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Domingo, 7 de agosto de 2005

CINE > VOLVER AL FUTURO CUMPLE 20 AñOS

Reloj no marques las horas

En los antípodas de lo que el cine había especulado hasta entonces sobre el tiempo (incluidas las adaptaciones de Wells y Clarke y películas como las de John Carpenter y Terminator), Volver al futuro llegó a las pantallas con dos ideas absolutamente originales. Primero: en vez de imaginar el futuro, se dedicaba a mirar el presente con los ojos del pasado. Y segundo: en vez de abarcar el destino de la humanidad, enviaba a su héroe edípico a un pasado privado, personal e intrascendente para el resto de los hombres: el momento en que sus padres se conocieron. Veinte años después de aquel viaje, esto es lo que ha sobrevivido al paso del tiempo.

 Por Mariano Kairuz

El futuro que nos contaron las películas llegó hace rato pero las cosas no resultaron ni tan brillantes ni tan oscuras como nos prometieron y amenazaron. Es el riesgo que corren los relatos futuristas en particular, y en general todas las películas sobre el tiempo, sobre los tiempos, y sobre los viajes en el tiempo: sufren severamente el paso de los años, a tal punto que muchas veces envejecen antes que las generaciones a las que fueron destinadas. El Apocalipsis según James Cameron debía ocurrir en 1997, o al menos así lo vaticinaba Terminator 2: el Juicio Final, tan sólo seis años antes. También al ‘97 nos enviaba Fuga de Nueva York, otra gran película apocalíptica de la ciencia ficción hollywoodense de los ‘80 (la primera Terminator data de1984; aquellos años fueron pródigos en películas de catástrofes inminentes), que John Carpenter decidió terminar con el anti-héroe anarquista Snake Plissken caminando por las calles de la ciudad que nunca duerme –devenida enorme presidio–, y destruyendo con sus manos un casete de audio común y corriente (no un microfilm, ni un minidisco láser, ni una camarita inserta en su propio cerebro, sino un casete mag-né-ti-co) grabado con información indispensable para el gobierno de los Estados Unidos. Por no mencionar los libros y las películas que osaron ostentar la fecha de sus respectivas profecías en el título: el 1984 de Orwell; el 2001 de Arthur Clarke. H. G. Wells, al menos, imaginó para su Máquina del tiempo un futuro tan lejano que hasta es probable que el Sol se extinga antes de que alguien pueda refutarlo.

Ahora que el 2019 pintado por Blade Runner en 1982 se aproxima raudamente, uno ya no se arriesgaría a decir que el negro cielo sobre la ciudad de Los Angeles va a ser surcado por autos voladores dentro de tan sólo 14 años; ni hablar de las posibilidades de que la autopista que sobrevuela el pueblo de Hill Valley vaya a estar terminada para el 2015, dentro de tan sólo una década, como nos quiso hacer creer, hace veinte años, el final de Volver al futuro. Porque, aunque no parezca –ni, a decir verdad, aunque no les importe a muchos más que aquellos cuantos fanáticos que armaron sus sitios en Internet– Volver al futuro acaba de cumplir veinte años.

Aquel final de la película producida por Steven Spielberg y dirigida por Robert Zemeckis, en el que Marty McFly, recién llegado desde 1955, se subía al fabuloso DeLorean deportivo rumbo al 2015, había sido concebido como un chiste, y no como el puntapié para las partes 2 y 3 de la trilogía en la que eventualmente se convertiría. Dos secuelas que parecieron olvidar aquello que había hecho de Volver al futuro algo muy distinto de una película sobre viajes en el tiempo, ese mecanismo de relojería que constituía su mayor encanto y el centro de su funcionamiento, que era que el futuro ya había llegado: era el presente, era 1985. Y que su gran ventaja narrativa sobre todos esos relatos futuristas o de viajes hacia o desde el futuro, era poder comprobar cómo desde 1955 los ‘80 podían verse como algo mucho más estrambótico y absurdo que una autopista en las nubes o un skate volador. Que los habitantes del pueblo de Hill Valley en esos años de pujanza de la década del ‘50 se rieran ante la idea de que algún día pudieran llegar a tener un alcalde negro. Que sus adolescentes quedaran pasmados ante la explosiva exhibición rocanrolera que Marty McFly (Michael J. Fox) les ofrece en pleno baile escolar, adelantándose apenas un tiempo a Chuck Berry y una generación a los sonidos eléctricos de Van Halen. Que el Doctor Emmet Brown (el Albert Einstein privado de la saga) quedara perplejo y no pudiera terminar de tragar un dato tan inverosímil –como si se tratara de un chiste de mal gusto– como que Ronald Reagan llegaría a la presidencia en dos décadas y media: “¿Un actor como presidente? ¿Y quién es el vice? ¿Jerry Lewis?”.

Pide al tiempo que vuelva

Inversamente, la película mira hacia los ‘50 desde los ‘80 y parece encontrar allí algo del germen de lo que vendrá: así como la estrella del cine que deviene mandatario, los televisores se instalan de una vez y para siempre en los hogares de clase media y una generación de bachilleres baila baladitas sin terminar de advertir que una revolución –cultural y política, sexual, racial– se encuentra a la vuelta de la década. En este pueblito norteamericano de los ‘50 todo tiene un aspecto pulido pero imperfecto; no por nada Marty McFly quiere escapar a toda costa de esa época en la que muchos parecen querer que se hubiera detenido el tiempo y en la que, efectivamente, se paró para siempre el reloj de la plaza de Hill Valley. (En una escena al principio de la película, una integrante del comité “para salvar el reloj” –es decir, para dejarlo detenido en el tiempo, tal como está– le pide una colaboración a Marty, interrumpiendo su momento romántico con su novia, es decir, un momento de evidente fastidio entre generaciones.)

