radar

Domingo, 13 de octubre de 2002

TEATRO

Noche terrible

Son setenta minutos y ninguna luz. Pero en esa oscuridad unánime, los actores no videntes del Grupo Teatral Ojcuro hacen visible, gracias a una sofisticada ingeniería sensorial, la más extraña y perturbadora adaptación del mundo de Roberto Arlt. Cecilia Sosa devela algunos de los secretos del Teatro Ciego.

POR CECILIA SOSA

La adaptación de La isla desierta de Roberto Arlt por el grupo experimental Ojcuro vulnera uno de los principios básicos de la representación teatral: no hay nada para ver en escena, ni siquiera un escenario. Los setenta minutos de obra transcurren en una sala completamente a oscuras. En realidad, la función comienza antes. En el lobby de la Fundación Konex, dos personas vestidas de negro piden a los espectadores que apaguen todo objeto capaz de despedir cualquier destello de luz o sonido. Se advierte que no hay trampas ni obstáculos y que si alguien siente miedo puede ser retirado de la sala. El público es requerido para ingresar, de a uno, en un pasillo negro. Guiado por los eventuales lazarillos, el espectador, casi como en un juego de postas, es transportado por un complejo dispositivo manual hasta recalar en una butaca en medio de la oscuridad. Apenas si se siente el roce o la respiración entrecortada proveniente de alguna silla vecina.
Y mientras la impaciencia sigue luchando por develar detrás de qué pliegue sombrío se ocultan los actores, y qué diabólico escenógrafo pudo haber diseñado una disposición tan intrincada del espacio, de pronto la oscuridad se llena de sonidos, olores, imágenes y el agujero negro adquiere relieves, matices, texturas. Se oye el mar, se huelen jazmines, rosas, tiburones. El negro ya no es negro.
Pero lo primero son las máquinas de escribir. Y las voces diminutas, apenas perceptibles, que surgen de todos lados. Y lo que termina desplegándose en la oscuridad más perfecta es el espacio de una oficina pública. La simetría de un espacio regulado por la única norma de la rutina permite imaginar un ejército de empleados encorvados contemplando el escenario de su propia alienación. No falta ni la mirada ávida de un jefe, enmascarada tras un par de innecesarios anteojos negros.
Pero, sin embargo, hay luz. De una oficina asfixiante, en los subsuelos de un edificio donde el tiempo no transcurre, los empleados han sido trasladados al último piso de un edificio vidriado. Desde allí ven partir los buques, cada uno con un destino más incierto y misterioso que el anterior. Son ese cielo azul “infinito” y las bocinas chirriantes de esos buques “que entran y salen, chillándonos en las orejas, metiéndosenos por los ojos, pasándonos las chimeneas por las narices”, los que desencadenan el tormento que hace añorar aquellos días donde “si se apaga el sol, no nos enteramos”.
Pero Cipriano, cordobés autóctono y eterno fabulador, arranca el motor. Cada uno de los tatuajes que tapizan su piel se transforma en el eslabón de un viaje, el que se ven obligados a hacer oficinistas y espectadores -sin otra escenografía que la que inspira la voz de los actores–, en lo que queda de la obra. Vamos de una feria atiborrada y desbordante en Shangai a una sesión de pesca en la costa tormentosa de Madagascar; de una escena de amor en plena selva, cargada de jazmines, hasta una lucha cuerpo a cuerpo con un tiburón en un mar enfurecido.
En los relatos de Cipriano, “todos viven desnudos entre las flores” y “no hay jueces, ni cobradores de impuestos, ni divorcios, ni guardianes de plaza”. Un estado pre-lingüístico, bucólico. Pero la luz finalmente regresa, y también la palabra. En una sala simple y vacía, los espectadores contemplan de frente la alquimia de la propia representación. La jaula de hierro se vuelve a cerrar.

