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Domingo, 25 de septiembre de 2016

MUSICA > FRANCO FONTANARROSA

LA MEJOR ÉPOCA

Después de diez años al frente de La Mujer Barbuda, Franco Fontanarrosa bien puede definirse como un hombre del jazz y también del rock. Además de ser dibujante y videasta, una manera múltiple de buscar su lugar bajo el sol. Ahora es el turno de Belle Epoque, el disco que grabó junto al guitarrista Christy Doran y el baterista Lukas Mantel, con él en bajo. Franco Fontanarrosa habla aquí acerca de su búsqueda de una forma y un estilo propio. Y repasa la relación con su padre Roberto: la admiración por la estela de amigos que dejó y por su legado literario y creativo. Y el reconocimiento de cómo lo marcó la absoluta seriedad con la que encaraba su trabajo.

 Por Mariano del Mazo

Dos pinturas de Carlos Alonso y una gata negra dominan la escena en el PH de Parque Chas, todo luz. Franco Fontarrosa sirve café con cuidado gourmet (“me interesa el tema del café, me lo tomo en serio”) y deja sobre la mesa el disco Belle Epoque que grabó con la Christy Doran’s Sound Fountain. Lo primero que destaca es la tapa: un volado dibujo del cordobés Crist de dos damas con capelina y un caballero con galera. El trío también es bien volado, un free jazz que redondea –o define– lo que Franco viene haciendo desde hace una década con La Mujer Barbuda, el extraordinario cuarteto que capitanea desde el bajo eléctrico y que completan Martín Pantyrer en saxo y clarón, Nicolás Sánchez en guitarra eléctrica y Lulo Isod en batería. La Christy Doran’s Sound Fountain parece funcionar como un complemento –intercontinental, circunstancial– de La Mujer Barbuda Estamos hablando de una música que incluso salta los decorados del free jazz: es también rock & noise, un pasaje instrumental de experimentación en cinta sinfín. Un sinuoso y por momentos irresistible asesinato de la melodía.

A los 33 años –ya sorteado todo lo que significó y significa ser hijo de Roberto Fontanarrosa y no sucumbir abducido y neutralizado por su campo magnético nacional, popular y genial– logró lo que aspiraba de chico: tener un estilo más allá de las formas, una mirada. Porque Franco también dibuja y realiza videos en stop motion, entre otros avatares artísticos. “A mí me vuelan la cabeza los tipos que saben construir un universo. No importa qué disciplina utilicen. Eso tenía mi viejo, ese es uno de los aspectos que más me encantaban de él. Qué sé yo, vos vas a ver una película de Woody Allen y ya sabés por dónde va la cosa. Con mi viejo pasaba lo mismo, aún cuando cruzaba de la historieta a la literatura. Yo, humildemente y salvando todas las distancias, apunto ahí. Por eso también completo lo musical con videos en stop motion que hago yo mismo. O pienso detalladamente el arte de tapa”.

Así como en su momento encontró la forma de salir de la sombra paterna a través de la música, ahora pareciera que no tiene techo. El envión inicial no fue sencillo. Fue una determinación y kilómetros de diván. Volverá a la cuestión. Ahora trata de explicar algunas claves de la conformación de su temperamento. “Yo creo que uno se apasiona con lo que elige... Por eso es tan importante a cierta edad qué tipo de profesión u oficio se va a tomar: es ni más ni menos que elegir qué pasión vas a tener. Yo podría haber sido dibujante, creo que dibujo bien. O periodista. Pero por una serie de casualidades, o no tan casualidades, soy músico. Ahora lo puedo ver: no fue consciente, pero claramente la elegí porque fue una manera artística de diferenciarme de lo que hacía mi viejo”.

¿Cómo fueron los comienzos?

–De muy pendejo, con una banda de amigos a los 11 años. Nos repartimos los roles del grupo de un modo totalmente azaroso... ¡y me tocó el bajo! Yo ni sabía qué era un bajo, me acuerdo cuando fui con mi vieja a comprar uno a un negocio. Había un montón de instrumentos y no sabía explicarle cuál era el bajo. Pero me fui copando. La banda se llamaba Corrección. Era lo que decía un mono medio sabio de El Rey León cuando alguien hacía algo equivocado: “Corrección”. En el medio estallaron los Guns, Nirvana... los noventa a full. Cuando escuché Red Hot Chili Peppers me mató. Pero más Primus. Me acuerdo el primer tema del disco Pork Soda, ‘Pork Chop’s Little Ditty’, que empieza con una base de bajo impresionante. Yo no tenía ni idea que se podía hacer algo así. Me di cuenta que en el bajo cabe todo, desde Jaco Pastorious a Sid Vicious. Tomé clases y al poco tiempo formé mi primer grupo en serio, Fuga de Cerebros, con Paula Shocron al piano y Alexis Perepelycia en batería. Schocron es hoy una capa del jazz, y Alexis sigue haciendo unas movidas buenísimas en Rosario. Con Fuga de Cerebros llegamos a grabar y a tocar en festivales de jazz. Y yo sentí el placer de ganar mis primeros mangos. Andábamos por los bares, hacíamos standards. Ganaba dos pesos pero era guita mía. Cuando el grupo se separó me vine a probar suerte en Buenos Aires y empecé a tocar en el grupo de Mex Urtizberea. Yo tenía 20 años.