La noche misma en que Marty habrá de partir hacia 1955, su madre borracha le da un pequeño sermón acerca de lo que las “jovencitas decentes” de su época no hacían. Pero si el gran mito norteamericano del sueño perdido fue en los años ‘80 la necesidad de volver a unos idílicos fifties, con su determinada idea de “progreso” y de ciertos “valores” a recuperar, la mentira de la generación previa quedará al descubierto para Marty McFly en muy poco tiempo más. O menos.

A la hora señalada

Pero lo más atrapante de Volver al futuro sigue siendo otra cosa. Las series televisivas sobre viajes en el tiempo funcionaron siempre como manuales de historia. La más memorable de todas es, por supuesto, “El Túnel del Tiempo”, una pequeña maravilla de los años ‘60 en la que dos tipos con mucha onda (pero que nunca se cambiaban de ropa), Tony, con su suéter verde musgo, y el más adulto y trajeado Douglas, caían capítulo tras capítulo en los grandes episodios de la historia norteamericana y en algunos de los grandes episodios de la historia universal, en el lugar exacto y a la hora señalada, lo cual les permitía asistir a eventos tales como la firma de la declaración de Independencia o la invención de la bombita eléctrica. Su gran heredera fue una serie de principios de los ‘80 llamada Viajeros, cuyos protagonistas se dedicaban a corregir “desperfectos” de la historia, “sin intervenir en ella”. Lo cual debería haber dado lugar a infinitas paradojas argumentales, aunque, al fin y al cabo, es de estas paradojas que se componen los relatos de viajes en el tiempo. De salvar dicha paradoja se componía Terminator; su gran idea –que después Terminator 2 echó por la borda– es que el futuro está escrito y es imposible modificar la historia. Y de divertirse con esta misma paradoja estaba hecha Volver al futuro: tras un encontronazo accidental con sus padres en 1955, Marty McFly pone en peligro su propia existencia. Ahora bien, si el futuro puede modificarse trágicamente (como quieren los robots de Terminator), también puede componerse arreglando alguno que otro detalle del pasado. “Arreglando” a los propios padres, por ejemplo: una fantasía desmedida, salvaje, irresponsable y genial. Que es lo que queda, después de todo, de Volver al futuro: un viaje temporal, pero no por la historia de la humanidad, sino hacia el calendario personal, a los orígenes, a la propia prehistoria. Un gran delirio teenager: convencido de ser el único miembro normal y saludable de una familia de freaks y fracasados, Marty aprovecha una oportunidad única y, casi sin darse cuenta, se consigue unos mejores papá y mamá.

Y así se lo habían planteado inicialmente los guionistas, Zemeckis y Bob Gale: ¿hubiéramos sido amigos de nuestros padres de haberlos conocido cuando eran jóvenes? Porque un adolescente, decían Gale y Zemeckis, no concibe que sus padres alguna vez hayan sido adolescentes; niños, puede ser, pero no jóvenes; los padres no pertenecen a otra generación sino a otra galaxia. El viaje en el tiempo en Volver al futuro se vuelve, entonces, algo casi secundario: el verdadero corazón del guión está en la relación con ese padre imposiblemente torpe y con esa madre, una teenager tanto más liberal y liberada de lo que el propio Marty McFly hubiera esperado encontrar, que se ha enamorado del hijo y no para de insinuársele sexualmente. Durante los tres años en los que Gale y Zemeckis ofrecieron el guión a los estudios, la máquina del tiempo fue mutando (antes de ser un auto fue, por ejemplo, una heladera), se consideraron distintos castings, pero la trama edípica era central. Así, los ejecutivos de la Disney rechazaron el proyecto argumentando que la empresa tenía otro concepto de “familia” que debían sostener y defender en sus películas. Finalmente, la película terminaría siendo producida por Spielberg, quien se había mostrado interesado en ella desde el principio, tal vez no tan paradójicamente: será uno de los cineastas más conservadores de su generación, pero es conocida su obsesión por los traumas filiales.

No hay futuro

El 11 de septiembre obligó a pensar en el futuro como algo del pasado. En un gesto similar (aunque menos brutal) al que llevó a Spielberg a reestrenar ET reemplazando digitalmente armas de fuego por walkie talkies –en las escenas en que los agentes federales persiguen a los nenes en bicicleta–, para las emisiones televisivas de Volver al futuro programadas a lo largo del 2002 se alteró el audio de la película y se borroneó digitalmente un plano de tal manera de hacer desaparecer la palabra “terrorista”. Que venía adjuntada al gentilicio “libios”: los terroristas libios eran aquellos a quienes Doc Emmet Brown les había robado el plutonio necesario para concretar el viaje en el tiempo, originalmente destinado a la fabricación de una bomba.

Una idea en Volver al futuro 2 mantenía el espíritu de la original: la de viajar al futuro relativamente cercano para adquirir el compilado de los resultados deportivos de los próximos años, y volver al presente para sacarse –por poner un anacronismo más– el Prode. Después, claro, habrá que ver si el futuro sigue siendo el que era. Por ahora, veinte años después del futuro, éste es el estado del tiempo.

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Volver al futuro es un viaje en el tiempo, pero no por la historia de la humanidad, sino hacia el calendario personal, a los orígenes, a la propia prehistoria. Y así se lo habían planteado
inicialmente los guionistas, Robert Zemeckis y Bob Gale: ¿hubiéramos sido amigos de nuestros padres de haberlos
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