radar

Domingo, 19 de junio de 2005

PLASTICA > ANDY WARHOL SEGUN MARTA MINUJIN

Andy y yo

El lugar común dice que Marta Minujín es la Andy Warhol argentina. Pero la relación entre ambos fue mucho más rica y compleja que eso. A propósito de la muestra sobre Warhol en el Borges, Radar consultó a la gran Minujín para indagar en esa relación de admiración mutua y sintonía espiritual que incluyó fiestas en lo de Salvador Dalí, patinaje por las calles de Nueva York y hasta la cancelación de la deuda externa argentina sobre una pila de choclos.

 Por María Gainza

Hace unos meses, Marta Minujín llegó a una inauguración con un teléfono gigante de plástico inflable. “Hay que conectar. Todo con todo. Todo en este mundo son conexiones”, dijo mientras subía la escalera a toda máquina, su casquito platinado rebotando de escalón en escalón. Como todo en Minujín, como su contestador telefónico que arenga con su célebre gritito: “Arte, Arte, Arte”, sus explicaciones se han vuelto oraculares. Ocurre que, a pesar del flequillo tipo lluvia que le cubre los ojos y de los anteojos negros polarizados, Minujín puede ver más de lo que parece. Tiene, de hecho, como las lechuzas, una visión de 360 grados, que le permite mirar para atrás y para adelante casi en simultáneo. Y aun así, en el imaginario popular, a Marta Minujín, como a Yoko Ono, se la suele definir por su posición respecto a un hombre. Se dice que Minujín fue la reina pop de acá, mientras Andy Warhol era el rey pop de allá. Mito que ella misma alimenta cuando define a Warhol como “mi hermano artístico”.

En la superficie, que es a lo único a lo que, según Warhol, deberíamos atenernos, ambos hicieron de sus raros peinados nuevos, sus salidas nocturnas, su vivir en arte y sus destellos de lucidez (y frivolidad), un signo de época. Pero lo que impulsaba a Warhol era una fascinación por la máquina, una compulsión a repetir, una vacía monotonía y un interés por hacer plata, mucha plata (los dólares acumulados en el Banco fueron, quizá, su serie más perfecta). Frases como: “El sueño americano no existe pero creo que podemos sacar unos mangos a costa de él”, vuelve difícil convencerse que tras la máscara de cera de Andy Warhol no se escondiera un cínico. Minujín, más espontánea y descangayada, mantuvo la frescura con los años. No es que no le interesaran los negocios, pero claramente no fue tan hábil para ellos. Y sus mejores obras, invendibles, ligadas a los happenings y las ambientaciones, estaban impulsadas por una verdadera fe en la creatividad de la gente común (a Warhol, en cambio, sólo le interesaron los bordes: los muy marginados o los muy ricos). Uno era monosilábico, su célebre wo...wo...wo... más que un tartamudeo o un tic nervioso parecía una línea de teléfono ocupada; la otra es verborrágica; hasta que se queda sin cuerda y se apaga. A Minujín la conversación le queda chica, las palabras le resultan demasiado lentas; hay que ordenar una detrás de la otra cuando a ella le gustaría articularlas todas de golpe y en catarata. Y así y todo, saltando de una cosa a otra, la artista recordó el día en que conoció a Andy Warhol, un choque de asteroides sobre el cielo de Manhattan. Esto es lo que la cinta grabó:

