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Domingo, 25 de septiembre de 2016

CINE > THE GREEN INFERNO

DEVÓRAME OTRA VEZ

Ya se puede ver por Netflix la última bestialidad de Eli Roth, director de Hostel entre otras películas de horror extremo. Se trata de The Green Inferno, homenaje y actualización de las películas italianas de antropófagos, especialmente de la mítica Holocausto caníbal. En co-producción con Chile y rodada en Perú, ahora los blancos atrapados por una tribu que come carne humana son ecologistas y veganos: un festival gore no exento de ironía sobre la corrección política.

 Por Diego Brodersen

“Per Ruggero”, reza una placa sobre el final de The Green Inferno. Un par de minutos después, a modo de segundo homenaje y como una suerte de bonus track, la película ofrece una pequeña historia no ilustrada de las películas italianas de caníbales, subgénero del horror realista que supo provocar más de un vómito y desfallecimiento en las salas de cine por los años 70 y comienzos de los 80. Ese es el cerrado universo al que remite el film. A tal punto que su título es una cita directa al falso documental que late en el tenebroso corazón de Holocausto caníbal (1980), el festín de carne amputada, destrozada y consumida del realizador Ruggero Deodato, convertido con el paso del tiempo en el súmmum de esa particularísima raza de relatos de terrores verdes. The Green inferno (2013), que disfrutó de una escasa suerte comercial en casi todos los mercados del mundo y recién ahora puede verse en la plataforma Netflix, es uno de los dos largometrajes que el actor y cineasta bostoniano Eli Roth dirigió recientemente, ambos en coproducción económica y creativa con Chile. Extraña mezcla que, sin embargo, recuerda otros tantos emparejamientos norte-sur de hace algunas décadas, en todos los casos dentro del terreno del cine de bajo presupuesto. En ambos largometrajes, tanto el guión como gran parte de los rubros técnicos y artísticos tiene sangre chilena; e incluso una de las protagonistas de los dos films es la morocha Lorenza Izzo, nacida en Santiago de Chile hace 27 años. En Knock Knock (2015), que todavía permanece inédita por estas latitudes, encarna a una de las dos chicas que entrampan a Keanu Reeves en una parodia de los thrillers eróticos de antaño. En Inferno, Izzo es la heroína en gestación que atraviesa los horrores a los que su grupo es sometido por una tribu de comehombres (y mujeres, aquí no hay sexismo que valga) de la selva amazónica del Perú, que incluyen no sólo esos particulares gustos culinarios sino otras prácticas aberrantes como la mutilación genital femenina. A pesar de su pata chilena, la película fue rodada en parte en territorio peruano, en la misma zona del río Huallaga en la cual el alemán Werner Herzog filmó su famosa Aguirre, la ira de Dios en 1972, aunque aquí las tribus indígenas resultan bastante más salvajes y agresivas. “Teníamos que hallar un poblado que diera la impresión de no haber sido tocado por el hombre moderno, pero que al mismo tiempo nos permitiera llevar un equipo de rodaje. Avanzamos unos 20 minutos más río adentro que Herzog, sólo para poder decir que llegamos más lejos que él”, afirmó –mitad en broma, mitad en serio– Roth en una entrevista con la revista Rolling Stone.

Los caníbales hacen su aparición luego de unos 45 minutos de proyección. Antes, una joven idealista es convencida de volar miles de kilómetros y cambiar Nueva York por la selva peruana; allí, una empresa está destrozando flora, fauna y poblaciones indígenas ante la indiferencia del país y del mundo. Atados con cadenas a los árboles y topadoras, la docena de activistas transmite al mundo con sus teléfonos celulares el estado de situación. Un gran triunfo para los jóvenes, contrarrestado por el aterrizaje forzoso en un paraje aparentemente deshabitado, muchos kilómetros río abajo. ¿No habitado? No precisamente. Corte a la aldea, donde los sobrevivientes son encerrados en una jaula, con excepción del más rollizo y corpulento. Recién ahí la película tira toda la carne del pobre muchacho en el asador: primero los ojos, luego la lengua, y a partir de allí todos sus miembros son extraídos de sus respectivos lugares, su torso introducido en un horno artesanal para ser cocinado y devorado por la población entera. Todo con lujo de detalles, por cierto. Como ocurría en Holocausto caníbal y en las más extremas de las películas del género. “Lo mejor que puede decir un espectador es ‘no pude verla’ o ‘la vi con los ojos cerrados’. No querés que la gente se vaya del cine, querés que salgan corriendo y gritando”. Palabras “provocadoras” de Roth que, a pesar de sonar algo sobreactuadas, conectan íntimamente con uno de los modos más evidentes del cine de terror gore en sus años dorados: llevar al límite aquello que puede mostrarse en pantalla, poner incómodo e incluso molestar al espectador, dejando de lado cortesías, éticas y códigos de representación, sin mayores pretensiones que la diversión morbosa. Y los italianos, de Lucio Fulci a Joe D’Amato y de Umberto Lenzi al mencionado Deodato fueron maestros en esas artes tan poco prestigiosas, vilipendiadas incluso.

Amigote de Tarantino y creador de la saga Hostel –entre otras delicias del así llamado torture porn–, Eli Roth homenajea una de sus películas favoritas, al tiempo que registra consciente o inconscientemente los cambios de época. Holocausto caníbal, que gracias a su estructura de falso found footage sirvió para inspirar años más tarde a la brujita de Blair y otros derivados más recientes, ponía en movimiento el rompecabezas de su trama a partir de un misterio y llegaba a la conclusión de que ese cuarteto de aventureros empeñado en llegar a lo más profundo del “infierno verde” no era más que una versión moderna del colonizador del pasado. Las latas de 16mm encontradas luego de su muerte exponen la brutalidad de su método de trabajo “documental”, resignificando su muerte: de un grupo de hombres y mujeres blancos salvajemente asesinados por una primitiva raza de antropófagos a violentos exponentes del neocolonialismo ajusticiados en pleno derecho. El film, sin embargo, merece un sitio de honor en la historia cinematográfica de la hipocresía: señala críticamente lo mismo que practica y declama una repugnancia por el mismo tipo de imágenes que crea y expone, tanto en su versión ficcional (mediante efectos especiales) como en la documental (la muerte en cámara de una media docena de animales de toda clase). The Green Inferno elimina de cuajo esa posibilidad, transformándola en una suerte de paradoja: los activistas verdes, uno de ellos vegano, son atrapados en su propio juego y devorados en su propia salsa. La última escena del film, que a diferencia del de Deodato permite la posibilidad de la supervivencia, es no tanto una concesión a la corrección política como la ironía máxima para los tiempos que corren, donde la frase “es otra cultura, hay que entender el contexto” se ha transformado en prenda de lucha irrenunciable entre diferentes visiones e ideologías culturales. En cualquier caso, bon appétit.

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