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Domingo, 8 de junio de 2008

NANCY DREW, LA HEROíNA QUE ATRAVESO EL SIGLO XX

Manual de supervivencia para chicas

Acaba de llegar a los videoclubes una nueva adaptación inspirada en el personaje de Nancy Drew. Pero detrás de esta película no está sólo la célebre saga de la niña detective, sino que se esconde la historia de un sindicato de escritores que revolucionó la literatura adolescente como Henry Ford el transporte, una furibunda prohibición en las bibliotecas populares y un fenómeno inusitado que sobrevivió a la Depresión, a la Segunda Guerra y a los ’60. Por eso, a pesar de sus fallas, la nueva adaptación demuestra –una vez más– por qué las cuatro películas y la serie que se hicieron hasta ahora no consiguen atrapar el espíritu de esta heroína que marcó un arquetipo infantil todavía vigente y en cuyas tramas brotó el primer feminismo.

 Por Maria Gainza

Todas las historias comenzaban igual. O por lo menos así parecía. Una adolescente de cabellos rojos asomando por debajo de un sombrero, trajecito sastre y tacos altos, bajaba corriendo las escaleras de su casa y saltaba dentro de un auto deportivo azul, lista para devolverle la herencia robada a su dueño. Ella era Nancy Drew, la naturalmente talentosa y perpetuamente amistosa chica detective que vivía en la soleada River Heights, una localidad vaga en el medio de los Estados Unidos que nunca parecía atravesar el invierno. Después venían docenas de variaciones sobre lo mismo: Nancy visitaba a un amigo y se enteraba de un misterio que generalmente incluía un tesoro olvidado o dinero perdido. Una nota anónima, deslizada bajo su puerta, anunciaba: “No te entrometas o bien...”. Pero Nancy, que tenía una compulsión neurótica por la investigación, continuaba, y tras una persecución llegaba a una elegante mansión donde era convidada con un refrescante té con tostadas y canela. Renovada, descubría un pasadizo secreto gracias a un picaporte oculto en la biblioteca, y rápidamente resolvía el caso y recuperaba el orden social.

Con ochenta millones de libros vendidos, Nancy Drew ha sobrevivido a la Depresión, la Segunda Guerra Mundial y a los ’60. Y la heroína pulp ha terminado convertida en icono norteamericano. Y aún así, ni las cuatro películas de 1930 ni las series de televisión de los ’70 lograron trasladar con éxito el personaje de Nancy Drew a la pantalla. Todos los intentos supieron a poco. Por eso fue una sorpresa (y un misterio) cuando Warner Bros. decidió darle una nueva oportunidad a Nancy Drew.

I

¿Cómo preservar este icono retro en un mundo contemporáneo? Esta vez, la solución fue hacer una Nancy pueblerina y demodé enfrentada a un choque cultural con las adolescentes tilingas de Hollywood, con mucha de la gracia generada por la yuxtaposición de los suaves modales de la joven en un mundo cada vez más inescrupuloso. La historia, que no fue tomada de los libros sino creada especialmente para el cine, es una mezcla de Sunset Boulevard, La Dalia Negra y Mulholland Drive para teens. El director, Andrew Fleming, logró una película modesta cuyo principal error es que no termina de confiar en la fuerza de su personaje y traiciona el tono adulto que tenían los libros. En el papel de la heroína, Emma Roberts, la sobrina de Julia, está un poquito demasiado autoconsciente de su astucia, siempre flirteando con el ridículo. Lo que no deja de ser un crimen.

Al mudarse a Los Angeles, su padre, Carson Drew, le ruega que abandone sus tareas detectivescas y se comporte como una chica normal. Pero eso es pedirle demasiado. La escena californiana la tiene sin cuidado. Y además ya ha puesto el ojo en un nuevo misterio: la muerte de una hermosa actriz, cuya mansión los Drew han alquilado. La trama que sigue es endeble y por momentos parece un episodio de Scooby Doo. Pero las tramas de Nancy Drew siempre fueron un tanto torpes. Eran casi secundarias. Lo que importaba era Nancy. Su audacia, su fe en sí misma, su habilidad por mantener la cabeza fuera del agua aun en las peores situaciones, su asombroso pragmatismo. Popular como una abeja reina, rodeada siempre de sus amigas mosqueteras y con la temeridad suficiente para enfrentarse a las pequeñas sorpresas de la vida, ya sea manejar durante “una tormenta enceguecedora por su violencia” o caer de “un precipicio de rocas afiladas como dientes”.

