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Domingo, 17 de diciembre de 2006

LIBROS > HANNIBAL LECTER VUELVE Y CAE MUY PESADO

Indigestión

En Hannibal, Thomas Harris le regalaba al Dr. Lecter un final inesperado y hasta un poco dudoso, pero que traía el deleite de la sorpresa: él y Clarice terminaban juntos en Buenos Aires, viviendo felices y comiendo ¿perdices? Ahora, como parte de un contrato millonario por dos secuelas más (la primera con fecha de estreno en febrero), Harris decidió que había llegado el momento de que los seguidores de Lecter supieran por qué es como es. La pregunta que Hannibal Raising deja sin responder es: ¿para qué?

 Por Rodrigo Fresán

En uno de los tramos más intensos de ese magistral thriller que es El silencio de los inocentes –novela que para bien o para mal puso de moda para siempre la figura del profiler y las relaciones peligrosas entre investigador e investigado– la agente del FBI Clarice Sterling le arroja al asesino serial cum-laude Hannibal Lecter la siguiente parrafada-diagnóstico: “Usted ve mucho, doctor. ¿Pero es lo suficientemente fuerte como para enfocar esa poderosa capacidad perceptiva sobre su propia persona? ¿Por qué no se atreve a ello? ¿Por qué no se mira a sí mismo y describe lo que ve? O quizá es que tiene miedo de hacerlo”.

Malas noticias: dieciocho años más tarde, en el recién aparecido Hannibal Rising, Lecter ha decidido por fin contemplarse frente al espejo. Y Thomas Harris –su creador– ha puesto todo lo que él ve por escrito. Y los que sentimos miedo somos nosotros. Pero miedo del peor. Porque pocas veces ha existido una novela más mala, un libro tan torpe, como la cuarta entrega de la saga del caníbal más delicioso en toda la historia de la literatura.

Carne podrida

Uno se compra Hannibal Rising casi por inercia, para recordar delicias pasadas, para volver a temblar como se tembló con Red Dragon (1981) y con The Silence of the Lambs (1988) y con parte de Hannibal (1999). Pero enseguida –a las tres o cuatro páginas, a los pocos bocados– se comprende que lo que se nos ha servido son sobras recocidas de algo que nunca pedimos y que todo tiempo pasado no sólo fue mejor sino que, además, fue coherente. Porque lo que más desconcierta del colosal despropósito que es Hannibal Rising es su falta absoluta de sentido, necesidad y razón de ser. Nada en sus páginas parece corresponderse con lo leído en las dos primeras entregas. Aquí todo parece brotar de ese inexplicable exabrupto final de la tercera que en su momento resultó perversamente fascinante por su audacia (la Bestia Hannibal y la Bella Clarice viviendo felices en Buenos Aires y seguramente disfrutando las bondades de la carne argentina) y, a la luz de esta cuarta continuación de cuarta, más que errado. Lo entonces desconcertante ahora es simplemente absurdo. Porque de lo que en realidad trata Hannibal Rising es del vano intento de explicar las motivaciones detrás de un monstruo que no requería de explicación alguna. De lo que se ocupa esta nueva novela de Harris es de eso que Sterling le exige a Lecter y que el doctor desdeña; porque a quién le importan las raíces del mal cuando lo que valen son sus frutos.

En Hannibal Rising –valiéndose de la maniobra del “palacio de la memoria” à la Matteo Ricci ya anunciada en la anterior Hannibal– el buen doctor recuerda sin ira pero con hambre proponiéndonos, desde un supuesto retiro porteño, sus propias confesiones de una máscara que, aquí, parecen más las confesiones de un enmascarado. Porque si a algo se parece aquí Lecter no es a esa efectiva cruza de Drácula con Sherlock Holmes de sus comienzos sino a una torpe cruza de Conde de Montecristo con Batman. Y, si las últimas páginas de Hannibal parecían optar –bordeando la autoparodia– con el trazo esquemático y dramático de ciertas óperas, Hannibal Rising, desenfrenada, se desbarranca hacia los territorios de la opereta y el más torpe folletín decimonónico. De ahí este Lecter juvenil dispuesto a vengar la muerte de su hermanita devorada por unos malos muy malos a finales de la Segunda Guerra Mundial que le dieron a probar un poco de consomé de Mischa (asunto expuesto en sucesivos y tediosos flasbacks que no sorprenden a nadie porque ya se nos había servido a modo de aperitivo en Hannibal como Big Burp a la hora de revelarnos la génesis de los hábitos alimentarios del súbito “héroe”), estudiando medicina bajo las órdenes de un tal doctor Dumas (¡ah, qué sutil es Harris!), enamorándose de una viuda mayor y oriental y protectora y adicta al haiku fácil, persiguiendo colaboracionistas por las calles de París y alrededores, batiéndose en duelos dialécticos con un supuestamente implacable inspector Popil (por momentos peligrosamente parecido a Closeau) y, finalmente, huyendo triunfante hacia el Nuevo Mundo para cocinar y devorar el Sueño Americano dejando tras sí a un Popil atribulado que nos regala la siguiente parrafada de despedida: “El pequeño Hannibal murió en 1945 afuera en la nieve intentando salvar a su hermana. Su corazón murió con Mischa. ¿Qué es él ahora? No existe todavía una palabra para definirlo. A falta de un mejor término lo denominaremos monstruo”.

