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Domingo, 8 de enero de 2006

TELEVISIóN > OTRO FINAL DE TELENOVELA EN VIVO EN EL GRAN REX

El regreso del tele-teatro

Mientras los ojos estuvieron puestos todo el año en el horario central de las diez de la noche, Telefé construyó silenciosamente un éxito inesperado en el viejo y querido horario del mediodía: Amor en custodia. E igual que hizo con Resistiré, el canal armó un final en vivo, con fans, adolescentes y autógrafos, en el Gran Rex. ¿Qué lleva a los televidentes a juntarse a ver el capítulo final en un teatro? ¿Y por qué quienes los critican hoy los defenderán mañana?

Por Hugo Salas

Como hiciera con Resistiré, Telefé acompañó la transmisión del último capítulo de Amor en custodia con una proyección pública en el Gran Rex. La ocasión convocó a más de 3000 espectadores y el encendido superó los 30 puntos, corroborando el acierto de un canal que, intencionalmente o no, supo compensar un horario central demasiado competitivo imponiéndose en un segmento marginal. ¿Pero por qué tanto alboroto? Cualquiera que haya seguido una telenovela –cosa muy distinta de verla– sabe que el final es mucho más que el desenlace de la intriga. El género impone un régimen peculiar de espera que poco tiene que ver con el de una película, obra teatral, cuento o novela. Para Roland Barthes, el placer de la novela clásica residía en que no siempre se saltean las mismas páginas. El de la telenovela es exactamente el opuesto: el final sólo aparece al término de un amplio compás de espera en que la trama se dilata en todas las direcciones posibles (e incluso, en los mejores casos, más allá de lo posible), retrasando una conclusión obvia.

El suyo –podría decirse– es un placer tántrico, pero no al extremo. Salvo crasos errores (como el brutal tratamiento que el 13 prodigó a El clon), la postergación no es eterna: se establecen para el ocaso fecha y hora precisas, y a partir de allí comienzan a “palpitarse los momentos decisivos”. El último capítulo adquiere entonces una dimensión ritual que lo convierte, sobre todo en casos de gran audiencia, en todo un acontecimiento. Fenómeno este que no demuestra, según reza cierta monserga, que la televisión y el simulacro hayan reemplazado a la experiencia real, sino que los consumos culturales, lejos de toda pasividad, son actos que forman parte de la realidad tanto como el tsunami (si no más). A fin de cuentas, nadie se rasga las vestiduras por la histeria que desató el Werther, y es forzoso aceptar que las muchedumbres que se abalanzaban sobre la novelita de Goethe distaban de hacerlo por sus valores literarios. La repugnancia de ciertos intelectuales a pensar la relación entre los fenómenos masivos que en los siglos XVIII y XIX desataba la literatura con los televisivos y cinematográficos no es otra cosa que la revelación del límite implícito que para ellos siempre tuvo la supuesta democratización del saber ejercida por la literatura o, en el mejor de los casos, de un prejuicio que los lleva a suponer que la lectura es per se más enaltecedora y pedagógica que mirar la tele (generaciones formadas a la sombra de Corin Tellado lo desmienten).

Conviene, en realidad, abandonar la peregrina idea de una vulgarización de la cultura masiva y prestar atención a una característica fundamental de la experiencia televisiva: la sincronicidad del consumo. Para seguir con el ejemplo, “todos” estaban leyendo el Werther en 1774, pero en 1989 “todos” vieron el final de La extraña dama exactamente al mismo tiempo, acentuando la impresión de comunidad que cualquier identificación colectiva produce. ¿Alienación? Antes cabría reconocer hasta qué punto esto representó la única experiencia de comunidad posible para toda una parte de la población condenada al encierro, una experiencia distinta de lo comunitario que no pasa exclusivamente por lo público sino que atraviesa y permea el ámbito de lo privado. Relación con los otros basada, además, en un extraño convenio de gratuidad: no hay aquí, como sí en el fútbol, nada para ganar, nada permanente ni identitario, más allá del disfrute del relato. Lo compartido se reduce a la celebración de los códigos y señales de una historia que no deja de ser, en parte, la enésima variante de una misma historia tan anterior como inhallable, un hipotético Pentateuco melodramático.

Trascendiendo el ardid publicitario, la transmisión con público no hace más que reconocer y alimentar esta experiencia lúdica íntimo-colectiva. Sospechosamente, quienes evocan con nostalgia “la época dorada del radioteatro, cuando salía a recorrer los pueblos”, se ríen de “las adolescentes cholulas que van a gritarle a Estevanez”, como si fueran manifestaciones tan distintas. Es que en la cultura argentina los fenómenos masivos sólo adquieren legitimidad retrospectivamente, una vez fosilizados, muertos, quizá porque entonces no queda en ellos rastro alguno de la chusma que supo animarlos. ¿Quién sabe? Tal vez si dejamos de decir que la televisión es la madre de todos los males, la fuente de manipulación ideológica por antonomasia, nos veamos obligados a admitir que lo degradado hoy no es la cultura masiva, hábil a la hora de reformular sus medios y modos de circulación, sino la cultura burguesa, elitista, académica o como quiera llamársele, que carente de programa no puede más que vivir de la sobrevaloración de glorias pasadas.

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