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Domingo, 24 de julio de 2016

LIBROS > YEAH! YEAH! YEAH! LA HISTORIA DEL POP MODERNO

PARTE DE LA RELIGIÓN

LIBROS El periodista británico y fundador de la banda Saint Ettiene, Bob Stanley, se atrevió a lo inabarcable en su libro Yeah! Yeah! Yeah! La historia del pop moderno, que acaba de editarse en castellano. Son 745 páginas escritas con espíritu de fan y una erudición amable. Y polémica. El desprejuiciado Stanley cree que masividad y calidad pueden ir de la mano y no le teme al capricho: en su altar personal, por ejemplo, ABBA importa más que Patti Smith.

 Por Sergio Pujol

De entrada, Bob Stanley nos revela el quid de la cuestión: “La música era una religión. No me hacía ninguna falta ir a misa”. A partir de esta confesión, el periodista y músico británico –colaborador habitual de Times y The Guardian y fundador el grupo de indie-dance Saint Etienne– escribió su propio Evangelio. Quién pretenda encontrar en las páginas de Yeah! Yeah! Yeah! La historia del pop moderno (Turner Noema, 2016) un relato equilibrado y neutral –no digamos objetivo, es hipócrita pedirlo– se va a desilusionar. Es como pretender conocer la Antigüedad con el Libro de San Lucas en la mano.

Pero difícilmente esa desilusión lo impulse a dejar el ejemplar sobre la mesa de lecturas inconclusas. Si existe una palabra fuera del horizonte de expectativas de aquel que empezó a leer a Stanley, esa palabra es “indiferencia”, prima hermana de “aburrimiento”. Estamos antes un libro importante: la historia de un género amplísimo, escrito por un solo autor, en un solo volumen de 745 páginas. Stanley no es musicólogo ni historiador. Como tantos periodistas musicales, es un fan que convirtió su consumo cultural en profesión. Su versión de la historia es más o menos así. Todo empezó en 1955 con el jump blues “Rock Around The Clock”, de Bill Haley y sus cometas. Inmediatamente llegó Elvis (“La primera vez que actuó en el Grand Ole Opry iba maquillado con sombra de ojos, y al bajar de escenario le dijeron ‘Aquí no tocamos música de negros’”), pero el verdadero inventor del rock and roll fue el subvalorado ex guitarrista de country & western, Haley. A partir de ese momento, el pop logró salvar distintas brechas: la que separaba lo negro de lo blanco; la que distanciaba a Estados Unidos de Inglaterra (es brillante el modo en que Stanley analiza y contrapone las escenas juveniles de uno y otro país); la que se interponía entre jóvenes de diferentes ámbitos y culturas.

El relato progresa combinando datos harto conocidos con pequeños desvíos hacia trayectorias algo olvidadas: The Beatles y Del Shannon; Bob Dylan y John Sebastian; The Velvet Underground y The Humane League; Bruce Springsteen y REO Speedwagon, y así sucesivamente. Si bien no hay un sentimiento de nostalgia explícito, a Stanley se le nota cierta fatiga cuando se acerca el acorde final de su relato. Su mundo íntimo de singles, lista de éxitos y prensa musical es un poderoso campo magnético del que le resulta difícil desprenderse. Nos dice que el pop se agrietó poco antes de que concluyera el siglo XX y la era digital se impusiera sobre los discos físicos. Cuando explica lo consagrado lo hace de modo magistral. Por ejemplo, afirma que “Los Beatles se movían demasiado rápido para caer fagocitados por el sistema”, y que “todo en los Stones giraba en torno a la ira, la insatisfacción, la frustración y el poder, y uno los amaba o los odiaba a muerte”. Al mismo tiempo, sabe iluminar lo oscurecido por el tiempo. ¿Acaso no son bellas canciones “McArthur Park” de Jimmy Webb y “These Boots Are Made For Walking” de Lee Hazlewood?

La historia que cuenta Stanley está poblada de remisiones. Por ejemplo: el doo woop se conecta con la música house pasando por el sonido de Filadelfia, y obviamente el Merseybeat del primer lustro de los años 60 será la inspiración del brit-pop de los 90. Con una erudición amable, nunca abrumadora, el libro apela a este tipo de asociación genealógica pero sin profundizar demasiado. Tampoco hay mucho contexto histórico, más allá de apreciaciones generales sobre las sensibilidades de época. En ese sentido, Stanley se distancia de Greil Marcus: entiende la evolución del pop en términos relativamente autónomos, una historia del arte a la manera clásica (artistas inspirados por artistas) contada con estilo moderno.

El aspecto más problemático de este libro es, al mismo tiempo, lo que lo vuelve irresistible: su adscripción al pop como ideología del arte; una defensa irrestricta del programa de televisión Top of the Pops como instancia legitimadora. En ese sentido, estamos frente a un verdadero Anti-Adorno. Todo lo que el filósofo alemán desdeñaba de la música popular (su ligereza y banalidad, su esquematismo y previsibilidad) es reconvertido por el crítico inglés, que no cree que masividad y calidad sean categorías enfrentadas. “¿Qué hace falta para crear pop de gran calidad?”, se pregunta Stanley. Y se responde: “Tensión, antagonismo, progreso y miedo al progreso. Me encanta el tire y afloje entre la industria y el underground, entre el artificio y la autenticidad, entre los osados y los conservadores, entre el pop y el rock, entre lo bobo y lo inteligente, entre los chicos y las chicas.”

Pero las cosas se complican cuando el autor arma su lista de salvados y reprobados, y busca alguna justificación que vaya más allá de su gusto personal. Al cielo de Stanley no entran los rockeros “duros”, ni los modernizadores del blues, ni los guitarristas virtuosos, ni los “progresivos”… Nombres canónicos como Eric Clapton, Pink Floyd, Patti Smith o los Doors aguardan en el Purgatorio sin muchas chances. Llevando su provocación al máximo, Stanley dedica dos párrafos a Led Zeppelin y un capítulo entero a The Monkees, al mismo tiempo que despliega su talento de escritor en páginas encomiásticas para ABBA, los Bee Gees y Michael Jackson. No habría ningún problema en esto si el autor sostuviera una definición más rigurosa del pop. Sin embargo, asegura que “el pop engloba al rock, el rhythm and blues, el soul, el hip hop, el house, el techno, el heavy metal y el country”. En tal caso, ¿dónde están los límites entre el artificio y la autenticidad? ¿De dónde sacó Stanley que los arreglos vocales de su admirado Brian Wilson –todos queremos a Wilson, eso está fuera de discusión– son más “auténticos” que un solo de Clapton en Cream? Si por un momento tomara distancia de los mandamientos de su propia religión, podría ver que su régimen de calificaciones tambalea; que desde fuera del pop su línea argumentativa es zigzagueante; en fin, que con argumentos similares a los que utiliza para denostar a determinados músicos otro observador podría derribar sus propios íconos.

No es frecuente que la lectura de un ensayo sobre música incite al debate con uno mismo y con los otros. El gran mérito de Yeah! Yeah! Yeah! es el de retomar la pasión perdida por la discusión musical, en un tiempo, el nuestro, en que los artefactos culturales coexisten nivelados, disponibles en un estado de falsa armonía, entregados al consumo voraz y a la vez circunstancial. Con inteligencia, conocimiento y amor a la banda sonora de su propia vida, Bob Stanley escribió un libro para ligar su pasión a la historia.

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