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Domingo, 12 de septiembre de 2004

PLASTICA

Luz, más luz

A los 72 años, Josefina Robirosa sigue haciendo de la pintura el camino mágico y misterioso para conjurar una vida de dolor, soledad y violencia.

POR SANTIAGO RIAL UNGARO

Josefina Robirosa es divina. Entiéndase bien: no “divina” entonado al estilo boluda total, a lo Susana Giménez. Con 72 años, 2 hijos, 5 nietos, 1 bisnieto y una infancia tan aristocrática como tortuosa en su haber, Robirosa despliega la singularidad de su condición divina en la bella muestra que expone en el Espacio Alvear.
Sus pinturas generan un ambiente luminoso y dinámico que sugiere la existencia de otra dimensión, ya sea material (vegetal) o inmaterial (espiritual). En octubre de 1956, en el número 242 de la revista Sur, Hugo Parpagnoli escribía sobre una de sus primeras muestras: “No hay que tenerle miedo a la realidad: mucho se puede decir todavía de ella sin necesidad de calcarla. En un paisaje hay montañas, campos, ríos, nubes, pero también hay aire, luz, movimientos, hay fuerzas paralelas y fuerzas encontradas; hay tensiones de color, contrastes de perfiles, hay una claridad ascendente y una opacidad terrosa, un sentido vertical y un sentido estático; hay espirales que salen de los remolinos, del vuelo de los pájaros, de la ampliación de nuestros deseos; hay un sentido material que prefiere expresarse con solidez y un sentido espiritual que no acaba de ubicarse del todo en el trazo más transparente y delgado; hay corrientes de energía vital que estallan contra un obstáculo, otras que vibran en el espacio, otras que se enroscan devorantes en una criatura.
Claro que descubrir lo invisible no es lo que sucede primero ni es fruto de avidez, ni tarea de coleccionista: es más regalo que compra, más sorpresa que experiencia”.
Atravesando casi medio siglo, la cita describe a la perfección la nueva serie de pinturas de Robirosa, pero convendría entender que la luminosidad de estas obras es el fruto arduo de una vida que –más allá de la nobleza de alcurnia y el desahogo económico imperturbable– tuvo compañeros de viaje como el dolor, la soledad y la violencia. “Si no fuese por mis hijos, yo me hubiera suicidado.” Eso es lo primero que comenta Josefina con un tono de voz mesurado y distendido, mientras cruza de la galería al coqueto bar de enfrente. Viendo a esta abuela de un metro ochenta, jovial, amable y tan luminosa como sus pinturas, uno piensa que hubiera sido una verdadera lástima.
“A mí me salvaron la vida las hormigas”, retoma. “Quedarme horas mirando un hormiguero. O las vaquitas de San Antonio, que abren las alas y ves que tienen como seis polleritas, seis enaguas increíbles que te hacen pensar en el prodigio del mundo. La vaquita de San Antonio es un insecto sin miedo. Yo miro mucho eso. Soy especialista en miedos.” Lejos de ser atemorizantes, sus telas, realizadas con acrílico, invitan a entrar en un universo misterioso y lleno de luz, de texturas, transparencias y figuras geométricas, que tienen la gracia y la cortesía de la atemporalidad. Si Robirosa puede percibir estas luminosidades y transmutarlas en sus cuadros es porque en su vida tuvo el coraje de mutar ella misma para superar una infancia de la que dice no recordar nada. Por lo poco que comenta (y lo hace creyendo que su experiencia acaso resulte valiosa para otros), sin embargo, se adivina que fue tan cruel como absurda.