Un angel enigmatico

“Al llegar a New York él ya me conocía a mí porque yo había tirado unos pollos desde un helicóptero y había destruido mi obra en París y eso me había hecho famosa. Entonces llegué ahí y él mismo se presentó Hello Martha, I’m Andy Warhol. Fue en una inauguración en la galería de Leo Castelli donde yo expuse en el ‘65 el Batacazo, una muestra que fue famosísima porque la cerró la Sociedad Protectora de Animales y todo eso. Warhol vino a la inauguración, se presentó y enseguida nos hicimos amigos. Ibamos al Max’s Kansas City Bar y él estaba siempre sentado ahí con la Velvet Underground y Nico. Divinos. Siempre hablábamos con Tiger Mors y Taylor Mead, que era uno de sus actores, y con toda la gente y nos divertíamos como locos en las fiestas. A él le encantaba mi obra pero fundamentalmente le encantaba yo. Yo era mucho más chica. El tendría 38 años y yo 24. El decía que yo era súper pop y loquísima. Yo por esa época andaba en patines por todas partes y me hice famosa. Después nos encontramos en el hotel de Salvador. Dalí invitaba todos los días a tomar el té de las cinco de la tarde a su habitación del Saint Regis Hotel. Iba toda la gente famosa y como yo ya me había hecho famosa porque había salido en Time y Life y era el pop latino y eso y era de las primeras que patinaban por New York, entonces Dalí me mandó a llamar. Y era divertidísimo, nunca me divertí tanto como en esos años. Había una mesa con Candy Darling, travestis, toda gente loca, toda hippie. Y Dalí se movía de acá para allá y de vez en cuando aparecía Gala. A Dalí le encantaba Warhol. Con el que se llevaba mal era con Picasso, hablaba pésimo. Tenían mucha competencia y cuando murió Picasso hizo una fiesta para festejar. ‘Soy el grande, soy el grande, soy el genio’, gritaba Dalí. Tenía una energía brutal, con 74 años no paraba de moverse. En verano andaba con saco de leopardo porque controlaba su temperatura. Y Andy Warhol hacía lo mismo. Siempre vestido de negro como un ángel enigmático pero buenísima persona. Igual después le pegaron unos tiros porque decían que no le había pagado a una chica Valerie. Yo estaba en New York y me enteré por los diarios y fue terrible.”

Yo sere tu espejo

“Después lo volví a encontrar en el ‘85 y le propuse pagarle la deuda externa argentina con choclo, que yo creía que era el oro latinoamericano. Me lo encontré en el Odeon, le conté la idea y a él le encantó. Entonces fui a su casa de la calle 34, a una cuadra del Empire State. Llevé todos los choclos, hice una montaña, pusimos dos sillas y nos sacamos diez fotos. Yo agarraba el choclo, él subía, yo se lo ofrecía y él lo aceptaba. Así la deuda externa quedaba paga. Pensando que yo era la reina del pop por estos lados y él, el rey del pop por allá, tenía sentido que saldáramos la deuda. Después regalamos los choclos firmados a la gente. Esa fue la última vez que lo vi. Murió dos años después.”

“Cuando se murió New York quedó vacío. Por lo menos para mí se vació. New York era una fiesta con Andy Warhol. Apenas lo encontrabas, él ya sabía de todos los lugares adonde había que ir. Cada vez que me veía me decía: ‘La única, la única’, era una identificación total, como con Dalí. Gente que se reconoce como colega. Él era un par. Nunca más lo volví a sentir. Antes lo había sentido acá con Alberto Greco. Y antes, no sé, con Miguel Angel y Leonardo. Con Warhol los dos trabajábamos mucho en el mundo de las discotecas, de la frivolidad. Yo, cuando voy a un cóctel, estoy trabajando. Ésa es la idea: tomar toda la vida como trabajo y el trabajo como vida. Yo antes estaba mucho en la noche de Buenos Aires, ahora no tanto porque la noche cambió. Quizás él también hubiera dejado de salir porque New York cambió mucho. Antes ibas a las discotecas y era una maravilla, había gente viva en las vidrieras, encantadores de víboras, cosas que ves por la calle Florida, pero metidos en peceras. Warhol convirtió todo eso en oro y logró hacerse millonario en vida. Convirtió a la serie en original. Lo masivo, en único. Y las películas fabulosas que hizo, genial: la diversión de aburrir a la gente. Después salieron a decir que su obra no resistía la muerte del personaje. La verdad es que su muerte fue una pérdida brutal porque algo de su obra murió con él. Pero con el tiempo su obra renació. Mirá sus muestras ahora llenas de gente. Él se inventó a sí mismo. Como yo. La gente dice: ‘Marta Minujín es nada más que el personaje’. No, está toda la obra detrás. Todos somos artistas, el problema es darse cuenta. Ahora que me acuerdo, yo tenía una lata de sopa firmada por él pero alguien se la llevó.”

