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Sábado, 3 de agosto de 2002

CINE

Damas gratis

Después de Bajo la arena, donde hizo brillar a la olvidada Charlotte Rampling, el francés François Ozon quería filmar una remake de Mujeres, el clásico de George Cukor. No pudo ser: Julia Roberts y Meg Ryan tenían los derechos. Pero Ozon fue obstinado, y sorteó la frustración de la manera más inspirada: mezcla de policial inglés, musical pop y melodrama con tacones, 8 mujeres aglutina al Olimpo femenino del cine francés y se da un lujo superior: entreverar en un forcejeo erótico a Fanny Ardant con Catherine Deneuve.

 Por Horacio Bernades

¿Revive acaso el policial a la inglesa, género que se creía guardado para siempre en el arcón de los abuelos y que encierra en una casa un crimen y un montón de sospechosos? La reciente Gosford Park y la inminente 8 mujeres podrían llevar a deducir que sí, que hay una conspiración retro. Pero basta sacar la lupa y verlas en detalle —como haría cualquier Sherlock Holmes— para comprender que la operación es algo más complejo que un liso y llano revival.
En Gosford Park, Robert Altman y su guionista Bob Balaban usurpaban las formas del género que los sajones llaman whodunit (“quién lo hizo”) para escudriñar las relaciones de clase entre amos, siervos y algún que otro arribista, en el seno de una señorial mansión campestre de los años ‘30. En 8 mujeres, que se estrena en Buenos Aires el jueves próximo, el francés François Ozon (el mismo de Gotas que caen sobre rocas calientes y Bajo la arena) adapta una pieza teatral que parece un condensado de la obra completa de Agatha Christie, dueña y señora del género. Pero lo hace para juguetear (primero) con todos los clichés del whodunit y travestirlo (luego) en un juego de la verdad que tal vez sea pura mentira. O todo lo contrario: como en toda buena mascarada, en 8 mujeres se hace imposible distinguir una cosa y otra.

Cherchez les femmes
Todo empezó con Mujeres, típica producción Metro de finales de los ‘30 (decorados lujosos, cast poblado de superestrellas y vestuario exquisito) y, a la vez, obra maestra quintaesencial de George Cukor, que dedicó su obra entera al culto reverente y malicioso del alma femenina. Haciendo honor a su título, en Mujeres no aparecía un solo hombre, lo que literalizaba al extremo el slogan oficial de la Metro (“El estudio donde hay más estrellas que en el cielo”). Joan Crawford, Norma Shearer, Rosalind Russell, Paulette Goddard y Joan Fontaine presidían un gineceo en estado de ebullición. Allí la gracia, la seducción y el glamour se llevaban de maravillas con la conspiración, la envidia y la maledicencia y viajaban sin escalas de la peluquería a la manicura, de la manicura a la perfumería y de la perfumería a las grandes tiendas.
Nacido en 1967 y considerado un verdadero enfant terrible del cine francés, Ozon quería que la película que siguiera a Bajo la arena fuera una remake de Mujeres. Pidió los derechos y se encontró con que Julia Roberts y Meg Ryan los tenían reservados desde hacía rato. Hélas! Pero vedada Mujeres, ¿por qué no filmar 8 mujeres, una obrita a la Agatha Christie escrita por un tal Robert Thomas a comienzos de los ‘60, que Hitchcock, según dicen, había pensado en llevar al cine? Ozon tampoco contaría con Crawford & Cía, pero eso no era tan problemático: reclutaría al firmamento entero del cine francés.
Tras resucitar a Charlotte Rampling en Bajo la arena —obsequiándole de paso uno de los mejores vehículos de su carrera—, Ozon convocó a Catherine Deneuve y Fanny Ardant, siguió con Isabelle Huppert y Emmanuelle Béart, les sumó las surgentes Virginie Ledoyen y Ludivine Sagnier, adosó a la corpulenta morocha Firmine Richard y por fin coronó el pastel con la guinda más jugosa: la increíble octogenaria Danielle Darrieux, gloria viviente del cine francés y protagonista de clásicos exquisitos como El placer, La ronda y Madame de.... Le faltó, sí, una estrella: la sublime Romy Schneider, de cuya muerte acaban de cumplirse veinte años. Pero igual se las arregló para conseguirle un papel: la ex Sissy aparece en una foto, como ex patrona de la criada Emmanuelle Béart.