Arrojada en lo profundo de Hollywood, la nueva Nancy recuerda sólo tenuemente a la original, pero el director parece haber buscado ir un poco más allá de la copia carbónica. Su Nancy es sobre lo difícil que es encajar en la adolescencia y sobre cómo encontrar un estilo propio dentro del mundanal ruido. Nancy viste ropa un par de décadas atrasada pero eso a ella la tiene sin cuidado. Y cuando una compañera le pregunta si los mocasines que lleva se los recomendó un podólogo o está siendo irónica, ella, que adora la cortesía, le dice dulcemente: “Me gustan las cosas viejas”. Nancy es una heroína tan remilgada como Laura Ingalls pero tan contemporánea como MySpace. Usa suetercitos cashmere sobre los hombros pero tiene Wi Fi en la habitación. No le importa la pose del adolescente de moda aunque no le gusta que se burlen de ella. Es educada, ingeniosa y sincera. Pensándolo bien, Nancy es lo más radical que se ha visto en mucho tiempo.

II

La serie de misterio de Nancy Drew apareció en 1930 bajo el seudónimo de Carolyn Keene. Los adolescentes devoraron los primeros libros lanzados al mercado y pronto temieron que la autora no pudiera responder a la creciente demanda. Pero no había de qué preocuparse. Las historias de la joven detective no eran la creación de una sola mente. Desde el comienzo, Nancy Drew fue el producto de una corporación, de un sindicato de escritores. El hombre que creó el sindicato no era un feminista ni un brillante escritor. Pero a su modo, era como Nancy, un fenómeno. Mientras Henry Ford revolucionaba la industria del auto, Edward Stratemeyer hacía lo mismo para la literatura adolescente.

Stratemeyer tuvo un timing impecable cuando en 1906 formó un sindicato literario para producir series de libros en cadena. De sus años de periodista conocía a los mejores escritores de su generación, gente que según él podía crear una novela a partir de una coma. Pronto el Sindicato Stratemeyer estaba produciendo diez series en un año. Eran baratas, constantes y con tapas duras y glamorosas; historias de aventuras –destinadas a niños entre diez y dieciséis años– que dejaban atrás el modelo antiguo y moralista del niño pobre pero virtuoso que gracias al trabajo alcanza su recompensa y presentaban niños que eran perfectos desde el vamos: sólidos, despiertos, libres y brillantes en todo lo que emprendían, eran, a decir verdad, una fantasía. Historias sobre el niño que todo chico quería ser, antes que historias sobre el niño que todo chico debía ser.

Cuando Stratemeyer notó que la popularidad de las novelas de detectives estaba en aumento, se le prendió la lamparita. Creó entonces un híbrido: una historia de detectives más una historia de aventuras para chicos. Su primer intento fue la serie de Los Hardy Boys. A la que siguió, en 1930, Nancy Drew. Desde el comienzo la serie vendió más de que cualquier otra. Rompiendo con la convención de que las series de chicas no eran negocio.

Stratemeyer contrató a una graduada de la facultad llamada Mildred Wirt Benson, le mandó un resumen de tres líneas de El secreto del viejo reloj y Wirt lo rellenó. Escribiría 23 libros más hasta ser reemplazada por otra ghostwriter. Con el diseño de tapas más bonito y sugestivo que se haya visto en la historia de la literatura adolescente a cargo de Russell Tandy y con tramas múltiples que se unían al final, las historias de Nancy Drew avanzaban siempre por casualidades y coincidencias improbables. “Justo tengo una llave inglesa en mi cartera”, gritaba Nancy mientras se ponía a arreglar un motor. Nancy descubría señales en todas partes. ¿Una goma pinchada? ¡Una clave! Pero las pistas no funcionaban como un rompecabezas a lo Agatha Christie que el lector podía ir armando. En realidad, sólo aseguraban que existía un orden detrás del caos. El mensaje es algo así: el mundo está lleno de malos pero todo es negociable y fundamentalmente racional. Nancy fue la última creación de Stratemeyer. Doce días después de su publicación, murió de neumonía. El día antes soñó que era un personaje de su serie de baseball. Su hija Harriet tomó las riendas de la empresa y continuó escribiendo ella misma algunas de las historias de Nancy.

