se sopesa, se intenta llevar a cabo o pensar qué pasaría si se llevara a cabo. Como una pelota que se patea fuerte y no debe tocar el suelo. Como un paroxismo, como un chiste, como un contrasentido, como un trabalenguas, como un desnudo cuidado, como un ejercicio de autoretrato teatral.

Por eso Federico León dice, cuando se le pregunta qué es para él tener una idea en teatro: “Cuando aparece una idea me da la sensación de que todo es posible y se produce un vértigo, similar al que uno siente cuando piensa en el infinito, en el cosmos, en el lugar que ocupamos dentro del cosmos. Es una mezcla de mareo, ansiedad, velocidad de pensamientos. Intento atrapar la idea, entenderla. En un momento me parece que la puedo dominar pero se multiplica, se ramifica, está en constante movimiento: siempre abre nuevas posibilidades. Hay también una sensación de insatisfacción porque todo el tiempo estás rodeando un punto, acercándote, pero nunca llegás a ese punto. Intentás atrapar algo que entendés, que parece que podés tocar pero que siempre se te escapa.”

Las Ideas se puede ver en Zelaya, Zelaya 3134, entre el 25 de marzo y el 17 de abril, los viernes y sábados a las 21 y los domingos a las 20.

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