Denominación que se hace extensiva –en su peor acepción posible– a Hannibal Rising.

El gran comilón

Y, consumida la última página con letras tan grandes, la pregunta vuelve a ser por qué. ¿Qué sentido tiene esta transparente y torpe novelization de una película producida por Dino De Laurentiis a estrenarse el próximo febrero y en la que Harris firma el guión? ¿Qué necesidad tenía Harris de quemar un platillo que antes le había salido tan pero tan bien al punto de haber conseguido con él uno de los grandes arquetipos literarios del mal, una creación a la altura de los grandes y más sanguíneos mitos del siglo XIX? ¿O tal vez es que Harris quiere que ahora sintamos por Lecter el mismo amor y piedad y comprensión que siente él obligándonos a reconsiderarlo como sufrido paladín y caníbal por culpa de un mundo cruel? La respuesta es un misterio que no tiene explicación ni para David Sexton, autor de un libro titulado The Strange World of Thomas Harris. Sexton –como cualquier seguidor de Harris– se ha mostrado más que desconcertado por esta necesidad del escritor de explicarlo todo donde, para peor, las explicaciones resultan completamente absurdas y se demoran en tonterías que revelan a Lecter como un cliché involuntariamente paródico de lo que –para un norteamericano más que medio– debe ser un noble decadente y europeo. Así, el joven y lituano Lecter como el malo que alguna vez fue bueno pero al que le pasó algo muy feo y entonces Harris –sin problema alguno– renunciando a uno de sus mejores momentos. Ese en el que el Lecter de entonces –el Lecter que empezaba y terminaba en sí mismo, el Lecter cuya personalidad no encajaba en ningún perfil de sociópata elaborado hasta entonces por los especialistas de la central de Quantico, Virgina, el Lecter que actúa mal sólo “para pasarla bien”– le dice a Starling que “nada me sucedió. Simplemente sucedí. No puedes reducirme a un puñado de influencias”.

Pero aquí y ahora, en una novela que se lee y se sufre en una tarde. Una novela que no se puede dejar hasta el final porque uno, incrédulo, entre tanta prosa alambicada espera un milagro o, al menos, una trampa que justifique el esperpento. Pero no. El sueño –la pesadilla– terminó. Hannibal Rising es entonces el fin de un misterio que nació sanamente sin solución y que ahora muere muy enfermo ante nuestros ojos luego de haberse indigestado por explicaciones torpes que nadie pidió.

El muy esquivo Harris –que nació en Jackson, Tennessee en 1940, que fue un respetado redactor de crónica roja en Nueva York y México, que no da entrevistas desde que un periodista le insinuó que estaba tan enfermo como su personaje, que es chef Cordon Bleu, que está siempre de muy buen humor, que es muy lento y cuidadoso para escribir– no ha dado y probablemente no dará explicación alguna del mismo modo en que no explicó, cuando salió Hannibal, eso del sexto dedo en una de las manos de Lecter que no había sido mencionado en ninguna de las dos novelas anteriores y que es otra vez ignorado por completo en Hannibal Rising. De acuerdo, un chef no tiene por qué revelar sus secretos; pero tampoco debe servirnos gato por liebre o vengador por serial killer.

Nos queda una última y –a la luz de las evidencias– muy pequeña esperanza: Hannibal Rising es parte de un contrato de ocho cifras firmado en el 2004 por Harris a cambio de dos novelas. Tal vez más adelante –¿Hannibal Falling?– se explique todo este inexplicable despropósito. O tal vez, quién sabe, lo próximo se trate de un libro con canibalescas recetas de cocina firmado por un Lecter redimido y al frente de un show culinario de televisión.

Luego de Hannibal Rising todo –absolutamente todo– es posible.

Mientras tanto, una cosa es segura. Thomas Harris no ha esperado a que sean los extraños del futuro quienes le arruinen la marca y ha cumplido el sueño eterno del Dr. Víctor Frankenstein: matar a su propia criatura y vivir para contarlo.

Tom Ripley puede dormir tranquilo: con dinero o sin dinero, sigue siendo el rey.

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Hannibal Lecter vuelve y cae muy pesado.
 
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