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Domingo, 28 de septiembre de 2008

ARTE > CRIMINAL, DE LUCIANA LAMOTHE, EN BENZACAR

El genio del crimen

Después de haber abandonado la escultura clásica para volcarse a la calle, de haber saboteado shoppings (y filmarlo) y de haber construido esculturas con partes encontradas, su nueva muestra va un paso más allá: se llama Criminal, todos sus materiales podrían ser pruebas de un delito y se erige bajo el lema “Si no hay vanguardia, hay crimen”.

 Por Claudio Iglesias

Operaciones sencillas: cortar, desatornillar, engrampar. Materiales básicos: marcadores, madera terciada, clavos. “Soy una persona simple”, decía el Joker encarnado por Heath Ledger en la última Batman, “y me gustan las cosas baratas: pólvora, dinamita, gasolina”. El trabajo de Luciana Lamothe parece construirse sobre una humildad comparable, y la sucinta muestra Criminal es buen testimonio de ello. Los elementos de esta instalación parecen el correlato de una serie de destrucciones callejeras efectuadas con herramientas accesibles: cortacadenas, soldador, sacaclavos. Herramientas que caben en una mochila, que cualquiera tiene en casa o puede conseguir fácilmente. Desde el subtítulo de la muestra, Lamothe se pregunta “con qué fin todo sigue un plan”, y nos enfrenta de lleno con su hipótesis de trabajo: caída la proyección utópica del arte, la única planificación posible es delictiva. Caído el imaginario moderno, que proyectaba un cambio radical de todas las formas de vida, los que debían salvar el mundo (los artistas) se convierten en criminales.

Como ocurre con la mayoría de los trabajos de Lamothe, la muestra puede considerarse el registro de un itinerario nocturno por las calles, y los objetos que la componen podrían remitirse a distintos hechos de vandalismo. Pero esto no siempre fue así. En la biografía artística de Lamothe, el pasaje está bien documentado. Imaginémosla a comienzos de esta década que está por terminar: una artista de unos 25 años, recién egresada la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón, entraba en contacto con el renuente arte argentino de los ‘90. En consonancia, Luciana desarrollaba una obra basada en la escultura, con una fuerte gravitación de los materiales y el estilo característico de Gumier Maier (motivos decorativos bizarros, llenos de volutas y efectos de enmarcamiento). En la efervescencia de 2001, se produjo un click; la artista, como tantos, se vio obligada a salir a la calle. El arte abandonaba el espacio del taller, ciertos procedimientos artesanales ligados al objeto posmoderno y la geometría sensible, para reivindicar espacios públicos y procesos sociales, valiéndose de una renovada provisión de medios (video, instalación, software...) que permitieran conformar y registrar este cambio de época y de agenda. En el canon de Lamothe, la serie de los gonfrados representa este momento: superficies de papel que la novel artista extendía sobre la vereda, para imprimirles la forma de las baldosas, y que terminaban por parecerse a la intersección lógica entre una pintura de Pablo Siquier y una huella digital de las calles del centro. A partir de ese momento no habría lugar para ningún formalismo: en la superficie del papel gonfrado, una escultora abandonaba su artesanía y se volcaba definitivamente sobre la ciudad, un nuevo espacio de trabajo.

“Desolation Row” es la canción de Bob Dylan que escuchaba Alan Moore al escribir Watchmen: “A la medianoche, todos los agentes / y la tribu superhumana / salen a las calles, y merodean...”. Los hábitos creativos de Lamothe son comparables: en soledad, tarde a la noche, la artista sale de paseo y las piezas o registros que trae de regreso al mundo del arte son trofeos o pruebas de esas excursiones furtivas (en el video Testa, presentado a fines del año pasado, vemos la heladera personal de Luciana, cubierta de etiquetas de alarmas eléctricas y compañías de seguridad). Mil y una formas de mostrar estas actividades probó Lamothe, desde sus primeras muestras a comienzos de esta década: fotos y videos de acciones (“Intervenciones clandestinas”: registros de sabotajes en miniatura, efectuados en supermercados, hoteles y la vía pública), ready made forzados (como los cestos de basura último modelo que implementó recientemente el gobierno de la Ciudad) y esculturas con partes encontradas (como los restos de una motocicleta desarmada que formaron parte de la muestra en Alberto Sendrós de 2006). Cosas simples hechas con sogas, con tijeras y productos de ferretería, como pequeños atentados con una fuerte cohesión logística: en el video Cinco acciones la vemos (a través de la cámara que se calzaba en una vincha especial) merodear por distintos shoppings, leyendo el funcionamiento de esos edificios para poder encontrar las fallas de seguridad que le permitirían salir ilesa luego de alterar el normal funcionamiento un baño o volcar pintura en una escalera. Poner el cuerpo en la acción (ser capaz de trepar, de correr, de saltar...) es condición sine qua non de estas acciones, tanto como la capacidad cognitiva para desmontar mentalmente distintas situaciones y sistemas, planificar y ponderar el curso de la acción, como lo haría un villano al diseñar el robo de un banco.