“Michel, mi marido durante 35 años, me decía que habría que estudiar a la clase dirigente estudiando a las niñeras que venían de Inglaterra. Yo pienso lo mal que vendrían esas mujeres, que llegaban de tan lejos a un lugar que no conocían y del que seguramente tampoco sabían nada. Eran niñeras locas con ojos de botón.” La que les tocó a los hermanitos Robirosa, por ejemplo, solía dejarlos solos en la plaza mientras se iba a visitar a sus amistades (¿otras institutrices siniestras?), y consideraba que un buen método para calmar ansiedades infantiles era meterles a los chicos la cabeza en el inodoro. Años después, Kuitca convertiría la anécdota en el tema de un cuadro suyo. “Estábamos solos porque estábamos en manos de niñeras. Con mi hermano llegamos a hacer un pacto de sangre. También me acuerdo de que hicimos una ceremonia de casamiento. Con eltiempo, conversando con otras personas, entendí que mucha gente había tenido experiencias parecidas con sus niñeras extranjeras.”
Las apariencias engañan. Así como, en general, cualquier reproducción deja escapar el efecto que produce una pintura, la despreocupada suntuosidad del Palacio Sans Souci en el que vivió Josefina escamotea una infancia “absolutamente desgraciada”. Ex niña rica con tristeza, luego joven y más tarde mujer madura en tratamiento, la artista enumera las experiencias que la ayudaron a superar esos traumas y la salvaron. La primera, ya mencionada, fue la familia: “Yo recuerdo estar con mis bebés caminando por la calle y repitiéndome a mí misma como un mantra: ‘Quiero poder querer, quiero poder querer’. No podía sentir amor. Lamentablemente no les pude dar a mis hijos esos abrazos animales, bien protectores”.
La segunda fue la pintura, que le permitió comprender que el lado luminoso coexistía con el miedo, la ira, la culpa, el dolor y la inseguridad. “Recién a los 24 años, cuando me puse a pintar, pude empezar a entender qué era lo que me pasaba. Trabajé mucho para desbloquearme emocionalmente. Tenía un disfunción psíquica: disritmia cerebral. La verdad es que tenía una gran angustia.” La tercera experiencia fue la meditación, práctica que ejerció con Alberto Loizaga, para quien sólo tiene palabras de agradecimiento: “Tenía una hendidura en la cabeza que me producía un cortocircuito en el cerebro. Todavía lo tengo, pero ya no hay grietas. Me curé con la meditación. Y si antes era tímida, ahora soy irreverente. ¡Me puse chacotera a los 72 años!”.
Desde siempre, desde un lugar personalísimo y para siempre, Josefina se ha mantenido al margen de modas y escuelas. Su obra es su universo y, más allá de referencias generacionales como el informalismo o la abstracción, es comprensible que su vida reaparezca una y otra vez para iluminar una evolución en la que –sin perder su esencia– ha ido decantando hacia la energía en estado de incandescencia, de pureza. Y aquí pasamos de la crítica a la clínica. Con la pintura y la meditación, Josefina se curó a sí misma. Tal vez por eso sus exposiciones también sean formas de curación o de iluminación, o por lo menos terapias de luminiscencia.
Viendo la gracia, la belleza y el poder de esta mujer septuagenaria, uno podría describir su evolución artística como la de una patita fea que creció hasta convertirse en cisne. “Mis amigas me hicieron sentir mucho eso de la ‘nena bien que pintaba’. En ese sentido, los hombres que pintan tienen la enorme ventaja –en comparación con las mujeres– de que suelen tener a las mujeres a su lado. Con los hijos, la mujer siempre es la que suaviza todos los conflictos. Los hombres, en cambio, tienen siempre sus ocho horas de trabajo garantizadas. Yo no creo que el talento femenino sea menor al de los hombres; pero también es cierto que estoy un poquito decepcionada con las mujeres que hacen arte. A mí me encanta que haya fundaciones para fomentar la actividad artística femenina, pero me parece que hay mucho vestidito, mucho tejidito. Me parece que se quedan con esa cosa superficial de lo femenino. Y si no, se van al otro extremo, a lo femenino orgánico más desagradable, y exponen tampones. Hay mujeres que parecen piolas, superadas, inteligentes, pero en el fondo son unas boludas.”

Buscando un nombre, de Josefina Robirosa,
en el Espacio Alvear, Alvear 1595, de lunes a viernes
de 11 a 20. Hasta el 25 de septiembre.

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