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Domingo, 6 de octubre de 2002

MúSICA PARA ¿NIñOS?

Una pequeña música diurna

Idolos de la intelligentsia alternativa, los
They Might Be Giants festejan sus veinte años de
madura inmadurez con tres discos ejemplares: un compilado de hits (Dial a song), otro de rarezas espectrales (They got lost) y los diecisiete formidables berrinches de No!, tres de los cuales, compuestos para “inducir el sueño”, según reza en el cd, no son recomendables para manejar maquinaria pesada ni animales de peluche. Todo sobre la banda que repatrió el rock a su verdadera tierra: la infancia.

 Por Rodrigo Fresán

Seamos sinceros, admitámoslo desde el vamos: el rock y el pop son cuestiones infantiles, música que empieza a sonar por acción de adolescentes flamantes en algún garaje para el consumo de hormonas nuevitas y saltarinas y que –con el paso del tiempo– siguen haciéndola unos niños eternos para niños más eternos todavía. Así es: Peter Pan fue, es y será la perfecta y primera encarnación del rocker que no crece ni quiere crecer y de ahí .-aquí, allá y en todas partes-. la constante irrupción de motivos infantiles entre tanta electricidad supuestamente adulta. Ser rocker –si te va muy bien– no es otra cosa que convertirte en millonario jugando; y tal vez por eso, desde el principio, tanto “Satisfaction” como a “Blowin’in the Wind” pueden leerse como el berrido malcriado de alguien a quien no lo dejan ver televisión hasta tarde o la ancestral tonadilla en la que un adulto hace preguntas sin respuesta para desesperación de los párvulos. Los Beatles llevaron todo el asunto más lejos y –aunque todavía a su implacable máquina de marketing no se le ocurra sacar un The Little Beatles: John, Paul, George & Ring Sings for Kids– ahí están “Yellow Submarine”, “Lucy in the Sky with Diamonds”, “Mother Nature’s Son”, “Bongalow Bill”, “Here Comes the Sun”, “Blackbird”, “Cry Baby Cry”, “All Together Now”, “Goodnight” y tantas otras perfectas melodías para antes de irse a soñar con los rockeritos.
Ahora, They Might Be Giants –acaso la banda más orgullosa y desenfadadamente infantil de la Historia– se ha decidido a festejar sus veinte añitos con sendas cajitas antológicas y –por fin, ya era hora– sacando un álbum nuevo pensado exclusivamente para el consumo de esos psicópatas de baja estatura. Y, claro, por supuesto, no podía ser de otro modo: a los padres les encanta.

ENORMES
PEQUEÑOS GIGANTES
No es la primera vez que se escribe acerca de They Might Be Giants en este suplemento, por lo que se remitirá a los niños muy curiosos a la búsqueda en viejos Radares (a ver quién lo encuentra primero: ¡uno, dos, tres, ya!), y a aquellos que tengan ganas de seguir durmiendo la siesta un ratito más, se les dirá simplemente que John Flansburgh y John Linnell se conocieron en la secundaria en Boston, se fueron a Brooklyn y por fin debutaron como dueto en banda en el verano de 1982, en un concierto a beneficio de los sandinistas en Central Park. Juguetones, se bautizaron en español como “El Grupo de Rock’n’ Roll”. Seis meses más tarde, para su segunda actuación, ya eran They Might Be Giants y comenzaba una de las aventuras más extrañas dentro del panorama pop. Canciones breves –en ocasiones apenas más largas que un jingle (no es casual que una infecciosa tonadilla de TMBG sea el leitmotiv de una actual campaña de Chrysler en USA)– con letras que pueden parecer las cosas que cantaban y cantan en la ducha Beckett, Perec, Kafka, Vonnegut o Pynchon y una música espasmódica e impredecible cuyos estribillos te saltan a la garganta y se quedan ahí colgados como dobermans o chihuahuas. Tracks que pueden ser tan sólo una buena broma o –como en el caso de “Ana Ng” o “Birdhouse in Your Soul”– verdaderas obras maestras de la canción-de-amor diferente pero igualmente sentida. Una actitud demencial e inteligente que no demoró en convertirlos en darlings de la intelligentsia alternativa (conciertos sorpresa en cualquier parte, una línea telefónica desde la que regalan canciones nuevas semana a semana, los videoclips más bizarros y a la vez emocionantes de la historia de MTV). Todo eso aparece destilado aquí y ahora, como parte de los festejos por las dos décadas de madura inmadurez, en las recientes recopilaciones Dial A Song: 20 Years of They Might Be Giants (que ofrece los hits de la discografía oficial) y They Got Lost: A Compilation of Rarities from They Might Be Giants (que revela apenas la punta del iceberg de su fecunda obra fantasma y sólo para connoisseurs y seguidores compulsivos de su site lleno de habitaciones).Uno y otro sentimiento –lo supuestamente mainstream y lo prácticamente secreto– se funden en el magnífico y supuestamente infantiloide No!, cuyo título proviene, sí, de la combinación de dos letras y un signo de admiración más odiada por aquellos organismos jóvenes que viven en la Edad del Yes! Advertencia: ésta no es música para calmar a las bestias sino para celebrarlas. Un álbum ideal para la hora de tomar la leche. Y escupirla. A ver quién la escupe más lejos.

