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Domingo, 18 de diciembre de 2005

COMIC > LA ARGENTINA SEGUN LANGER

La larga risa de todos estos años

Corrosivo, áspero y descarnado, el humor de Sergio Langer es uno de los retratos más certeros del avatar permanente que es vivir en este país. Y el flamante Manual de Historia Argentina lo demuestra cabalmente: en casi trescientas páginas, recopila no sólo los dibujos publicados entre los turbulentos 1998 y 2003 en el suplemento “Zona” de Clarín, sino también los bocetos presentados que el “gran diario argentino” prefirió no publicar.

 Por Carlos Gamerro

El Manual de Historia Argentina de Sergio Langer reúne los trabajos publicados por el autor en el suplemento “Zona” del diario Clarín entre los años 1998 y 2003, así como muchos bocetos inéditos que llegan a la página impresa recién hoy.

Leerlos entonces, en la página del diario, rodeados de textos, artículos y fotografías, y cuando el lector se hallaba sumergido (ahogado, más bien) en ese presente sin salida y total; y leerlos ahora, formando una secuencia, un relato sin otro contexto que el suyo propio y el de los recuerdos del lector, son operaciones tan distintas que podría argumentarse que los dibujos son, literalmente, otros. En su vida primera, funcionaban un poco como los de Sábat, cuyos dibujos suelen decir, sin palabras, más que los palabreros editoriales que supuestamente ilustran; pero donde Sábat desplegaba su distante y algo prescindente ironía anglouruguaya, la virtud fundamental de los comentarios gráficos de Langer es el asco inmediato y visceral, un asco que se destacaba, por contraste, del estilo neutro y programáticamente poco jugado del gran diario argentino. Recorrerlos hoy en secuencia produce en cambio extrañeza e incredulidad, la misma que podemos sentir cuando miramos cartas y fotos de nuestro pasado lejano. (¿Yo era así? ¿Yo pensaba esto? ¿Todo esto, en tan poco tiempo, me pasó?) Con su brevedad y su contundencia hacen estallar el continuo habitualmente inaprensible de la historia en una serie de fogonazos, de bruscas, a veces intolerables iluminaciones.

Porque, casualmente o no, el tiempo que recorren los dibujos de Langer fue de aquéllos tan violentos y vertiginosos que la memoria apenas puede abarcar. Los últimos años de Menem, cuando la podredumbre ya se olía en el aire, la llegada de De la Rúa al poder, la maldita cocaína, las coimas del Senado y la renuncia de Chacho, el corralito, los cacerolazos, la caída, Duhalde presidente, la devaluación, el comienzo de la era K... La brevedad de estos cuadros y el formato del libro tientan al lector a recorrerlo como un flip-book (esos libritos que hojeados velozmente dan un efecto de animación) de la historia argentina reciente. En esa velocidad el lector puede recuperar el vértigo de aquel tiempo, que la memoria, para volverlo inteligible o al menos creíble, tendió a lentificar.

En las páginas pares, en rojo, están los bocetos presentados y rechazados, o al menos “no elegidos” por Clarín, y aquí el Manual de Historia Argentina agrega otra dimensión de lectura: nos permite evaluar, en el medio gráfico argentino más representativo, por lo menos por ser el más masivo, qué es aceptable y qué no, cuáles son los límites que nos imponen esas entidades que manipulan, deforman o crean la información y sus sentidos. La autocensura del medio está acá documentada, paso a paso, esperando el estudio que revele la lógica de sus miedos, sus fantasías, sus intereses o su mera arbitrariedad. De todos ellos, elijo como favorito aquel de la prostituta que recibe a su nuevo cliente argentino con las palabras: “Ya sé, no me digas nada, te gusta que te fajen y te insulten un poquito...” Pocas veces estuvo un pensador nativo tan cerca de definir el esquivo ser nacional.

El caso testigo en que se constituye este Manual es especialmente interesante porque el humor de Langer es de esos que, míticamente, desencadenan el cierre de diarios y revistas (por censura estatal, en el pasado, por retiro de pauta publicitaria en la actualidad) o al menos el despido de editores y secretarios de redacción. El humor de Langer está en las antípodas de esas formas de humor autoindulgente que nos llevan a “reírnos de nosotros mismos” para luego perdonarnos mejor, como el de Pinti respecto de la clase media, o el de Maitena respecto de las mujeres. La Argentina es un país que pone a sus humoristas a prueba, como si les dijera, guapeando: “¿A ver? Reíte de ésta si podés”, un país tan feroz que hasta Quino perdió el sentido del humor (hace ya demasiados años que sus chistes destilan apenas amargura concentrada). El de Langer, en cambio, no tiene nada de indulgente, ni siquiera hacia los valores más cercanos al corazón (o las vísceras) del autor, y puede ser salvaje, pero nunca amargo. Langer es capaz de poner, en páginas enfrentadas, las dedicatorias “a mi tío Iasha Barón, que combatió en 1942 contra los nazis en Stalingrado y hoy, a los 85, sonríe si le pregunto si mató alguno. A mi tía Ana Barón que junto con mi madre sobrevivió a los campos de exterminio nazi en Rumania y hoy, a los 75, mantiene viva la memoria...” y la viñeta de los dos canas de custodia que al ver pasar al niño judío le largan: “Che pibe, fijate si tu escuela todavía está ahí... ¡Jua, jua!”. Y quienes conocen al autor saben la respuesta que invariablemente dará a cualquier cuestionamiento, al tarde o temprano inevitable “che, Sergio, me parece que esta vez te pasaste”: una mirada más ingenua que desafiante, seguida de “¿Por qué? Si es así. ¿No es así?”.

El humor de Langer es, además, clasista. Pocos humoristas, como él, nos recuerdan que la sociedad argentina es una sociedad furiosa, latinoamericanamente dividida en clases: hay chistes de la clase alta (de la rancia oligárquica y de la menemizada), de la clase media (de la agrandada y de la hundida) y de la clase trabajadora (sindicalizada y lumpenizada). Y cada una con sus hipocresías, sus avivadas, sus miserias y, sobre todo, sus racismos particulares (indulgente hacia las mucamas peruanas o paraguayas, festivo y cruel hacia los judíos, despiadado hacia los bolivianos que siempre están a mano para que los marginales puedan sentir que no son el último orejón).

Por todo esto sería altamente recomendable no tomar el título a chiste, sino literalmente: debería hacerse al menos una prueba piloto en varias escuelas, tan reacias a explorar el pasado reciente, y reemplazar por este Manual de Historia Argentina los utilizados hasta hoy.

Manual de Historia Argentina
Sergio Langer
280 páginas
Pequeño editor, 2005

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