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Domingo, 8 de enero de 2006

FOTOGRAFíA > CIUDAD OCULTA VISTA POR SUS NIñOS

El cazador oculto

Empezó como un taller en un centro comunitario de la Villa 15 (más conocida como Ciudad Oculta), pero la curiosidad de los chicos por registrar el mundo en el que vivían lo convirtió en un proyecto que superó sus propias aspiraciones. A cinco años de su nacimiento, sin aportes privados o estatales, Ph15 financia la iniciación en la fotografía de chicos que ya tienen una obra expuesta en Estados Unidos y comprada por un museo de arte y la Universidad de Harvard, entre otros. Ahora, un libro ofrece lo mejor de un trabajo que, lejos del mero valor testimonial, desborda belleza y ternura.

“Generalmente los pasillos están solos”, cuenta Natalia Godoy, 18 años, una de las integrantes de Ph15. “Nunca vas a ver a más de una persona. Camino y camino, pero no encuentro lo que quiero encontrar en ellos: gente.” En las fotos de Natalia, los pasillos de Ciudad Oculta aparecen tan vacíos que parecen abandonados, algunos perros olisqueándose junto a un charco, puertas y ventanas cerradas. Las de Eugenio Alfonso, en cambio, están llenas de gente, chicos y grandes jugando picados. Y también fotos relacionadas con su propia historia, como las que tomó en el cementerio cuando tuvo que trasladar los restos de su madre, de la tierra a un nicho, con sus propias manos. Esas fotos dejaron boquiabierto al público cuando se mostraron en la Universidad de Harvard el año pasado, no sólo por lo macabro del proceso –que es muy común en los cementerios argentinos y no sólo deben atravesarlo las personas pobres– sino por la belleza y hasta ternura de las imágenes.

Alfonso, de 25 años, está entre los integrantes más grandes del proyecto fotográfico Ph15 que funciona desde 2000 en Ciudad Oculta, menos conocida como la Villa 15 de Buenos Aires. Lo dirige Martín Rosenthal, fotógrafo formado en la década del ‘80 en Estados Unidos. Rosenthal armó un equipo de trabajo en el Centro Comunitario Conviven de la villa, con sus alumnos, y dio clase a un grupo de cerca de 15 chicos, con cámaras baratas, de plástico. Poco después, a partir de la curiosidad de otros chicos, comenzaron las actividades cada sábado a la mañana, con la ayuda de la codirectora Moira Rubio y un grupo de docentes voluntarios coordinados por Miriam Priotti. Los chicos de los talleres, de entre 11 y 25 años, reciben una cámara plástica, sacan fotos libremente durante toda la semana y el sábado se decide cuáles serán reveladas, además de charlar sobre las imágenes. Como no tienen ingresos fijos ni institucionales ni estatales, la renovación del equipo se da por donaciones espontáneas, o por la venta de las fotos de los chicos; el Museo de Arte de Dakota (EE.UU.) les compró diez para su colección permanente y en Harvard vendieron cerca de cuarenta. En el sitio web de Ph15 (www.ph15.org.ar) también están a la venta, con precios de entre 75 y 125 dólares (50 por ciento para financiación del proyecto, 50 para el artista). Y ahora acaban de editar un libro –que también está a la venta en el sitio– con una selección impecable cuyo valor como “testimonio” es tangencial; el trabajo de los integrantes de Ph15 es de verdaderos fotógrafos y artistas. “La fotografía me ayudó para ver mejor lo que había a mi alrededor”, dice Juan Alfonso, de 20 años. Y agrega que a veces las imágenes que sacaba le gustaban, pero no sabía cómo convertirlas en una buena fotografía. Ahora, seguro, lo averiguó. Porque eso, excelentes fotografías, es lo que logran él y sus compañeros.

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