Lo oscuro de lo oscuro
Esta inusitada puesta de La isla desierta es el resultado de casi un año de trabajo de investigación y experimentación en la Biblioteca Argentina para Ciegos. Su antecedente directo es Caramelo de limón, una obra del director cordobés Ricardo Sued, que inauguró en el ‘93 la técnica del teatro ciego. Fue uno de sus actores, Gerardo Bentatti, quien propuso al director José Menchaca recrear La isla desierta en condiciones deoscuridad total. Y llevar, esta vez, el concepto al extremo: elegir actores no videntes. “Pero o no hay o nosotros no tuvimos acceso”, dice Menchaca, que a los 40 años encara por primera vez una iniciativa parecida. El reclutamiento se realizó en la propia Biblioteca, y en sólo una semana se reunieron cerca de veinte voluntarios. De allí surgieron seis de los nueve actores no videntes que integran el elenco. Ninguno tenía experiencia previa, pero sí variadas dotes artísticas. Tanto Tania García de Prada como Diana Sidkind, que encarnan a dos empleadas, forman parte del Coro Polifónico de Ciegos, y Rubén Oscar Rochi, el tenedor de libros, es miembro de la Orquesta Sinfónica para Ciegos. Con su clarinete, es el principal intérprete del valsecito “Corazón de oro”, que abre y cierra la obra.
El texto de Arlt fue traducido íntegramente al Braille, y la técnica de trabajo requirió adaptaciones específicas. “Hubo que partir desde otro lugar; no desde las imágenes, como se suele hacer”, cuenta el director. El ejercicio terminó transformándose en una prueba de integración invertida. “Normalmente se suele tratar de que el discapacitado se adapte a las condiciones del medio. En este caso fue al revés: el resto de los actores y el director se adaptaron a nosotros, a trabajar sin luz”, dice Gabriel Griro, uno de los actores no videntes.
Durante toda la obra, el elenco se desplaza sin pausa y con prisa en la oscuridad y el silencio más absolutos. “Todo eso supone un enorme despliegue físico”, cuenta el director. La precisión, clave del efecto sorpresa, se alcanzó gracias a las técnicas de Dance Hability, un tipo de trabajo corporal para personas con discapacidades diferentes que aportó uno de los actores, Alejandro Masseilot, que, además, sufre de vista periférica. “Uno suele hacer mucho ruido cuando camina, y los ciegos más, porque para desplazarse dependen del reconocimiento físico de los objetos”, cuenta Menchaca. Algo similar cuenta Griro: “Sólo tengo 15 minutos de letra –dice–; después empieza el trabajo pesado. No se puede ni rozar a un espectador y hay que cuidar al compañero. Las escenas se arman y desarman permanentemente. El ajetreo es muy intenso”.
Tal vez el secreto que el elenco guarda con mayor celo es el dispositivo que permite organizar el complejo engranaje de sonidos. Se trata de seis “máquinas muy pesadas, que exigen mucha precisión” y se mantienen ocultas para el espectador tanto durante como después de la obra. “Fuimos como luthiers: ensamblamos objetos para condensar sonidos en un mínimo de espacio”, revela el director. Todo el equipo se perdió en el incendio del Teatro Anfitrión, donde se representaba la obra tres meses atrás. Tardaron dos meses en reconstruirlo. “Nos gustaría mostrarlas, pero decidimos que no”, dice el director. Con todo, Griro, confía: “No hay nada como el propio elemento para generar el efecto buscado. Si suena a agua, es porque es agua. Pero tampoco podíamos traer un caballo a la sala”.
La obra sigue casi al pie de la letra el texto de Arlt. Una de las variantes es el reemplazo del mulato original que encarna a Cipriano por un cordobés de pura cepa, Fabián Sagripantei. “El efecto permitió conservar el símbolo intacto y preservar el anacronismo. El provinciano sigue ocupando el lugar de ‘el negro’”, dice el director.
Una de las mayores tentaciones es tomar la obra como el ejercicio de equiparación perceptiva que permitiría auscultar en el universo del ciego. Pero uno de los actores no videntes se encarga de frenar analogías fáciles: “Hay un límite. La obra juega con la sorpresa que le provoca a una persona vidente el hecho de estar sumergido en la oscuridad completa. Un no vidente, al tener bloqueado un sentido, agudiza los otros. Y muchos de los trucos y de las pequeñas trampas no tienen el mismo efecto”, advierte Griro.
La cooperativa Grupo Ojcuro nació a principios del 2000 para la puesta de la obra de Arlt. En la edición 2002 del Encuentro Nacional de Teatro,recibió el Premio Especial “por el compromiso con un mundo más igualitario y por su aporte a una nueva poética teatral”, una mención a la mejor dirección, una nominación por efectos sonoros, plásticos y tratamiento del espacio y otra a la mejor actuación. Ahora el grupo pretende seguir explorando el campo nuevo, casi virgen, del teatro ciego. Para ello cuenta con un recurso que se perfila como inagotable: “La gente le tiene miedo a la oscuridad”, dice el director.

La isla desierta continúa los viernes a las 22.30 en la Fundación Konex, Córdoba 1235. Entrada: $ 5.

Compartir: 

Twitter

 
RADAR
 indice

Logo de Página/12

© 2000-2022 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Política de privacidad | Todos los Derechos Reservados

Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.