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Domingo, 15 de mayo de 2005

MUSICA > SE REEDITA TODO GEORGES BRASSENS

La lengua francesa

Hijo de obreros, bohemio y anarquista, Georges Brassens (1921-1981) musicalizó con sorna y poesía los años ’60 y refundó la tradición del trovador medieval en clave de chansonnier. Ahora que sus canciones vuelven al ruedo en tres CDs facsímiles (punta de lanza de la reedición de su obra completa), Radar lo evoca en una entrevista con su sosia argentino, el músico, publicista y bon vivant Jorge Schussheim, que hacía de las suyas en el Instituto Di Tella mientras Brassens despabilaba a París.

Por Jorge Schussheim

Sí, me decían el Georges Brassens argentino. Lástima que a él no le decían el Jorge Schussheim francés. Pero no llegué a conocerlo. Hace como diez años fui a visitar su tumba en Sète y le dejé un ramito de violetas. Un homenaje al padre de la canción moderna, a un tipo que cambió completamente el discurso, desacralizó la canción y la sacralizó de otra manera. Brassens tocó temas que no se tocaban: retomó la prédica que tenía en la Edad Media François Biòn, que hablaba de los amigos, los borrachos, los pordioseros, las prostitutas y los ladrones, todos temas que la tradición francesa había abandonado ya en el siglo XV.

MI PRIMER BRASSENS

Pont de Lilas, la película de René Clair. Acá la habremos visto en el ‘58, ‘59. Brassens hacía de sí mismo, estaba ahí con su pipa. No recuerdo si cantaba o no, pero quedamos todos muy impresionados. París, Sartre, Simone de Beauvoir, el existencialismo. Yo tenía unos 18 años, y Brassens se convirtió rápidamente en una figura mítica, un símbolo de todo lo que aquella juventud estaba buscando. El tipo fundó una nueva religión. El era la figura suprema, el Papa, y yo fui un converso temprano. Recuerdo su voz, sus canciones, cuyo significado yo trataba de aprehender con mi pobre francés. Me gustaba esa idea de un cantante solitario con su guitarra y sus textos, cantando a cosas a las que los demás no les cantaban.

¡CULO!

Suena paradójico, pero jamás canté en público una canción de Brassens. (En rigor nunca canté una canción ajena, descontando el ciclo en el que rememoramos con Marikena Monti las composiciones de Jorge de la Vega.) La que las cantaba era Nacha Guevara. Ella lo puso de moda en una generación que nunca antes lo había escuchado. Fue en el año ‘69 o ‘70, cuando Nacha, que había educado su voz, también empezaba a proferir sonidos. Pero Brassens me inspiró indirectamente una de mis primeras canciones, una de las que quizás hayan traído más cola, “Confesiones frente al Sena”. La estrenamos con Jorge y Marikena, en el Di Tella. Fue una noche notable, fundante para la nueva canción argentina. Se había hecho lo que en aquella época se llamaba sit-in, una sentada en la calle: cuatro mil personas cortando Florida. Habían montado un tablado sobre la boletería en el hall del Instituto y enfrente estaba toda la calle abierta. “Confesiones frente al Sena” se inspiraba en uno de los sonetos de Biòn, así que de alguna forma estaba triangulando con Brassens. Fue la primera vez que sobre un escenario, y fuera de la revista, se decía la palabra “culo”. Hoy dicen “culo” hasta en las audiciones infantiles, pero en aquella época era osado: estábamos en pleno onganiato, en un país dedicado a la moral y a la Virgen María. Un país muy represivo y muy reprimido. “Confesiones...” era la historia de un tipo a quien se le habían ofrecido el amor, la fortuna y la suerte, pero que nunca podía tomar nada porque el culo le pesaba mucho. Terminaba diciendo: “Un consejo les doy, mis amados:/ no se sienten, vivan parados,/ aunque el culo les pese mil kilos”. Tres o cuatro generaciones después, los chicos usaron la canción para pedirles a los padres que no los obliguen a tomar la sopa.

ESTAN CANTANDO NUESTRA CANCION

Supongo que la comparación con Brassens tiene que ver con que cada uno, en su tiempo y su medida (la mía es mucho más pequeña), pusimos en palabras y notas lo que una sociedad quería decir. La palabra intérprete cuadra mejor que cantautor, que es un neologismo espantoso. Interpretamos las cosas que pasaban en aquel momento, y curiosamente se hicieron atemporales. Canciones como las de De la Vega, María Elena Walsh, Chico Buarque (y me voy a incluir con muy poca modestia en la cola de esa lista) siguen vivas desde hace 30, 40, 50 años. Y ahí están, jodiendo la paciencia, como cuando fueron creadas.

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