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Domingo, 22 de mayo de 2016

CINE > RADU MUNTEAN

DEL PC A LA PC

Como en títulos anteriores de ese nuevo cine rumano que fue llegando a las carteleras locales en los últimos años, El vecino plantea un dilema complejo –moral, social, de conciencia– detrás de una fachada simple. En este caso, un buen padre, buen trabajador y mejor esposo, se enfrenta a la sospecha de que su vecino, el mismo que entra en su hogar y le arregla la computadora al hijo, también puede ser un asesino. Este dilema entre el crimen y la buena sociabilidad es el eje del cuarto film del director Radu Muntean, quien en esta entrevista, y a punto de estrenarse en nuestro país, explica por qué su film busca trascender el thriller de acción y suspenso y por qué aún la dictadura condiciona la mirada del cine rumano.

 Por Diego Brodersen

Matei Patrascu pasea a su perro Jerry en el parque, corta unas ramas para jugar con el animal a buscar y traer el palito, conversa ligeramente con otros paseadores, toma agua y corre unos kilómetros matutinos antes del comienzo de la jornada laboral. Puede suponerse que es una mañana como cualquier otra en la vida de Patrascu, un hombre de unos cincuenta años, casado y con un hijo adolescente, gestor de trámites y papeleríos en el área automotores y aledaños. Excepto que, al regresar a su hogar en el tercer piso de un edificio típico de Bucarest, ocurre algo fuera de lo común: al subir las escaleras y pasar por el departamento 21 escucha gritos y algunos golpes. Allí vive una chica y el espectador supone, como lo hace Patrascu, que la discusión con ese ¿novio, pareja, amante? no llegará a mayores. Aunque al abrirse de pronto la puerta se dispara una pequeña sorpresa: el supuesto “novio” es su vecino de abajo, ese mismo que vive con su esposa y suele arreglar los problemas de la PC de su propio hijo. Ok, nada que no haya ocurrido antes. Pero…esa misma tarde la chica aparecerá muerta por causas dudosas y la policía comenzará a interrogar a todos los habitantes de la pequeña comunidad. Lo que sigue poco y nada tiene que ver con las expectativas que el formato del thriller ha instalado en nuestras cabezas a fuerza de repetición, incluso cuando ese vecino (quien vive “un piso más abajo”, como reza el título original del film) comience a transformarse en una presencia constante en la vida de Patrascu. ¿Es posible que el joven Vali sea realmente un asesino? ¿Contar o no contar aquello que se escuchó a escondidas? Esa es la cuestión

Que el cine rumano se ha transformado -durante los últimos tres lustros- en una fuerza renovadora en el contexto del cine internacional ya no es ninguna novedad. Tampoco que muchos de los títulos llegados de ese país parten de relatos aparentemente simples para construir universos humanos y sociales mucho más ricos y complejos de lo que las apariencias podrían insinuar. Basta con revisar los films de Cristi Puiu (La noche del señor Lazarescu) o Corneliu Porumboiu (Policía, adjetivo; la reciente El tesoro) -los dos realizadores rumanos mejor representados en la cartelera argentina- para encontrar ejemplos acabados de lo antedicho. Radu Muntean pertenece a la misma generación de cineastas (nació en 1971 en la capital de Rumania) y su anterior Aquel martes después de Navidad, tuvo un relativamente exitoso paso por las salas porteñas del circuito alternativo. Esa historia acerca de un hombre, su mujer y su amante -entre otras cosas- también se afirmaba alrededor de un dilema universal y atemporal, aunque en el caso de su quinto largometraje, El vecino -presentada en sociedad hace exactamente un año, en el Festival de Cannes- las ramificaciones son aún más profundas: a los planteos éticos o, si se quiere, morales, se les suman conceptos ligados a la idea de justicia. El germen del proyecto es, como suele ocurrir muchas veces en el cine rumano contemporáneo, una sumatoria de ideas dispersas que toma prestados personajes y situaciones de la vida real. “En realidad, es un reciclaje de una vieja idea, basada en un artículo periodístico, acerca de un vecino que fue testigo de un asesinato en un edificio de departamentos”, confiesa Radu Muntean desde su hogar en Bucarest, en diálogo con Radar. “Y esa idea fue cruzada con un tipo al que conozco, que también se llama Patrascu, el dueño de una pequeña empresa dedicada a facilitar el registro de vehículos y toda la burocracia que gira alrededor de ello. Alguien que me resulta fascinante porque siempre necesita estar en control de todo en su vida profesional. Lo interesante era poner a ese personaje en una situación que ya no podía controlar”.

