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Domingo, 18 de noviembre de 2007

CINE > MUSICA NOCTURNA, DE RAFAEL FILIPPELLI

Réquiem para un amor

Con Música nocturna, Rafael Filippelli retoma una obsesión recurrente en su cine (la de terminar las obras que se emprenden) bajo la forma de una delicada exploración nocturna de la intimidad de una pareja, silenciosa pero implacablemente distanciada por sus desparejos logros individuales.

 Por Sergio Wolf

Es evidente que los personajes de Música nocturna tienen sus filiaciones con los personajes a la deriva del cine moderno, y que esa pareja que orilla los cincuenta (Federico y Silvia, o Enrique Piñeyro y Silvia Arazi), cansada, quizás imposibilitada o demasiado orgullosa para mostrar aquello que a cada uno le pasa, elige hablar de arte y de sus efusiones intelectuales para no hablar de sus efusiones emocionales. Pero, al menos esta vez, la languidez de los personajes no es la de la propia película, por lo que hablar de las limitaciones expresivas de sus personajes no es una manera justa de hablar de una película que —reducida a sus componentes anecdóticos— podría pasar por un mero gesto, tardío y rancio, que evoca otros tiempos del cine y no solo de las vidas de sus personajes.

Casi en el comienzo de Música nocturna, Federico se asoma al balcón de su departamento, se detiene con desgano en ninguna cosa en particular, va en busca de un whisky mientras la cámara lo espera, vuelve y mira otra vez cómo la noche se despliega sobre unos colectivos y unos autos, y sobre unas pocas personas que pasan. No hay nada excepcional para ver en esa esquina de Buenos Aires. Y tampoco nada excepcional para oír hasta que de pronto el Andantino de la Sonata 959 de Schubert le confiere a la escena una serenidad que parece emanar de un personaje en crisis luchando por no evidenciar el hastío denso del tiempo y la condición efímera y siempre huidiza del amor. La cámara va independizándose del personaje, fugándose de sus acciones como si pensara por sí misma.

Más que en la abulia o en las caminatas nocturnas de sus personajes, es ese plano el que representa la más extraordinaria evidencia de modernidad del cine argentino en mucho tiempo. Ese tiempo que va ocupando el plano como una inundación no es solo el tiempo real que pasa porque va entrelazándose con el tiempo del pensamiento. Cuando la cámara parece errar al mismo ritmo del pensamiento del personaje, fusionándose con él, naufragando con él, el cine parece rozar el misterio de su existencia, como si —siguiendo a Alexandre Astruc— el plano pudiera materializar el pensamiento así como lo logra la literatura.

Rafael Filippelli ya había pensado, escrito y probado la tensión entre lo específico del lenguaje cinematográfico y la contaminación con las otras artes. El arte como problema del arte, entonces. Pero se trata de problemas que no pretenden ser resueltos sino formulados, con la conciencia de que su sola formulación es el resultado. O dicho de otro modo: los problemas son lo productivo, no sus soluciones. No hay problemas buenos o malos, sino buenas o malas maneras de formularlos. Así fue que la música se volvió un problema del cine (en Notas de tango y Esas cuatro notas), el teatro un problema del cine (en Lavelli y Una actriz), el ensayo un problema del cine (en la trilogía Buenos Aires), la literatura un problema del cine (en Hay unos tipos abajo, en El ausente, oblicuamente en Retrato de Juan José Saer) o la poesía o la pintura se convirtieron en problemas del cine (en el cortometraje El río o en Imágenes más sonidos), pero siempre guiados por la voluntad de explorar ese tránsito de la obra en tren de hacerse, de investigar la dificultad que supone terminar una obra. Un tema que guía el cine de Filippelli y que vuelve como cuestión tanto para el apesadumbrado protagonista que lucha con su escritura como para su exitosa mujer dramaturga, o para el tercero, el “escritor internacional”, en Música nocturna.

En todo caso, frente a la pregunta de todo cineasta que se siente responsable frente a lo que hace —¿qué es el cine?—, Filippelli se contesta que el cine está siempre en otro lado, y no en lo que vulgarmente se entiende por historia. O en todo caso: la historia es eso que está siempre antes o después de los hechos decisivos, o entre lo que los personajes dicen y lo que los personajes piensan, y que la cámara intenta atrapar. Y finalmente qué mejor destino podría tener el cine que intentar atrapar la belleza y lo efímero: un amanecer, una mirada que no encuentra palabras, unos pasos estorbando una calle vacía, una música omnipresente pero también lejana, un silencio compartido en la madrugada.

Música nocturna se estrenó el jueves en los cines Hoyts Abasto, Cinemark Palermo y Gaumont.

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