III

Mientras la serie de la chica detective invadía los hogares había un lugar donde no se la podía encontrar: las bibliotecas públicas. Allí se condenaba al libro como barato y sin valor moral (una censura que probablemente haya aumentado sus ventas ya que obligaba a los padres a comprar los libros). Lo cierto es que en los patios traseros, por sobre los cercos y durante los recreos del colegio, las chicas habían creado su propio mercado negro e intercambiaban los libros de Nancy como canicas. Décadas más tarde, la serie fue considerada un paso hacia una literatura más sofisticada.

Nancy Drew siempre presentó un dilema a los estereotipos. Aparecida en la década del ’30, al mismo tiempo que los primeros tampones salían a la venta, algunas ramas del feminismo apreciaron sus bríos mientras los conservadores festejaban sus modales aplicados y valores clásicos. Nancy trepa los muros como un varoncito pero luego exclama “Uy, qué lindo” al ver una pulsera de oro. Su color favorito es el azul, el color tradicional de los hombres. Así como arregla autos puede cocinar, gana una competencia de atletismo y cose su propia ropa. Puede cambiar una goma pinchada con la facilidad con que compra un vestido para la noche. Escapa de arañas y víboras para luego retirarse a su camita con dosel. Sus modales permanecen intactos aun en las situaciones más estresantes. Sus amigas tienen casamientos maravillosos pero Nancy nunca fantasea sobre su futuro. Como muchas heroínas, le falta una madre, pero no hay sombras detrás de sus ojitos azules. Las sombras están en el mundo listas para ser detectadas y borradas. Además, su orfandad le da un elemento esencial de su encanto: la libertad de supervisión paterna. En su autonomía radica gran parte de su atractivo. Con sólo 16 años tiene una libertad soñada. La casera Ana cocina sus brownies, el padre Carson Drew la consiente y paga las cuentas, y el novio Ned casi no necesita más atención que un beso en la mejilla.

IV

Nancy Drew es un personaje mítico en la psiquis de las mujeres norteamericanas. Algunas de sus historias como Las escaleras ocultas son una fiesta de arquetipos psicológicos que asumen la cualidad de un cuento de hadas o de un mito. Allí, Nancy es una figura heroica, incorruptible, una suerte de Sir Lancelot en mujer, al rescate de su doncella rubia, que en este caso sería su padre, y a punto de recapturar el Santo Grial, que en este caso sería una cuchara de plata, un libro de bolsillo, un broche de diamantes y un par de vestidos de seda negros. Habría que irse atrás en la mitología para encontrar un equivalente, quizás una figura como Inanna, la diosa de los sumerios, una mujer que fue al infierno y volvió en una misión de rescate. Tales viajes al underground son vistos en términos psicológicos como un descenso al inconsciente. También acá Nancy debe atravesar un profundo túnel para volver a la luz. Al hacerlo, no sólo resuelve un misterio sino que reúne a todos los que han estado erróneamente separados. Nancy Drew es mucho más que una simple historia de aventuras porque su figura mítica nos da un atisbo de nuestra mejor parte, demostrándole a todos qué genial es ser una chica.

¿Por qué sobrevivió Nancy? Puede que sea porque elegantemente condensó dos impulsos conflictivos pero básicos de la niñez: la búsqueda de orden y seguridad y el apetito por la novedad y el riesgo. Además, algunas fórmulas son más eternas que otras. Una buena fórmula crea un mundo de fantasía completo. Uno que es tan parecido como distinto de la cultura que lo produce. Las fórmulas duraderas son las que revelan algo sobre la cultura que les dio forma pero a la vez dan forma a la cultura de la que provienen. Y después de todo, definitivamente existe tal cosa como un “buen mal libro”. Uno que no tiene pretensiones literarias pero que continuará siendo leído cuando producciones mucho más serias hayan desaparecido.

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