CANCIONES
PARA CLICKEAR
Cuando María Elena Walsh propuso el concepto de “canciones para mirar”, seguro que jamás imaginó que, años después, un par de locos crearía un disco infantil para escuchar y ver en la pantalla de la computadora personal. Porque los diecisiete temas (más un extra muy bien escondido) de No! –vía CD-ROM– se pueden ver e invitan a jugar con ellos e interactuar cantando y clickeando, cambiando las letras y animando los diseños especialmente creados por el estudio The Chopping Block, Inc., habituales cómplices de los TMBG, que vuelven a convocar a su Band of Dans (tres músicos de apoyo que, además de ser excelentes instrumentistas, tienen en común su primer nombre: Dan). Describirlos sería tan arduo como insatisfactorio: visitarlos en giantkid.net o en tmbg.com o en theymightbegiants.com y buena suerte. Pero más allá de toda la parafernalia digital, lo que aquí vale es la música. Son las canciones las que hacen de No! –luego de los un tanto, apenas, decepcionantes Factory Showroom y Mink Car– uno de los mejores trabajos de esta banda desbandada: el sabroso equivalente auditivo de la unión de un Sugus de menta con uno de naranja. Para masticar felices y pimpantes. Tal vez inspirados por su trabajo como músicos para la serie-con-niño Malcolm in the Middle, por la que ganaron un inesperado Grammy, Linell y Flansburgh conectan con el niño que todos llevamos fuera y proponen una especie de mapa melodioso de las emociones y visiones enanas en el que no falta nada ni nadie. Así, arrancamos con una exultante oda al placer de mentir (“Fibber Island”) y siguen –para citar sólo algunas de las buenas ideas– un análisis perturbador del significado del paso del tiempo para los que tienen todo el tiempo del mundo (“Four of Two”), un delirio sci-fi (“Robot Parade”), un antimantra de protesta (“No!”), un manual de instrucciones para cruzar la calle como corresponde al revisitar un antiguo aviso televisivo (“In the Middle, In the Middle, In the Middle”), una burla a la música clásica (“Violin”), un superhéroe cuyos poderes consisten en sentir con demasiada intensidad todos los sabores (“John Lee Supertaster”), los blues de una bolsa de hacer las compras (“I’m a Grocery Bag”), o la lista de preguntas sin respuesta con la que todo vástago enloquece a su progenitor cada vez que quiere saber de dónde vienen las cosas más diversas (“Where Do They Make Baloons?”, tal vez la canción más deliciosa de No!)... En resumen: lo mismo que suele aparecer en los discos “adultos” de TMBG, pero esta vez con el atractivo de sentir que lo compramos para un niño y –felicidad– no se lo entregaremos nunca.

A LA CAMITA
Según se advierte en el reverso del cd, las tres últimas canciones de No! están especialmente compuestas y ordenadas para “inducir el sueño, así que no se recomienda el manejo de maquinaria pesada o animales de peluche durante su audición”. Puede ser. “Lazyhead and Sleepybones” (odisea de dos ositos de felpa en constante desacuerdo y coincidencia) y “Sleepwalkers” (descripción pesadillesca de un país de sonámbulos que remite tanto a Ray Bradbury como a Bush Jr.) son, sí, aires melancólicos y de párpados pesados. Pero “Bed” –suerte de canto de batalla mitad indisciplinado y mitad marine, tan subversivo como castrense– tiene capacidad garantizada para despertar al más somnoliento, ponerlo con los ojos como platos y provocar vencimiento de colchones portanto salto y vuelta carnero. Todo esto y mucho menos en treinta y cuatro minutos que obligan, enseguida, al replay.
Y volver a empezar. Ya es otro día, y tal vez los TMBG estén pensando en un álbum de canciones para adolescentes –Nah! sería un buen título– o -No?– de valses geriátricos. Pero falta tanto para eso... Mientras tanto, disfrutar de esta pequeña música diurna, felices de saber que los reyes magos existen.
Pero no son los padres.

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