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Domingo, 18 de agosto de 2002

HITOS

BA al desnudo

Está por cumplir 30 años en cartel. Ya registra más de 2 millones de espectadores. Se computan 9500 funciones. Vio pasar casi 800 actores. Se representó en 9 países. Llegó a ciudades donde nunca antes se había visto una obra de teatro. Actuar en ella fue durante años un rito iniciático. Y su director nunca aspiró a durar más de 15 días sobre el escenario. ¿Cats? ¿La ratonera? ¿Hamlet? Frío, frío. Radar indaga en los mitos, las verdades y los rumores alrededor de La Lección de Anatomía, desde sus legendarios desnudos hasta los allanamientos durante la Dictadura.

Por Cecilia Sosa

En la biografía desgraciada de un país capaz de incendiar siete presidentes en veinte días, que una obra haya permanecido en cartel durante casi tres décadas es poco menos que un milagro. O una tragedia. O una farsa. Cuando el 2 de diciembre de 1972 se estrenó La Lección de Anatomía, como parte del 1º Congreso Internacional de Medicina Psicosomática que se realizaba en Buenos Aires, su propio director, el rosarino Carlos Mathus, hubiera considerado casi un logro aguantar en cartel un mes entero. Cuando en diciembre de este año se cumplan los 30 años de exhibición ininterrumpida, la obra habrá acumulado estadísticas que ni siquiera el multiexportado musical Cats hubiera osado imaginar: 9500 representaciones, 800 actores, 9 países y cerca de dos millones de espectadores.
¿Cuál es el mito que encierra La Lección de Anatomía?
Tal vez, la primera de las muchas extrañezas sea el hecho de que es conocida como “la obra en la que están todos en bolas”. Cuando, en realidad, la bucólica escena nudista sólo dura los primeros minutos de la obra, tras la cual los actores se cubren con discretos malliots blancos. Tampoco entraña mayores misterios el contenido de una pieza casi sin estructura, con temas dramáticos clásicos y fuerte musicalidad que arremete contra ciertos lugares comunes, representados casi desde la más tierna antigüedad clásica.
Del elenco original integrado por Roberto Lazcano, Ariel Blanco, Georgina Ginastera, Arnaldo Colombarolli, María Sibonnet, Antonio Leiva y María Elisa Carlevaro, quedan múltiples anécdotas, pocas que hayan trascendido mucho más allá de los pasillos teatrales.
Sin embargo, para muchos de los que siguieron en el desfile –entre ellos, Carlos Calvo, Jorge Mayorano, Esther Goris, Gustavo Garzón, Daniel Fanego, Cecilia Cenci, Virginia Inocenti, Liliana Pecora y Alicia Aller–, La Lección... fue una suerte de trampolín hacia los más variados escenarios del espectáculo argentino. Es más: ya desde hace años, el acto de desnudarse frente a una platea repleta y guardar las prendas en una bolsa de nylon se convirtió, en el imaginario de todo estudiante de teatro, en la garantía confirmatoria del estar adentro.
La Lección... representó al país en numerosos festivales internacionales y se representó, con elenco argentino, en Chile, Paraguay, Uruguay y Austria. Con exponentes locales realizó exitosas temporadas en España, Venezuela y Brasil, donde permaneció siete años y sigue reponiéndose esporádicamente. Tanto en Brasil como en Argentina llegó a más de 100 ciudades, incluso a algunas donde nunca antes se había visto una obra de teatro. Elencos mixtos de argentinos y brasileros debutaron frente a los ojos del público chileno. En España, incluso, llegó a hacerse con figuras como Julieta Serrano, Eusebio Poncela, Emma Cohen y Jesús María Prada.
Ahora, cuando el escándalo del estreno ha quedado diluido tras tanto acto consumado sobre el tablón e incluso pende cierto aire naïf sobre el final en el que los actores, luego de desarmar clichés familiares, descienden cual ángeles liberados a mezclarse con el público en una suerte de ritual filantrópico, el mito de La Lección de Anatomía reside más que nunca en el misterio de su propia permanencia. Y aunque Mathus, que ya perdió la cuenta de los teatros, actores y las funciones que se repitieron en 30 años, jure y re jure que hay espectadores que todavía se retirarán furibundos de sus butacas en nombre de “el honor y las buenas costumbres” (haciendo carne, tal vez, la nostalgia por un honor largamente vapuleado en cualquier matiné de aire); el mito de La Lección... es, mucho más allá de su contenido, el caudal de todo lo que se ha dicho de ella. Y en treinta años, se dijo mucho.
Se dijo, por ejemplo, que Mathus pergeñó la obra desde un bar de la calle Esmeralda, al lado del viejo cine Ideal, registrando, grabador en mano, conversaciones entre padres e hijos que transcribió casi literalmente, y que ese fue el texto entregado a los actores para representar.
Que a pesar de su origen cándido, La Lección... se exhibió durante casi un año en privado, en casas de amigos, porque nadie se animaba a producirla.
Que en los estertores del gobierno militar del ‘73, cuando todo el país se convulsionaba por la fiebre del regreso de Perón, uno de sus últimos decretos fue el que autorizó las funciones de la obra.
Que Mathus estrenó la obra en su recién adquirida sala Theatrón porque no tenía otro espectáculo que mostrar.
Que sólo en el Theatrón permaneció por once años.
Que tal era el caos en el último gobierno de Perón que ningún crítico se ocupó de hacer un comentario de la obra.
Que hubo un crítico (ya fallecido) como Jaime Potenze que dijo que no valía la pena hacer la crítica porque era una obra que no iba a estar más de dos semanas en cartel.
Que los militares, después del ‘76, no se animaron a prohibirla.
