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Domingo, 17 de diciembre de 2006

DVD > EMMANUELLE: ESE ABSURDO OBJETO DE DESEO

Eurótica

Hace 32 años, una película erótica llamada Emmanuelle parecía inaugurar una nueva era: la del sexo sofisticado después de la liberación sexual de los ’60 y las fantasías húmedas aptas para la clase media suburbana. Sylvia Kristel, la protagonista, se convirtió en un símbolo sexual indiscutido. Hoy, el estreno en DVD del clásico invita a otra mirada, y la autobiografía de Sylvia Kristel recién editada en Francia encuentra a una mujer que intenta superar una historia de abuso sexual y adicciones, y a quien la película que la hizo célebre le parece “mala, trasnochada y tonta”.

 Por Mariano Kairuz

El primer efecto que se produce al ver Emmanuelle más de treinta años después de su estreno es uno de absoluta perplejidad. ¿El público –el público europeo, y en especial el público francés, que acudió en masa a ver esta pieza “seminal” de una presunta nueva generación de porno-soft– realmente se calentaba viendo esta película? ¿Con qué? ¿Con su fotografía lustrosa? ¿Con toda esa ambientación “exótica” de colores pastel y los sillones de mimbre en los que Sylvia Kristel posó su figura, en una de las imágenes más reconocibles de la película? ¿Con esa estética de desplegable central de Playboy? La comparación con el erotismo revisteril de los ’70 estuvo en boca de todos los críticos en su momento: Roger Ebert escribía, en su reseña para el Chicago-Sun Times: “Ha habido películas influidas por otras películas y directores influidos por otros directores, pero Emmanuelle puede ser la primera película influida por los desnudos centrales de las revistas”.

Eurotismo

Basada en la novela autobiográfica de la actriz tailandesa Emmanuelle Arsan, quien era, como la protagonista, la esposa de un diplomático francés instalado en Tailandia, Emmanuelle encarnó, con sus escenas sexuales “aptas para matrimonios”, la presunta sofisticación del nuevo “eurotismo”. Puro trash, en realidad. ¿Quién podía tomarse en serio, excepto las conciencias más mojigatas, los sueños tibios y apenas húmedos de esta chica que se abre camino hacia su “madurez” –esto expresado en un plano de vergonzante obviedad– con el expreso consentimiento de su marido, uno o dos años después de la salvaje explosión entre liberalismo sexual y tedio burgués que se daba en el centro de Ultimo tango en París? ¿Cómo sentir nada ante la pretensión de elegancia con la que el director Just Jaeckin filmaba el sexo a bordo de un avión o en el vestuario de una cancha de tenis?

Pero la película fue un éxito comercial descomunal. Sylvia Kristel, la actriz holandesa de 22 años que la protagonizaba, fue uno de los objetos de deseo de mayor circulación en su época: el premier Giscard d’Estaing se le declaró secretamente; pasó por las camas de Roger Vadim, de Claude Chabrol y de Depardieu; la pretendió Eastwood, la rechazó Alain Delon y la consoló –caballeroso, dice– Warren Beatty. La película se mantuvo trece años en cartel; durante los primeros tiempos fue el centro de historias tales como la del “camarada” de Brezhnev que se ganó tres años en Siberia por regresar a su país con una copia clandestina de la película bajo el brazo. La crítica escribió comentarios del tipo de: “La dirección es un poco pomposa pero la fotografía es buena” (sic) o “Ahora que el porno duro ha pasado de moda, es un alivio ver una película que deja de lado la ginecología y regresa a cierta cantidad de sofisticación sexual”. (Ebert de nuevo: ¿lo excitaría acaso la idea del círculo de figuras diplomáticas entregadas a prostitutas orientales, como la que fuma con sus labios vaginales? ¿O la lencería victoriana, que enumera junto al infaltable sillón de mimbre?) Con los años se siguió hablando de Emmanuelle como “la película que finalmente llevó la revolución sexual a los suburbios norteamericanos” y hasta fue objeto de numerosas tesis, entre ellas una lectura “post colonial”: “Las múltiples violaciones a la protagonista por los nativos representan al pueblo tailandés que ‘se coge a su opresor’”. El mundo había ingresado de cabeza en la era del porno reblandecido.

Frio Kristel

¿Y dónde está hoy la protagonista de uno de los mitos eróticos más duraderos del cine contemporáneo? En Amsterdam, con 54 años, lidiando como puede con un cáncer de pulmón y garganta y con Nue, su libro de memorias, recién publicado. Adicciones varias (alcohol y cocaína) la dejaron en la pobreza, pero hoy dice haber superado sus excesos, estar preparada para ser abuela, y dedicarse a leer y pintar acuarelas. Su autobiografía no busca escandalizar recordando sus años calientes sino más bien todo lo contrario, hacerlo devolviéndonos la misma gelidez que transmite hoy la película que la encasilló de por vida, cargándose al mito. Cuenta, por supuesto, su vida (abusada sexualmente a los 9 años por un empleado del hotel que tenían sus padres en Utrecht; “descubierta” en el concurso de Miss Holanda), su filmografía (tres secuelas oficiales de Emmanuelle y una berretísima extensión para video y televisión de la franquicia en los ’90, e innumerables traspiés: Aeropuerto ’79, una película del Superagente 86, una biopic sobre Mata Hari, una de cárcel de mujeres con Linda Blair, un Casanova con Richard Chamberlain). Anticipando la salida de su libro, le contó a un periodista del diario español El Mundo que se había atrevido a ver Emmanuelle por primera vez en 30 años y que “me pareció mala, trasnochada, tonta”, así como que su último marido, un poeta flamenco, había alcanzado a percibir “que yo había arrastrado durante años el problema de mi frigidez, de mi pudor y pasividad respecto del sexo. Muchos hombres esperaban toparse con la Emmanuelle de las películas. Creían encontrar en mí la prolongación de sus fantasías: promiscuidad, predisposición al lesbianismo, a los tríos, al sexo en los aviones. Querían encontrarse una maestra del sexo. Deseaban verme sentada en una silla con las piernas semicruzadas y un collar de perlas. La realidad es que yo recibí una severa educación religiosa, había sufrido abusos sexuales, contemplaba mi cuerpo sin la menor satisfacción. Muchos amantes me han reprochado mi pasividad en la cama y mi falta de imaginación”. Volviendo al principio: ¿se calentaba Sylvia Kristel con Emmanuelle en los ’70? No, y es casi un alivio saber que ella misma no cayó rendida al breve reinado de esa sofisticación, brillante como las fotografías de los desnudos desplegables de las revistas y como el sudor grasoso.

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Emmanuelle: ese absurdo objeto de deseo.
 
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