UNA CUESTION DE CONCIENCIA

Patrascu hace circular los autos, antes de la revisión técnica, como un agente de tránsito de civil. Señala, hace movimientos con las manos y la cabeza, habla con empleados rasos y jerárquicos del lugar. Conoce a todo el mundo. Incluso a las empleadas administrativas, que hacen suponer que el famoso personaje de Gasalla es absolutamente universal. Finalmente, a veces, se sube al coche del interesado para hacer más sencillo el tránsito por las infinitas colas de vehículos. Tal vez sea la primera vez que una película tiene como protagonista a un personaje con ese particular metier, aunque, como afirma Muntean, “puede parecer un trabajo extraño en otros países, pero supongo que ocurre en lugares donde el Estado no funciona perfectamente. Se necesita a alguien que haga esas cosas más rápido y te evite estar una semana llenando formularios y yendo de una oficina a otra. Es un tipo útil, realmente. ¿Existe gente cumpliendo ese rol en la Argentina?”. Qué dudas caben. Lo cierto es que la muerte de la vecina ha trastocado la vida cotidiana (la laboral pero también la familiar) de Patrascu, en particular luego de que Vali le pide que lo ayude con algunos trámites para transferir la titularidad de su automóvil. Y de toparse con él a toda hora y lugar, incluida su propia casa: hay que cambiar el disco rígido de una notebook y conectar un sistema de sensores inalámbricos para los juegos de su hijo, excusa para que Vali se auto invite a cenar en la mesa familiar.

Pero no hay aquí sustos de guardarropía, revelaciones de último momento ni juegos de gatos y ratones que escapen a una lógica absolutamente realista. Y minimalista. “Para ser honesto, no pensé en esta película, ni remotamente, como un film de género. Y nunca me planteé que iba a trabajar alrededor de los clichés del thriller, aunque fuera de una manera personal. Me ha sorprendido que algunos espectadores esperaran, por ejemplo, que hacia el final del film el vecino llegara a la casa de Patrascu para atacarlo o bien que lo empujara por la escalera o cosas por el estilo. Ha habido alguna que otra interpretación de la película cercana a la idea del género, pero eso es gracias a los clichés que nos llegan de ciertas películas convencionales de Hollywood. Nunca me interesó jugar con esos lugares comunes. Pero sí admito que la intención era crear una suerte de tensión, pero se trata de un suspenso muy diferente: entre los dos personajes, pero sobre todo entre Patrascu y su propia conciencia. El juego que intenté jugar es el de usar al vecino como una representación de la conciencia de Patrascu: constantemente persiguiéndolo y empujándolo para que tenga alguna clase de reacción ante los hechos”.Y es bien cierto, porque más allá de la cohabitación de vecinos en el edificio, es el propio Patrascu, en estado de absoluta soledad -sentado en una silla en la cocina, despierto en medio de la noche en su habitación- el que mira fijo y medita. A pesar de ello, al espectador no le llegará ninguna conclusión de sus silenciosas elucubraciones. Las cosas siguen normalmente su curso: el hijo está demasiado tiempo conectado a Internet (tal vez por ello su sonambulismo se haya acentuado), su mujer continúa asistiéndolo en el trabajo, los paseos con Jerry no ofrecen nada fuera de lo común. El que ha cambiado -a pesar suyo, a pesar de no querer admitirlo, a pesar de todo- es Patrascu. El momento en el que la olla a presión estalle será, como suele ocurrir en la vida real, en las circunstancias menos esperadas y con los resultados más banales que puedan imaginarse.

NO TE METAS

¿Por qué Patrascu no habla? ¿Tiene miedo de su vecino, no quiere involucrarse, cree que de esa manera está defendiendo a su familia? ¿Es acaso esa reticencia un reflejo adherido a su ADN cultural, producto de años de dictadura en Rumania?