Que la lógica binaria de la Dictadura obligó a las actrices de La Lección... a sacar un carnet sanitario para poder hacer la obra.
Que Georgina Ginnastera, por ejemplo, enmarcó el carnet cual trofeo y lo exhibió durante años en la pared de su casa.
Que durante la Dictadura la policía irrumpía en el teatro de turno para dividir al público en “hombres a la derecha, mujeres a la izquierda” para que no hubiese posibilidad de contacto.
Que alguna vez, en esos años, los oficiales treparon con sus perros al escenario para pedirle documentos a una actriz desnuda. Y que Alicia Aller habría replicado, temperamental, “¿dónde querés que tenga el documento, en la concha?”.
Que ante los aplausos del público, la policía tuvo que descender del escenario y que el público obligó a elenco a continuar con la función.
Que cuando La Lección... cumplió cincuenta funciones se hizo una fiesta muy grande; que a las cien el festejo fue más íntimo y que cuando alguien dijo “Che, hoy se cumplen mil funciones”, nadie levantó la cabeza del café.
Que durante una función una jovencita del público prescindió de todo vestuario, se arrojó al escenario y se confundió con éxito entre los actores. “Hay una teta que no conozco”, fue el comentario de un asistente, luego de hacer las cuentas y descubrir que eran 8 y no 7 los actores en escena.
Que el público no se dio cuenta en absoluto.
Que en otra oportunidad, en el saludo final, una espectadora se sacó la alianza y la tiró cual ofrenda al escenario. Que desató una psicosis colectiva y que los espectadores comenzaron a arrojar prendas a los actores.
Que hubo quienes se subieron al escenario llorando a abrazar al elenco.
Que una mujer llevó a su hija de 19 años a saludar al director y le confesó que había visto la obra hacía veinte años cuando estaba al borde del suicidio, que la obra le cambió la manera de ver las cosas, que estudió psiquiatría, que se casó y que ahora ir con su hija a ver la obra era una forma de agradecimiento hacia el director.
Que en reiteradas funciones alguien del público se levantó y le gritó al actor que hacía de padre tiránico: “Hijo de puta, desgraciado, dejá a esa chica”.
Que hubo alguno que hasta subió al escenario para darle una cachetada al actor.
Que la gente no quiere enfrentarse con la muerte. Que en la vida la gente no se desnuda, se viste con siliconas, actitudes, frases y que la obra busca desnudar, mostrar cómo somos realmente.
Que la única consigna del director para uno de los párrafos de la obra es repetir el titular de Crónica.
Que La Lección de Anatomía va a durar hasta que el público quiera.
Que todavía hoy algunos críticos siguen elogiando “las telas fantásticas que llevan los desnudos”.
Que al director le asombra haber sobrevivido tantos años.
Que cuando la obra cumplió 20 años estaba en El Ateneo y un crítico increpó al director confesando la decepción que le producía que una obra que se había exhibido con tanto éxito durante tanto tiempo recurriera al recurso banal de poner a los actores desnudos.
Que un actor español se murió de un infarto en escena representando la obra. Y que nadie se acuerda de su nombre.
Que el “Tené cuidado con la policía” que recita una actriz haciendo de madre tiene la misma lectura irónica que hace 30 años.
Que el “No me toques, hijo de puta” suena de la misma manera en España, Austria o Chile y que podría decirse hasta cantando.
Que cuando el director pidió una subvención a la Cancillería para presentar la obra fuera del país le pidieron un certificado de nacimiento porque no parecía una obra con “estilo argentino”.
Que en Austria el Ministerio de Cultura dijo públicamente que el teatro en lengua germana iba a dividirse en un antes y un después de La Lección de Anatomía.
Que un crítico español que había visto la obra en Argentina se lamentaba que en esa época Franco estuviese vivo porque nunca se la podría llevar a ese país. Que cuando murió el dictador y la pieza fue llevada a Madrid, el crítico no fue al estreno e hizo una crítica espantosa. Que el argumento que esgrimió fue que lo que era bueno para la Argentina no podía ser bueno para España.
Que bonos, Lecop y Patacones hubo siempre.
Que así como La Lección de Anatomía de Rembrandt es la culminación de la representación “científica” del cuerpo humano en la cultura de Occidente, la obra de Mathus es una lección del amor occidental.
Que los nombres de Macri y Amalita Fortabat permanecieron incólumnes para identificar a una persona que haya descollado en su metier.
Que Canal 9 sigue siendo Canal 9 desde hace 30 años y que el “Cagamos, ya estuviste viendo Canal 9” de otro de los párrafos siempre tuvo la misma cadena de significantes, aun cuando Hadad no hubiera hecho su escalada empresarial ni hubiera dado a conocer su flamante programación.
Que la cortina musical del momento más emotivo de la obra fue la de ocho mundiales de fútbol distintos.
Que la obra emociona porque el público se contempla a sí mismo.
Que lo importante no es la obra sino lo que sucede con el público.
Que el director nunca vio una función completa. Que se sienta mirando el público “para sentir los cambios de respiración de la gente”.
Que la obra no pierde vigencia porque habla del ser humano y de su lugar en la sociedad. Y eso sigue siendo invariable en los 70, los 90 o el 2002. Que no hay antecedentes de un hecho así. Que todo lo que pasa con la obra es nuevo, diferente y ojalá que forme escuela.
Que el secreto de su perdurabilidad es no dar nombres.
Que después de 30 años un autor no puede ser el mismo.
Que Argentina sigue siendo la misma que hace 30 años.

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