Los cestos de basura de la ciudad, la puerta de un baño con graffitis y oferta sexual incluida que Lamothe consiguió y el mapa de la sala similar al necesario para dar un golpe: una obra construida sobre operaciones e imaginario de impronta criminal.

La muestra que actualmente puede verse en Ruth Benzacar le da a este tópico de la mente criminal un considerable espacio narrativo. Los objetos presentes parecen soportes de la planificación delictiva (planos de la galería, un mapa de la Ciudad de Buenos Aires, la representación visual de la mente de un “criminal nato” tomada de un tratado de medicina forense del siglo XIX, etcétera). Pero también sitúan estas referencias en una relación muy clara con el sentido de un arte de vanguardia y con una elocuente recuperación de la escultura como medio expresivo. Según Lamothe, el abandono de la promesa redentora que daba vida al arte moderno se traduce en una implosión del formalismo. Al no existir un proyecto trascendente, la tensión de la forma recae en los materiales, y las herramientas de trabajo (que según el lema de la Bauhaus debían permitirnos “construir la catedral del socialismo”) agotan su efecto en la violencia sobre el material. Es por eso que su obra tiene algo de compulsivo: la enumeración de procesos de destrucción, en su desesperante monotonía, parece situarnos frente a un límite. Como si la pérdida de una dimensión transformadora de la realidad dejara al arte en un loop de herramientas que sólo pueden aplicarse a la materia para destruirla, en una especie de Poltergeist interminable. Parafraseando a Jules Barbey d’Aurevilly, cabría decir que los trabajos de Lamothe nos dejan en la incómoda situación de tener que elegir entre los pies de la utopía y la boca del revólver. O quizá, que vuelven a abrir el espacio de estas preguntas, aunque sean imposibles de responder. Tal vez la pieza que más enfáticamente enuncia este dilema es la puerta de un toilette de baño público que Lamothe logró obtener y que montó en una de las paredes laterales de la galería. Entre innumerables y previsibles solicitudes sexuales, comentarios circunstanciales y números telefónicos, se llegan a leer varias versiones de una temible oración que Lamothe anotó repetidamente, como se repite un mantra: “Si no hay vanguardia, hay crimen”. Todo un pensamiento incómodo que vale la pena llevarse a casa.

Amén de la temática de la violencia y la logística criminal, una palabra que no puede eludirse al poner en contexto el trabajo de Luciana Lamothe es soledad. A contramarcha de la intensa floración de grupos, obras y proyectos de gestión (entre el lanzamiento de proyecto Venus en 2000 y el cierre de Belleza y Felicidad el año pasado) que ponían el énfasis en lo colectivo, las relaciones y la amistad, la individualidad saliente de Luciana Lamothe la perfila como una singularidad muy fuerte, una rara avis de los años ‘00 que supo sacar del baúl la figura moderna del artista-héroe para transformarla en su contracara, el genio del crimen. Poniéndose como corolario de otra década, la artista que en 2001 aplazó la escultura como una práctica demasiado centrada en lo artesanal hoy retorna a ella para plantearse nuevos dilemas. Las preguntas que hoy se formula Lamothe surgen directamente de la madurada elaboración de su obra, de su autocrítica continua y del afán de buscar permanentemente nuevos desafíos. Nada raro en una artista que literalmente sale todas las noches a buscarse problemas.

En esta página, los cestos de basura de la ciudad, la puerta de un baño con graffitis y oferta sexual incluida que Lamothe consiguió y el mapa de la sala similar al necesario para dar un golpe: una obra construida sobre operaciones e imaginario de impronta criminal.

Criminal
Luciana Lamothe

Ruth Benzacar
Florida al 1000
Lunes a viernes de 14 a 20
hasta el 11 de octubre

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