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Domingo, 6 de noviembre de 2016

FAN > ALFONSINA Y EL MAR

Caminos de coral

Una música elige su canción favorita: Melina Moguilevsky y “Alfonsina y el mar” de Ariel Ramírez y Félix Luna

 Por Melina Moguilevsky

Tuve la suerte de tener a la gran pianista Hilda Herrera de profesora de música del secundario. No es que me faltara acceso a la música, para nada. Vengo de una familia de artistas. Pero la entrada que le dio Hilda a la música argentina en mi vida fue un antes y un después para mí. En su momento por supuesto, no fui consciente de esto, pero si me la cruzara hoy se lo diría.

Primero nos dictaba la letra. Desde ese momento empezábamos a memorizarla, todo queda grabado de otra manera al escribirlo. Luego aprendíamos la melodía, con ella sentada al piano cantábamos todos juntos, y después a veces cantando de a uno, o de a dos. Así fueron pasando “Pedacito de cielo”, “Volver”, “El arriero” y otros temas emblemáticos de nuestro repertorio nacional. Un día llegó “Alfonsina y el mar”, y desde la primera estrofa entré en la letra como si me hubiera sumergido en el mar de la canción. Me sentí identificada con la atracción por el mar de frente, por “su pequeña huella”; y la historia de Alfonsina me caló hondo. Me parecía tan triste y a la vez tan bello el relato, y tan mágico: “Cinco sirenitas te llevarán/ por caminos de algas y de coral/ y fosforescentes caballos marinos harán/ una ronda a tu lado/ y los habitantes del agua van a jugar/ pronto a tu lado”. Recuerdo perfecto cuando dictó esa parte de la letra. No tenía nada que ver con el resto de las letras del repertorio que veníamos aprendiendo… tenía algo más que poesía, una suerte de realismo mágico. Y algo de contar una historia tan trágica a través de esa belleza me aliviaba.

Hilda se sentó al piano y fuimos aprendiendo por partes la melodía. Zigzagueante, amplia de registro. Le llevó varias clases al curso llegar a aprenderla y poder cantarla. Cuando la aprendí, todas las palabras que ya me habían llegado profundo al corazón desde el papel, levantaron además otro vuelo, y cantar ese tema me emocionó desde la primera vez.

Desde ese año, cada vez que visitaba el mar se me venía esa canción, y cuando entraba al agua o metía los pies en la orilla al atardecer se me daba por cantarla. Algo de esa belleza melancólica me la traía. Miraba hacia el horizonte, lejos en el mar, y me la imaginaba a Alfonsina entrando lentamente hacia allí, me imaginaba las caracolas del fondo. Pero no se me venía tanto la idea de la muerte, sino más esa relación con el mundo marino que la recibía y la acunaba. Ese mundo del cual ahora ella formaría parte, como un ser del mar, rodeada de belleza. Eso imaginaba de chica.

Una noche, tiempo después, fui a escuchar como tantas veces a mi papá (Marcelo Moguilevsky) en un show que daba con Juan Falú en un lugar chiquito donde tocaban seguido en ese entonces que se llamaba “La vaca profana”. Iba mucho a escucharlos. Ese día estaba también entre el público Liliana Herrero. Cuando terminó el concierto –no puedo recordar si había sido porque alguno cumplía años o si sólo fue porque la noche había quedado corta y se había puesto lindo ahí adentro– nos quedamos con el lugar cerrado, guitarreando puertas adentro hasta cualquier hora unos cuantos amigos de mi papá y Juan, entre ellos Lili, que cantó unos cuantos temas. Juan, amoroso como siempre, me dijo en un momento: “Melina, dale, cantate algo. ¿Qué querés cantar?”. Yo, que en ese entonces tendría unos 14 años y me sentía un poco inhibida, dije que no me sabía ninguna letra entera de memoria. Y mi papá, que hacía rato que venía escuchándome cantarla, me dijo: “¿Y Alfonsina?”. “¡Uy, qué linda esa zamba! ¿En qué tono?” dijo Juan. Yo arranqué a cantarla. Él se sumó con la guitarra, mi papá tocaba el clarinete y Lili me ayudaba con los pedacitos de la letra en los que tropezaba de tanta emoción. Otra vez, fue como levantar vuelo. Recuerdo el vértigo, las miradas cómplices de mi papá tocando unas notas conmigo, y otras entre mis versos. Yo no tenía mucha idea de cómo era rítmicamente una zamba, cuándo y dónde entrar a cantar, pero Juan me iba llevando.

Muchos amigos de ellos que estaban ese día (de algunas caras me acordaba y de otras no) me han cruzado años más tarde contándome que recordaban aquella noche en la que me escucharon cantar por primera vez de adolescente, lo emotivo que fue... Yo recordé siempre ese momento en el que compartí con esos músicos queridos que me dieron ese lindo empujoncito. Lili cantando conmigo en los estribillos, sonriéndome. Mi papá que siempre me alentaba a cantar en cualquier situación, la llevada amorosa de Juan. Y “Alfonsina y el mar”, acunándome otra vez.

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