El verdadero under

“La obra de Warhol la conocí primero en The Factory. Lo llevé a Romero Brest en el ‘67 y a él le pareció rarísimo porque nadie le daba bolilla a nadie. Entrabas al Factory y nadie te hablaba. Estaban cada uno en la suya, trabajando. Los aristócratas haciendo su propia obra, Diva Superstar, todos muy ensimismados, muy creyendo en su propio trabajo. Estaba todo el mundito, me acuerdo de Bianca y Mick Jagger. Lo más genial era que Warhol le sacaba la foto al artistócrata y el artistócrata tenía que hacer la obra. Me acuerdo de Mick Jagger haciendo su propia serigrafía. Los hacía trabajar y después se las vendía a 400 mil dólares. Eso era lo genial de su idea de vivir en arte. Integró a la gente. Por empezar, no eran tanto aristócratas como nuevos ricos que antes compraban Action Painting y pintura francesa y después empezaron a comprar pop y más pop. Y Warhol lo genial que hizo fue entender, como nadie, lo de arte y vida. Él siempre iba rodeado de su gente. Era underground en serio. Siempre rodeado de personas muy pobres, muy reventadas, a las que después convirtió en actores. El barro lo transformó en oro. Y después se puso a hacer cine. Antes que Woody Allen, New York está en las películas de Warhol. Y después publicó la revista Interview. Salir ahí te hacía instantáneamente famoso. A él le encantaba la gente famosa. Puede que un poco los utilizara pero más que nada era pura diversión. Jugaba con el esnobismo de todos, incluso con el suyo.”

La mujer gigante

“Yo tengo esta Mujer Gigante sin terminar porque no consigo la financiación. Es una mujer que está toda empaquetada por objetos de consumo de la cintura para abajo y mensajes intelectuales de la cintura para arriba. Ahora está abandonada en el Museo de Arte Moderno. La idea es que el primer día haya un happening y se le pregunte a la gente con computadoras: ¿Qué hombre y qué mujer, qué objeto y qué acontecimiento recuerda del siglo XX?; o si no, por ejemplo: ¿Si un artista fuera un país, qué país sería? ¿Si una galería fuese una novela, qué novela sería? ¿Si un museo fuera un plato de comida, qué plato sería? Eso se computa, sale un mensaje y se mete en una botella y se rellena la mujer con las botellas y simultáneamente en París unos amigos míos hacen una obra de arte con las respuestas de los argentinos. Después podés subir en ascensor y atravesar los anteojos. El pop es genial. Pensá que me acaban de decir que en París un colchoncito mío se vendió en 60 mil euros. Yo no voy a ver ni un peso porque lo regalé. Ahora me vendría bárbaro para terminar la Mujer Gigante... A mí me cansa mucho el pasado. Prefiero todo para adelante, para adelante. Yo prefiero que mi obra esté en una autopista a que esté en una galería. Mucho más genial. Ahora el arte se volvió puro mercado, aburrido. Pero el arte tiene que intensificar la vida, de alguna manera. Tiene que darle más vida a la propia vida. Por eso la gente va al cine. ¿Sabés qué? No hay que morirse, es aburridísimo.”

Andy Warhol: exposición antológica
de su obra gráfica, documentos y films.
Centro Cultural Borges
(Viamonte esq. San Martín).
De lunes a sábado de 10 a 21 hs.
Domingos, de 12 a 21 hs. Entrada $ 3.

Compartir: 

Twitter
 

“En el ’85 le propuse pagarle la deuda externa argentina con choclo, que yo consideraba el oro latinoamericano. Fui a su casa de la calle 34, llevé los choclos, hice una montaña, pusimos dos sillas y nos sacamos diez fotos.Yo agarraba el choclo, él subía, yo se lo ofrecía y él lo aceptaba. Así la deuda externa quedaba paga.”
 
RADAR
 indice

Logo de Página/12

© 2000-2017 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Política de privacidad | Todos los Derechos Reservados

Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.

Logo de Gigared