“He pensado mucho en eso, pero después de haber terminado el film, al dar entrevistas y conversar con diferentes personas, muchos de ellos no rumanos. ¿Es un retrato de la sociedad rumana? No fue algo planeado, pero soy rumano y he vivido casi la mitad de mi vida bajo el régimen de Ceaucescu. Sí creo que hay una manera rumana en la película, en la forma en la que el personaje se enfrenta a la situación. La idea tradicional del rumano respecto de la familia es la de protegerla, aparecer siempre sin fallas a los ojos de los otros miembros de la familia. Supongo que esa es la razón central por la cual Patrascu no le dice nada a su esposa: no quiere dar la impresión de ser un tipo que no hace nada, que no actúa ante una situación tensa y trágica. Ni aparecer como alguien que anda escuchando cosas detrás de las puertas de otra gente. Al mismo tiempo, y más allá de las particularidades culturales, creo que son temas universales, se haya o no transitado por dictaduras en el pasado. El tema de la relación con la propia conciencia es un asunto privado y no estrictamente relacionado con las realidades sociales”.

El vecino es el cuarto largometraje de Radu Muntean coescrito junto a sus colaboradores Alexandru Baciu y Razvan Radulescu. Respecto al particular método de trabajo del trío, que ya tiene en gateras un nuevo proyecto, el realizador afirma que “nos llevamos muy bien y siempre es el mismo proceso: yo proveo el punto de partida de la historia y luego discutimos durante muchos meses, hasta que llegamos a un posible tratamiento. Esa es la parte más difícil del trabajo. Luego dividimos el guión en tres partes iguales, cada uno escribe la suya y luego las ‘pegamos’. A partir de ese momento hay otra ronda de discusiones y comienzan a hacerse los cambios necesarios, hasta llegar al primer borrador. Usualmente no hay más de dos o tres borradores hasta llegar al guión definitivo”. Y el guión definitivo es, luego del ensayo con los actores, el plan maestro de rodaje. A diferencia de algunos de sus coterráneos, Muntean planea el rodaje (las escenas y los planos que las componen) de antemano. Y de manera muy precisa: desde la posición y movimientos de la cámara hasta la ubicación exacta de los actores en el cuadro. En El vecino los diálogos resultan relativamente importantes para conocer un poco más las circunstancias de la historia, pero es en los silencios y en las miradas donde puede comprenderse con mayor profundidad a los personajes, fundamentalmente al protagonista. “Un gesto o una mirada equivocada pueden hacer tambalear todo el edificio que se está construyendo. Pero la atención a los pequeños detalles no debe opacar la totalidad de la pintura. Es como hacer un zoom in y un zoom out todo el tiempo”.

Como en algunos de los films del polaco Krzysztof Kie?lowski, el espectador se plantea todo el tiempo una posible identificación con el personaje central y se pregunta si actuaría de la misma manera ante circunstancias similares. Al mismo tiempo, Muntean evita la posibilidad de la empatía rápida y sencilla con Patrascu: no es posible conocerlo más allá de algunas pinceladas de su personalidad. Parece alguien relativamente amable y tiene toda la apariencia de ser un buen vecino; es profesional en su trabajo y la relación con su madre, mujer e hijo indica que se trata de un buen hijo, esposo y padre. La primera reacción ante su flagrante mentira frente a las autoridades policiales es de sobresalto , incluso de disgusto. ¿Se trata de simple cobardía, falta de rigor ciudadano o hay algo más en la mente de Patrascu?

“Me interesan los personajes enfrentados a dilemas, a situaciones incómodas. Trato de hacer lo mismo en lo personal, durante la escritura del guión con mis colegas y en el rodaje con los actores: ponernos a nosotros mismos en situaciones difíciles y tratar de encontrar nuevos ángulos, en los cuales no habías pensado con anterioridad. Lo más difícil, quizás. sea tratar de transmitir eso a la audiencia, poner también al espectador en un lugar de incomodidad. Esa es la razón principal por la cual hago películas. No porque sea sádico, sino porque creo en ver la vida de otra forma, en correrse de esa zona de confort que, tal vez, sea demasiado acogedora para la mayoría de nosotros”.

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