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Domingo, 18 de diciembre de 2005

PERSONAJES > EL GRAN MICHAEL MADSEN

Todos los perros van al cielo

Fue el inolvidable y sádico Mr. Blonde de Perros de la calle, aquel que bailaba después de cortar una oreja y prenderle fuego al pobre mutilado. Y, desde entonces, aparece aquí y allá, en películas mediocres que se intercalan con algún respiro, como Kill Bill 2 o Sin City. Ahora, con dos cintas directo a video, es momento de rescatar a ese rotundo actor que es Michael Madsen, injustamente encasillado, listo para la revancha.

 Por Mariano Kairuz

Apareció como una visión. Una visión del Rey muerto que está vivo. Porque Michael Madsen siempre se pareció un poco a Elvis Presley, incluso un poco en la manera de engordar. Y sigue guardando algún parecido –su jeta rotunda, los ojos, la manera de enarcar las cejas; el jopo engrasado– pero nunca más que en Perros de la calle, la película que lo presentó en sociedad. En la ópera prima de Tarantino era Mr. Blonde, alias Vic Vega, reo carismático y muy canchero recién salido de la cárcel que hora y pico más tarde sonreía de una oreja a la otra mientras rebanaba una de las orejas del policía cautivo. Para, acto seguido, disponerse a rociarlo en nafta y cocinarlo, dilatando el momento al ritmo de la canción “Stuck in the Middle with You”, por Stealer’s Wheel. Un momento que le ganó prácticamente por sí solo su nombre al director de Pulp Fiction.

Y desde entonces vimos a Madsen (nacido en 1958 en Chicago, hijo de un bombero danés y de una mujer mitad irlandesa mitad indígena norteamericana, hermano mayor de Virginia Madsen) un poco de esa manera: un criminal tarantinesco, cool pero no exactamente frío; con cierta energía y furia encarceladas en su cuerpo expansivo. Fue su amigo Harvey Keitel quien se lo presentó a Tarantino, después de hacer algunas escenas juntos en Thelma & Louise (en la que Madsen era el novio de Susan Sarandon). El director quiso resucitarlo para Pulp Fiction pero no pudo ser y en su lugar el que volvió a la vida fue John Travolta, en el papel de Vincent Vega, hermano de Vic Vega. Tarantino anunció entonces, una y mil veces, una película sobre los infames hermanos Vega, que jamás hizo pero que sigue mencionando entre sus proyectos pendientes. Madsen entonces tenía una carrera, y hoy –después de Kill Bill– su futuro parece depender de que Tarantino le siga siendo fiel y finalmente concrete esa cosa con los hermanos Vega (que, se dice, regentearían un night club en Amsterdam) y su largamente anunciada y postergada Inglorious Bastards, su doce-del-patíbulo personal en la que Madsen ya tiene asignado personaje, el de Babe Buchinsky (un homenaje a Charles Bronson, que llevaba ese apellido en su vida real).

PRISIONERO DEL ROL

Justo después de Perros de la calle Madsen tuvo, si no grandes propuestas, al menos proyectos caros. Fue el líder cínico del grupo de especialistas que sale a cazar a la femme fatale extraterrestre de Especies. Pero enseguida se encontró repitiendo el personaje hasta el infinito. Hubo physique du rol en todo eso, pero también algo más. Varias veces le preguntaron si se sentía cómodo con el papel recurrente de “mal tipo”. “Me gustaría que se dieran cuenta de que puedo salir cabalgando hacia el amanecer, después de salvar al pueblo”, dijo, después de que quiso ser Doc Hollyday pero le dieron un papel mucho menos interesante en el Wyatt Earp que Lawrence Kasdan filmó con Kevin Costner. O que “yo podría haber sido un Richard Kimble perfecto para la remake televisiva de El fugitivo”. O que “en la vida real no soy para nada una persona oscura y misteriosa”. En los dos o tres años en los que hubo trabajo llegó a ser el “papá” en Liberen a Willy; es decir, hizo de buen tipo en un artefacto familiero en el que la estrella era, por supuesto, la ballena. Mullholland Falls –un neo noir ambientado en los años ‘40– acercó a Madsen a su ídolo declarado Robert Mitchum y permitió pensar en él como un probable antihéroe a lo Chandler. Y no hubo mucho más. Después de filmar la esperpéntica Especies 2, una secuela hecha con los desechos de la primera, le preguntaron si participaría en una eventual Especies 3. “Si hay un Dios, espero que esa película nunca ocurra”, dijo. Ocurrió sin él, pero de todas maneras, a lo largo de los ‘90 hizo decenas de películas, y muy poco de qué enorgullecerse. Madsen mira retrospectivamente a aquellos años no tan lejanos y ofrece las respuestas más honestas a las que puede echar mano: varios juicios de divorcio, tres familias simultáneas, varias ollas que parar al mismo tiempo. “La hemorragia de efectivo era tremenda”, explica. “Y algunas de esas películas malas te persiguen toda tu vida: alguien enciende el televisor y uno pide que por favor cambien de canal.”

ESTA VIVO

Vivo de una manera extraña, como es extraña la manera en que están vivos Elvis y la criatura del barón Frankenstein. Debido a las costuras entre películas como Sin City (que le dan un respiro), personajes como Budd (el cowboy decadente y pelilargo que vive en su camioneta en el desierto de Kill Bill 2) y esos últimos dos e inadvertidísimos directos-a-video que ahora mismo se consiguen en los videoclubes: Códigos policiales (un telefilm sobre policías corruptos) y Frankenstein, enésima encarnación “moderna” del moderno Prometeo, con subtrama de clonación y vida eterna y Madsen haciendo de un monstruo embarazado –una bizarrada sideral–.

Entre bofe y bofe, Madsen se ocupó en otros asuntos. Escribió y publicó —vía editoriales independientes– varios libros de poesía: Cerveza sangre y cenizas, Cómete el gusano, Ardiendo en el paraíso, Cuando las mascotas matan, 46 down: A Book of Dreams and Other Ramblings, de confeso contenido autobiográfico; algún volumen con fotos en blanco y negro de la infancia del autor, y hasta una compilación, un Complete Poetic Works prologado con desmedidos elogios de parte de David Carradine y de Dennis Hopper (quien llega a decir que es “mejor que Kerouac”). Un poema de Madsen llamado “Movies” destila su vieja pasión por las películas viejas, con o sin Mitchum; clásicos y berretadas. Películas grandes y películas olvidables. Como las que fueron y como las que probablemente serán. “Seguro que va a haber más mierda”, dice el tipo que se pareció a Elvis y que a veces parece muerto pero sigue vivo. “De todas maneras, avizoro un futuro brillante y prometedor, el que una vez fue mi destino.”

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