Encaró entonces la titánica tarea de encontrar qué tipo de música quería hacer. El bagaje tenía que ver con el comic, con las viejas películas de Walt Disney y con artistas como Francis Bacon, Jackson Pollock, David Lynch, Terry Gilliam, Los Quay Brothers y William Burroughs. “Cómo sonar así, con lo que todo eso sugería”. La respuesta fue La Mujer Barbuda, un laboratorio que pateó el tablero del vigoroso “nuevo jazz argentino”. Ahora acaba de salir Agridulce, el tercer disco de la banda en diez años. El trabajo se corre unos milímetros de la abstracción de los anteriores y se desliza hacia una música más concreta.”El tratamiento del audio de este disco es más crudo. Lo grabamos los cuatro dentro de una sala, con poca capacidad de aislar cada instrumento. En todos los temas la sonoridad es bastante similar, y no hicimos ninguna sobregrabación”.

Dice que no le daba tener un grupo que se llamara Franco Fontanarrosa Cuarteto o algo por el estilo, pero que tiene claro que es el que maneja el sulky. “No es lo mismo ser líder que ser jefe. Estamos en un gran momento. Me siento muy cómodo: sé para dónde quiero ir y humanamente funciona, fluye. Hay amistad. En lo musical estamos en un período de composiciones más rigurosamente escritas y con un contenido que incluye fragmentos bastante cancioneros, aunque luego eso enganche con una parte de noise frenético”. Noise frenético, caos ordenado, estructuras móviles: a Fontanarrosa le brillan los ojos cuando escucha o dice esas palabras. “Es así, sé que es música compleja, que impide que el oyente se acostumbre... Cuando una sección instrumental se asienta, cambia todo hacia un lugar completamente distinto. Como un zapping de escenarios sonoros”.

Gracias a La Mujer Barbuda conoció a Christy Doran. Doran es un guitarrista nacido en Dublin pero suizo por adopción. Primero desde su grupo OM y luego desde New Bag, tiene un prestigio dentro del jazz experimental amasado en casi cincuenta años de trayectoria. “Tocar y grabar con él en trío para mí fue tocar el cielo con las manos. Por lo que significa y por lo que sigue moviendo”. La historia es prototípica y muestra cómo la Internacional del Jazz funciona a pleno, como si fueran miembros de una secta subterránea que se las arregla para elaborar planes. “Hace 13 años me llegó un disco de New Bag. Era un tiempo en el que ni siquiera se podía bajar música de internet. Me partió la cabeza. Ya de por sí, una banda suiza es rara. Pero esto era... superior. Cuando sacamos el segundo disco de La Mujer Barbuda se lo mandé por correo y Doran tuvo la terrible onda de escucharlo y de enviarme otro laburo de New Bag. Tiempo después me llamó para decirme que estaba en un festival en Bolivia. Todavía más extraño: ¡una banda suiza en un festival de jazz en Bolivia! Fue hace dos años. Lo puse en contacto con el productor Mario de Cristófaro, que le armó una fecha en La Usina. La Mujer Barbuda abrió el concierto de New Bag. Pegamos onda. A pesar de la diferencia de edad. Doran debe andar por los 70. Es muy capo. Fuimos a cenar y de una me dice: ‘¿Cuándo te venís a Suiza, a Lucerna?’”.

