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Domingo, 9 de noviembre de 2008

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Alguien voló sobre el nido del cucú

Presidida por un enervante cucú que asoma cada quince minutos y un rifle con mira telescópica que lo apunta desde el otro lado de la sala, Fernando Lancellotti despliega un mapa de la confusión contemporánea.

 Por Santiago Rial Ungaro

Cucú!, ¡Cucú!” La salida de un pájaro mecánico de un viejo reloj cucú no debería sorprendernos: de eso se tratan los relojes cucú.

Pero que forme parte de una exposición y que comparta el espacio con otras pinturas, sí genera cierta extrañeza, reforzado por el hecho de que esté instalado en una pared con un estampado que sugiere la habitación de una señorita (al viejo estilo Sarah Key) y que, mientras uno continúa paseando por la muestra, espiando el espejo clausurado de ese cuarto adolescente y piensa en la relación que tiene esta situación con las flechas clavadas en la pared... “¡Cucú!, ¡Cucú!, ¡Cucú!”. El pajarito vuelve a salir y la sorpresa deviene en cierta irritación: pocas cosas en ese contexto son tan fastidiosas como un reloj cucú sin péndulo, desprovisto ya de su función de reloj y convertido en sutil instrumento de tortura psicológico.

La irritación quizá justifique entonces que, a varios metros, esté instalada en una plataforma una escopeta con mira telescópica que apunta, justamente, a la puertita por la que sale el pajarito del cucú, la presa fácil a la que alude el título de la obra.

¿El artista se está burlando de nosotros? ¿O será el artista la presa fácil? ¿O nosotros?

Si hay algo que llama la atención de Quizá no vayas a ninguna parte, la muestra de Fernando Lancellotti, es su capacidad de generar interrogantes, de disparar con cada situación que genera una serie de reacciones y de sensaciones en cadena que nos sorprenden durante el recorrido por la sala de Wussmann, y que pueden continuar persiguiéndonos también después de haber visitado la muestra.

En Muralla china, por ejemplo, un video registra los movimientos repetitivos de un ratoncito que no puede dejar de correr en una rueda giratoria que, por más que corra y corra, no lo lleva nunca a ningún lado. Es una de esas imágenes simples, directas y difíciles de olvidar que, inevitablemente, nos llevan a identificar nuestras propias murallas chinas cotidianas.

Como cuando nos acercamos al mueble de ¡Te lo dije! y escuchamos (sensor térmico sensible al movimiento mediante, que cuanto más nos movemos más suena) “¡Te lo dije! ¡Te lo dije!”, para que la frase (insoportable, censuradora, siempre recriminante, siempre cerrada en su inapelable tautología: si nos dicen que nos lo dijeron, es porque, de hecho, ya nos lo dijeron... ¡y nos la van a seguir diciendo!) nos haga replantear nuestro rol, generalmente pasivo, ante estas obras.

Completando las obras de una de las dos paredes de la exposición, una cajita de música abierta, exhibiendo su mecanismo y con los auriculares en los que se repite en loop una música japonesa característica, con su “exacerbación de la depresión”, que nos embriaga con la voluptuosidad de su tristeza.

De alguna forma, la pared que enfrenta estas obras nos va abriendo el horizonte y equilibrando el impacto de las obras antes mencionadas: los dos neumáticos enganchados e inutilizados de Atracción fatal; una instalación de soportes de mapamundi sin los mapas (“descubrí que mi fascinación por los globos terráqueos proviene de que me encantan los soportes, que son como inclinaditos”) unidos entre sí por hilos; un globo sin gente, que no transporta nada, atorado contra el techo; la pintura de una aparición de unas velas de barco suspendidas en el aire, y, claro, sin ningún barco, que bien podría ser una obra de Magritte; y la paradoja sensación que genera Obstinado visor, otra de esas imágenes que basta ver una vez para ser recordadas siempre.

Y es que si la diferencia de soportes se sostiene, es porque en su “estética del capricho” Lancellotti sintoniza con el zeitgest de este confuso 2008: “uno mismo puede ser la presa fácil, o el que no llega a ninguna parte, atrapado por los tiempos relativos des-sincronizados de relojes adelantados una hora (algunos siempre siguen atrasados), con el consecuente desorden que eso genera en nuestros ritmos biológicos, con los relojes de los andenes de los subtes a horarios diferentes a los de los trenes y los de los celulares sutilmente adelantados a los de las computadoras... Este cucú, que sigue saliendo cada 15 minutos, es como un espectro que simboliza esa confusión, a la vez potencial víctima de su función de dar (mal) la hora. Y, sin embargo, en contraste con toda irritación perversamente diseñada” ¡Qué linda que es esta muestra!

“La muestra se iba a llamar El gusano se enrosca hasta morir, que es como el nombre de una telenovela onda Alberto Migré. Para mí esto tiene algo de parque de diversiones defectuoso, como ir al Parque de la Ciudad, donde ves una montaña rusa con un árbol que creció en el medio. Todo en la muestra está castrado: el cucú no funciona, el disco está rayado, el globo quedó atrapado. Y si bien el ratón no tiene conciencia de que nunca va a llegar arriba, lo primero que uno piensa es que quiere llegar a algún lado.” Claro que basta escuchar hablar a Lancellotti sobre que tal obra es un “homenaje a las cajitas de fósforos La Fragata, que siempre fueron mis favoritas”, o sobre su fascinación por la “tragedia linda” del cura volador brasileño que despegó impulsado por cientos de globos de fiesta para nunca más volver o comentar que el día del cierre de la muestra (el 22 de noviembre) planea lanzar desde la galería cientos de globos rojos con mensajes a personas que quizá nunca los reciban, aunque seguro que alguien los va a recibir, claro, para comprender que, en última instancia, saber dónde estamos parados, y aceptar que es muy probable que no estemos yendo a ningún lado, no impide a la vida ser insoportablemente poética. Y aunque en la muestra no haya ninguna figura humana, Lancellotti se anima (con los “¡Te lo dije!”, “¡Te lo dije!” de fondo), a una confidencia: “Yo tuve una novia que cuando nos separamos lo último que me dijo fue: ¡Te lo dije!”. Y tres años más tarde, después de un par de veces de haberla cruzado y que ni me saludara, un día que nos encontramos de casualidad en la calle y decidió bajar un cambio y hablar un rato, levantar una bandera blanca y compartir un café. Y en eso estábamos cuando de repente la veo increpar al mozo: “¡Te lo dije: era un tostado! ¡¡Era lo mismo que me había dicho a mí la última vez que la vi!”. ¡Cucú!

Quizá no vayas a ninguna parte
Fernando Lancellotti
Galería Wussmann
en Venezuela 540
Hasta el 22 del noviembre
lunes a viernes de 14 a 20.

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