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Domingo, 5 de noviembre de 2006

FENOMENOS > LEMONY SNICKET Y STEPHEN MERRITT

Niños envueltos

Parece un cierre: acaba de aparecer The End, el nuevo y —se cree— último libro de la saga de novelas supuestamente infantiles Una serie de catastróficas desdichas, de Lemony Snicket,nombre verdadero Daniel Handler. Y, acompañando esta edición, Stephen Merritt, alma mater de Magnetic Fields, editó bajo el nombre The Gothic Archies un libro-cd de quince canciones basadas en la saga: una por cada libro más dos bonus track. Quizá el gran final de una historia que lleva 51 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo aunque —qué desgracia— nunca pudo lograr la popularidad en castellano.

 Por Rodrigo Fresán

Cabía soñar con ello —porque son tal para cual; porque los dos aman las máscaras y los alias, porque ambos son más bien raros y siniestros y les encantan los cementerios—, pero la realidad del deseo concedido suele superar con creces la fantasía del sueño. Así funcionan los cuentos de brujas y la más madura literatura para lectores más o menos recién nacidos. Las melodías de perversa cajita musical de Stephen Merritt (alma-mater de The Magnetic Fields y de varias bandas hermanitas) han encontrado por fin, bajo la máscara de The Gothic Archies, el Gran Tema que andaba buscando: musicalizar las penurias góticas de los hermanitos Violet y Klaus y Sunny Baudelaire, eternos perseguidos por el Conde Olaf, y sufridos protagonistas de las novelas supuestamente infantiles publicadas bajo el título de Una serie de catastróficas desdichas y firmadas por el esquivo y secreto Lemony Snicket (representado en público por el novelista Daniel Handler).

A gritar y a huir.

Cantando.

CANCIONES PARA AULLAR

Merritt y Handler, se sabe, son amigos desde siempre. Se sabe también que Merritt contribuyó música y canciones y voz gutural para la versión en audio-libro de la saga de Lemony Snicket apenas escondiéndose tras el rótulo de The Baudelaire Memorial Orchestra y que Handler tocó el acordeón en discos de The Magnetic Fields. Y ahora, por fin, todas las canciones de la serie se reúnen —coincidiendo con la esperada edición del último volumen de las aventuras de las pequeños Baudelaire, el número 13, como corresponde, convenientemente titulado The End— en un melodioso y libro-cd de The Gothic Archies. Una de las bandas favoritas del alguna vez crítico teatral Lemony Snicket —y ahora cronista full-time de los pequeños sufridores— porque, declaró en una oportunidad, “su música me recuerda que hasta el día más triste llegará, eventualmente, a su final”. Banda vuelta a activar por Merrit luego de una década de catalepsia musical con este The Tragic Treasury: Songs from A Series of Unfortunate Events. Quince canciones —una por cada uno de los libros más dos bonus-tracks— con títulos como “Scream and Run Away”, “Dreary, Dreary”, “Smile! No One Cares How You Feel”, “Freakshow”, “The World is a Very Scary Place” y “Walkig My Gargoyle”. Y este álbum es apenas la punta del iceberg naufragante. Porque por estos días —o mejor dicho crepúsculos— Merritt y Handler están de gira por librerías de EE.UU. en un tour à deux bautizado como For Crying Out Loud: A Reading by Lemony Snicket, With Music by the Gothic Archies, presentando The Tragic Treasury, celebrando la edición de The End y disculpándose ante el auditorio lector porque “estaba previsto que Lemony Snicket ocuparía el sitio del baterista, pero no ha llegado a tiempo y cabe pensar que seguramente algo espantoso le ha ocurrido por el camino”.

NOVELAS PARA SUFRIR

Y en un paisaje atiborrado de niños magos y dragones parlantes duele la ausencia —en castellano— de Lemony Snicket, el más perfecto y digno sucesor de Edward Gorey y Roal Dahl. Hasta donde sé, tan sólo se han traducido los primeros tres o cuatro títulos de la serie (que no han tenido el éxito esperado), la muy meritoria y tan timburtiana y multiestelar adaptación cinematográfica del 2004 dirigida por Brad Silberling con Jim Carrey como Olaf no ha superado la barrera del culto minoritario, y muy lejos estamos de la euforia con que por estos días vuelan de las librerías los 2.500.000 ejemplares de la primera edición de The End, lanzado por todo lo alto el pasado —por supuesto, fecha inevitable— viernes 13 de octubre, siete años después del inicio de la graciosa tragedia que ya lleva 51.000.000 de ejemplares vendidos en todo el mundo.

Y es que en los Estados Unidos, Lemony Snicket es pasión de multitudes grandes y chicas, los psicólogos infantiles han asegurado que las desventuras aquí narradas “han ayudado a cientos de miles de niños a superar el trauma del 11 de septiembre del 2001” y la figura del escritor secreto alcanza vertiginosas pasiones salingerianas. Handler se ha encargado de “editar” una biografía no autorizada del autor, de “ordenar” una recopilación de las cartas a su muy amada y muy misteriosa Beatrice (malhadada madre de los niños en cuestión, ahora lo sabemos por fin), y abundan los foros de Internet donde se discute si The End (con los Baudelaire en una isla, Olaf agonizando luego de hacer su primera buena acción mientras recita un poema de Philip Larkin) es en verdad el final. Porque allí, en las últimas páginas de esta última entrega (que puede entenderse como una simbólica expulsión del paraíso con múltiples guiños literarios que van desde La Odisea a Moby-Dick, y en la que los huerfanitos optan por el conocimiento) por primera vez hay un misterioso Capítulo 14. Una coda que vuelve a abrir las puertas para salir a jugar y sufrir en la que los Baudelaire abandonan la isla y, antes de cerrar el libro, una última ilustración del nunca del todo bien ponderado Brett Helquist (iluminador de la serie) nos muestra, sobre las aguas, un flotante signo de interrogación.

Y COLORIN COLORADO SANGRE

Pensar entonces en Stephen Merritt y en Daniel Handler (y en Lemony Snicket) como en dos miembros adoptivos de la Familia Addams, dos versiones infantiles (pero nunca infantilizadas) de la estética edgarallanpoética, dos tipos raros que días atrás fueron reunidos por el periódico inglés The Guardian para discutir vía “tubo neumático” y “cuerno de victrola” los alcances e intenciones de The End y The Magic Treasury para concluir con un “En esencia, de eso trata nuestra colaboración: somos dos artistas prisioneros de la angustia e incapaces de consolarnos el uno a otro y, mucho menos, a nuestro público. ¿Quedará algo de esperanza?”

La respuesta es un rotundo y afirmativo no y un contundente y negativo sí. Y al final una sola y oscura cosa queda por siempre clara: por suerte, lo general, en lo que hace a ciertas apocalípticas tristezas y para alegría de los niños, los únicos privilegiados nunca son ni serán los niños.

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