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Domingo, 16 de octubre de 2016

TEATRO > PASOLINI. INVOCACION V

SIN DESCANSO

La quinta edición del ciclo Invocaciones que desde 2014 se presenta en el Centro Cultural San Martín está dedicada a Pier Paolo Pasolini, el cineasta, escritor e intelectual italiano, una de las mentes más brillantes y febriles de la segunda mitad del siglo XX. La puesta, llamada sencillamente Pasolini. Invocación V, tiene dirección y autoría de Matías Feldman, actuaciones de, entre otros, Andrea Garrote y Luciano Suardi y transcurre después del asesinato del artista en 1975, en una especie de viaje post-mortem que acumula, como en un trance, sus personajes, sus palabras, sus ideas.

 Por Paula Vázquez Prieto

Una voz fantasmal llega desde el más allá de un lienzo transparente, que separa a la platea de la verdad de la vida, o tan solo de la apariencia de la representación. Muerte y vida reencarnadas en un nuevo cuerpo, prisionero de su tiempo, de su mente inquieta y resistente a cualquier calma y conformismo. Así, entre caídas y convulsiones, comienza Pasolini, la quinta entrega del ciclo Invocaciones ideado por Mercedes Halfon y producido por Carolina Martín Ferro, que pone en escena el Centro Cultural San Martín desde el viernes pasado. Ciclo que desde el 2014 desarrolla esta tarea de conectar presente y pasado a través del teatro, de un teatro que escapa a normas y convenciones a través del viaje, de la circularidad de una expresión desgarrada y preñada de curiosidad y desafío. Pasolini. Invocación V, escrita y dirigida por Matías Feldman, recupera con vital lucidez la estela de uno de los grandes directores de la Historia del cine, poeta y visionario de un arte que comprendió su potencial transformador a partir de crisis y fracasos, de milagros y resurgimientos. Ceñida por un espacio imaginario que se despliega en escena a partir de la combinación de infinitos personajes, de sueños y contraluces, Pasolini pone en carne viva esa vida corta pero interminable.

La obra de Feldman propone la comunión de varios Pasolinis en escena, varias figuras que no solo evocan su espíritu o apariencia sino la vigencia de sus incandescentes ideas. Un hombre muere y otro renace de aquellas cenizas, no como un ave fénix sino como un cuerpo plagado de marcas imborrables, huellas del dolor que se ha sufrido. Esas imágenes “significantes”, de las que hablaba el Pasolini teórico en su intervención de 1965 en el festival de Pesaro a propósito del futuro del cine moderno y el debate entre prosa y poesía para el lenguaje cinematográfico, también se encuentran, como restos de memoria y sueños, en las sucesivas escenas invocadas sobre el escenario. Recuerdos como secuencias vivas, profecías de un tiempo que se cumple y se repite, como un viaje circular que no deja de recordarnos que lo que dejamos atrás siempre regresa. ¿Qué hubiera dicho Pasolini de nuestro nuevo siglo XXI si no hubiese muerto aquel noviembre de 1975 en la playa de Ostia? Su presencia recorre las distintas escenas que imagina Feldman, esos espacios atávicos que recuerdan el paraíso, el infierno y el purgatorio, ya no solo dantesco sino patrimonio de la más rica inventiva pasolineana. Cada uno de sus actores recrea gestos y movimientos que también hemos visto en aquellas criaturas laceradas de Accattone o en las jubilosas imaginaciones de la Trilogía de la vida, cuando el camino se hacía ligero y febril, precipitándose a la curva del precipicio.

“El instrumento lingüístico sobre el cual se implanta el cine es, por tanto, de tipo irracional, y esto explica su calidad onírica”. ¿Podría haber dicho lo mismo de este teatro y sus mágicas representaciones aladas que escenifican a burgueses, meninas y ángeles caídos que deambulan entre muros en movimiento? Algo de eso se pregunta esta invocación, casi como el ritual de un profeta que prefigura sus visiones en un presente que resulta demasiado breve, demasiado escaso. El Pasolini que nos llega en este siglo XXI arrastra las mismas contradicciones que definieron su infancia, su catolicismo místico, su marxismo antidogmático, su voluntad incansable de interrogarse y de ir contra la corriente.

Feldman asume como espíritu de su obra aquella poesía que la obra pasolineana consagró, no solo como rima y musicalidad, sino también como alma del cine y de su lengua hecha de imágenes y ensoñaciones. El cine y todos sus elementos irracionales y bárbaros –decía Pasolini en aquella emblemática discusión con Éric Rohmer, Cine de prosa vs. Cine de poesía–, sumergidos bajo las aguas de la narrativa, desbordan en la configuración monstruosa de toda película, heredera del misterio del sueño y la sinrazón. La reflexión de Velázquez y sus meninas, los combatientes rumanos del nazismo, los burgueses consumidores de cultura y pensamientos tranquilizadores, el sexo mecánico, el psicoanálisis de salón, el conformismo petulante, todo convive de manera ardiente y despiadada en los cielos e infiernos terrenales que se escenifican en esta única invocación. Pulso poético que no se agota en los parlamentos dichos de manera justa y alterada sino en esos cambios de ambiente que recuerdan los juegos de montaje pasolineanos, más cercanos a la gramática de las alucinaciones que a la lógica sistémica del relato clásico.

Un mundo subterráneo, no regulado, sumergido en destellos e impresiones inconexas que desfilan debajo de la superficie de un cine que se pretendía lógico y organizado bajo la normativa del relato y la prosa. Esas ideas que Pasolini desplegó a propósito de su propio arte, de su práctica, y que llevó hasta los límites de su reflexión, son las que subyacen en las obsesiones de la obra de Feldman: preguntas sin respuestas, acciones simultáneas, que van más allá de la apariencia, que no afirman la poesía de manera explícita sino que la alcanzan de manera indirecta, casi como una revelación.

“Pasolini rojo y maricón” era la pintada que podía verse en la entrada del cine Aquitania, en Barcelona, el día del estreno de Teorema, filmada en el año de aquel Mayo Francés convulsionado. Leyenda que, como recuerda el crítico español Carlos Losilla, aparecería escrita ocho años después en España, cuando todavía no se había cumplido el primer aniversario de la muerte de Franco. Ejemplar eco de aquella figura polémica y contestataria cuya incomodidad atravesó el tiempo posterior a su muerte con la misma vigencia y fortaleza de los años de su despegue. ¿Qué pasaría hoy ante el estreno de Saló o de Porcile? ¿Escándalo, indiferencia, el mismo gesto repetido de celebración distante que ofrece un sistema que todo lo absorbe y lo deglute? Algo resiste en la paradoja monstruosa pasolineana, en su incomodidad y su permanente despojo, en ese desplazamiento que su invocación escenifica con cruda soltura y atrevimiento. Lo que vive es ese sentimiento inagotable de verlo todo, de mostrarlo todo, para saber entonces que se puede morir, y nunca descansar tranquilo.

Pasolini. Invocación V se puede ver en la Sala 3 del Centro Cultural San Martín, Sarmiento 1551, los viernes y sábado a las 22 y los domingos a las 21.

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Imagen: Selene Scarpiello
 
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