Y fuiste…

–Los astros se ordenaron: justo con mi novia ya habíamos sacado pasaje para ir a Europa de vacaciones. Y bueno, pasamos por Suiza. Lucerna es una ciudad medieval, con murallas, alucinante. Está en el medio de los Alpes frente a unos lagos, a cuarenta minutos de Zurich. Paramos en su casa, nos llevó a las montañas y tocamos. Christy Doran es fundador y profesor de la Musikhoch schule, una de las escuelas de música más prestigiosas de Europa. La idea de hacer algo juntos creció, pero nos parecía imposible por la distancia. Meses más tarde yo conocí en Buenos Aires a Lukas Mantel, batero, suizo también, y ahí las cosas cerraron. Empezamos a pensar músicas, componíamos cada uno sus temas y los compartíamos por internet y cuando pude armé una gira por acá. Tocamos en Buenos Aires, La Plata, Rosario, Córdoba, Corrientes, Tandil y nuevamente en Buenos Aires, en el club Roseti de Colegiales. Ese último concierto es el que grabamos. Ya estábamos bien afilados. Belle epoque tiene una edición europea y una argentina con la tapa de Crist.

En octubre la Christy Doran’s Sound Fountain volverá a girar por la Argentina, y debutará en Chile. Entre el 4 y el 15 de ese mes pasarán por Santa Fe, Rosario, Córdoba, Buenos Aires, La Plata, Valparaíso y Santiago. “Antes estuve en Lucerna para participar de un proyecto titánico en el marco de la escuela de Christy. Es algo camarístico, con veinte guitarras eléctricas, cuatro bajos y una batería. Una locura. Y con sólo dos ensayos. Es muy hermoso todo. Voy a decir un lugar común, pero es cierto que cuando te encontrás con alguien con el que tenés afinidad artística parece que lo conocés de toda la vida. Con Lukas y con Christy fue vernos y sentir una conexión impresionante”.

Se atomiza pero mantiene el núcleo. Sigue trabajando con Alexis Perepelycia, con el que tiene un dúo de batería y bajo llamado Niños envueltos, y con el que en 2014 dirigió la película Ajendra, un experimento sonoro y visual, otra hilacha de la trama de las propuestas de Franco. Otra abstracción. “Me gusta la narración abstracta... Es como cierta pintura surrealista, como la danza contemporánea. Todo es muy drogón, pero podés disfrutarlo también sin haber tomado nada. Yo le encuentro belleza al ruido, que es como una mancha, algo sucio. Las cosas te flashean o no te flashean... Hay como algo preestablecido que dice que el arte tiene que comunicar algo concreto. Y desvaloriza lo otro, como si no tuviera compromiso, como si no fuera honesto. Me interesa la música que funciona como cuando te tirás al diván del psicoanalista: la cuestión es mandar fruta y tratar de atar cosas”.

¿Mucho diván?

–Mucho.

Hace un tiempo conoció un lado áspero –concreto– de la vida, cuando se vio envuelto por un juicio en relación a la herencia de su padre, a los derechos de autor y a la reedición de su obra. El proceso con la última esposa del escritor sigue. Amablemente desiste referirse al tema: “No quiero ventilar públicamente algo tan delicado”. Sí habla con admiración del reguero de amigos que dejó Fontanarrosa, Roberto y del impacto de una estética incorruptible. “Recién ahora me doy cuenta cabalmente lo importante que era mi viejo. Pude tomar distancia. Recordarlo me resulta muy inspirador. Volví a leerlo. No solo es impresionante, sino que algunos cuentos me movilizan. Hace poco releí “Medieval Times”, que es la historia de un tipo que se va con una mina a Orlando, a ver un show muy bizarro, bien hecho, como lo suelen hacer los yanquis. El viaje existió, lo hicimos juntos, compartimos muchas cosas que él después relató en el texto. Claro que las contó de un modo magistral, a su manera, exagerándolas, poniendo su impronta”.

¿Qué decía de tus búsquedas musicales?

–Era una masa. Respetaba mis decisiones, me apoyaba. No era melómano, pero tenía mucha sensibilidad. Conectaba al toque con el proceso creativo. Le gustaba la música popular. Yo mal que mal vengo de una familia donde se respiraba arte, pero él se hizo solo. Mis abuelos nada que ver. Mi viejo tenía un compromiso total con lo que hacía, y eso lo tomo como una gran enseñanza. El y sus amigos, que para mí siempre fueron tíos: Caloi, Quino, Crist. Se tomaban el laburo con mucha seriedad. Lo que mi viejo hacía parecía sencillo, pero es muy complejo ser sencillo... Era como Miles Davis: tocaba poco, pero con una sola nota te desarmaba.

¿No hay otra enseñanza ahí?

–¡Es muy complejo ser sencillo, y es muy complejo ser complejo también! Enfrente de Miles Davis lo tenés a John Coltrane, que tocaba mil notas y también te desarmaba. En un futuro, quién sabe, pero ahora me sale así. No es tanto sonar complejo o sencillo. Es sonar honesto.

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Imagen: Nora Lezano
 
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