Flores malsanas
De qué otro modo podría empezar 8 mujeres si no con una rosa, un clavel o una margarita acompañando el nombre de cada una de sus estrellas. ¿Imagen cliché? Sin duda: la obra en la que se basa el film está llena depersonajes de cartón como los de Clue, aquel whodunit de mesa tan popular en los ‘70. Sin embargo, esas flores son menos Corín Tellado de lo que parece a primera vista. Si se las observa con cuidado, ¿no lucen acaso ligeramente malsanas, como adornos de una corona fúnebre?
Si algo evoca 8 mujeres, con su único decorado, su húmedo encierro y sus códigos de escenario (nieve de utilería que cae detrás de una ventana, planta diseñada al milímetro, movimientos férreamente regimentados, risas y llantos de boulevard), es el mundo estético de Gotas que caen sobre rocas calientes, cuyo origen teatral Ozon no hacía más que subrayar. Basta ver el travelling inicial de 8 mujeres recorriendo el parque que rodea a la mansión campestre, rozando complacido una nieve demasiado azulada y un cervatillo demasiado Disney, para verse sumergido en el technicolor hollywoodense años ‘50. “Mis referencias estéticas fueron los musicales de Vincent Minnelli y los melodramas de Douglas Sirk”, confirma Ozon, que una vez más lleva sus opciones al extremo.
No sólo copia con deleitada precisión los azules eléctricos y rojos chillones de la Metro o la Universal circa ‘50 sino que canjea el banal jueguito de salón estilo quién-lo-hizo por un sinnúmero de placeres culpables, odios familiares, esqueletos en el ropero, crímenes de cálculo y pasión y sexo reprimido y desatado alla Douglas Sirk. Y en el camino jaspea el drama del modo aparentemente más caprichoso: escalonando, a intervalos regulares, ocho números musicales hiperartificiosos, uno por cada dama. Ya en Gotas..., Ozon cortaba el espeso clima sado-maso con una inolvidable versión grupal de “Explota mi corazón”, de Rafaella Carrá. Pero aquí y allá el capricho es sólo aparente: sígase el devenir de esas canciones y se verá cómo detrás de lo trivial asoman angustia, pena y dolor.

El rojo y el azul
En 8 mujeres, las canciones asumen un hondo sentido confesional para quien las canta y baila. (Las cantan y bailan siempre en presencia de alguna otra: no es cuestión de actuar para nadie.) Pero además atraviesan la película como un collar crecientemente dolorido, viajando del burbujeo adolescente de la primera hacia la oscuridad terminal de las últimas.
Por otra parte, esas canciones condensan en sí la magia misma del pop, tal vez la única forma artística capaz de cementar las melodías más banales con la lírica más desgarrada. Quien tenga alguna duda, preste atención a lo que cantan la femme fatale Fanny Ardant (“A quoi sert de vivre libre”, “¿De qué sirve vivir en libertad?”), la cocinera con un secreto Firmine Richard (“Pour ne pas vivre seul”, “Para no vivir solo”) o la falsa inválida Danielle Darrieux (“Il n’y a pas d’amour heureux”, “No hay amores felices”), y verificará aquello que la misma Ardant decía en La mujer de la próxima puerta (François Truffaut) sobre la hermandad de las baladas cursis y la verdad de los sentimientos.
A propósito de Truffaut, sólo a Ozon, que parece permitírselo todo, podía ocurrírsele homenajear al autor de La historia de Adela H. como lo hace en 8 mujeres: con un revolcón erótico entre la Ardant y la Deneuve. Ambas ruedan entreveradas por el piso de la casona, frente a los ojos alelados del resto del elenco y la totalidad de los espectadores. El forcejeo entre rubia y morocha —una de azul eléctrico, de rojo carmesí la otra— confirma a Ozon como rey de la paleta pop y geómetra del artificio. Artificio detrás del cual, como un espejismo, suele ocultarse alguna forma de verdad.

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