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Domingo, 8 de diciembre de 2002

La Dama Juana

Alejada de la televisión desde hace diez años, y todavía perseguida por el fanatismo que supieron despertar sus personajes, Juana Molina viene construyendo una de las carreras musicales más originales de la Argentina. Capaz de hacer convivir en perfecta armonía ecos del folklore nacional, la música uruguaya y la canción infantil con un lirismo etéreo, la guitarra acústica y los sintetizadores, la dama Juana acaba de editar Tres cosas, el disco que la convirtió en un fenómeno de ventas... en Japón. No por nada en esta entrevista define su música como “candombe japonés”.

Por Hernán Ferreirós

“Tengo que librarme de toda opinión” se propone Juana Molina en “Yo sé que”, acaso el track más revelador de su nuevo disco Tres cosas. “Dudo de lo que hago aunque me guste / Y si alguien viene y dice: mmm / largo todo y pienso en cómo hacerlo”. Entre un lamento y un programa estético, este canto a la duda, a la inseguridad personal marca el territorio en el que tiene que moverse la música Juana. “Soy muy sensible al juicio de los demás, aunque cada vez menos. El qué dirán rigió en mí durante años. Me parece que es un mal muy argentino. Estamos dominados por el que dirán y por la inseguridad tremenda que nos da la opinión del otro, el dedito acusador de uno que no hace nada.”
La actriz Juana, la esquizofrénica televisiva de diez, cien caras y otros tantos modos de hablar, nunca tuvo dudas acerca de lo que hacía. “Yo sabía perfectamente cuando un personaje me salía o no”, dice recordando los escasos cinco años que trabajó en televisión pero que parecen haber marcado, para bien y mal, toda su vida. “Cuando actúo no necesito que nadie me dé su opinión. No sé por qué puedo hacer eso con la actuación y no con la música. Puede ser porque cuando actúo no soy yo, estoy haciendo de otro. Cuando hago una canción tal vez pongo más cosas en juego. Y enseguida vienen las nubes negras.”
Una hipótesis aventurada podría sugerir que la carrera musical de Juana Molina se construye por oposición a su carrera televisiva. Es el reverso, el negativo. Frente a la seguridad de la actriz, aparecen las dudas de la compositora. Frente a la exposición de la TV, la introspección de dos discos hechos casi a solas en un estudio hogareño y en los que no se ve ninguna imagen de la autora (en la tapa de Segundo apenas se intuye su nariz que asoma tímidamente tras el telón de su cabellera; la tapa de Tres cosas es una sombra surcada por destellos anaranjados). Frente a la accesibilidad inmediata de sus personajes (después de verla a ella, descubríamos que nosotros también podíamos hacerlos, aunque no tan bien), un conjunto de canciones que dan la espalda cada vez más al idioma fácil de la música pop. Frente a la multiplicidad de personalidades televisivas, una personalidad musical única que se consolida en este nuevo disco, a años luz de Rara (1996), el primer disco de su segunda carrera, un álbum más cercano a las convenciones del rock indie, grabado en condiciones muy distintas bajo la evidente tutela de Gustavo Santaolalla.
Los dos últimos trabajos de Juana Molina son un bloque sólido de canciones, dos pasos en un mismo camino, aunque Tres cosas es aún más extremo que su predecesor. Si Segundo era un disco sorprendente porque obligaba a convivir ecos del folklore nacional, de la música uruguaya y de la canción infantil con el lirismo etéreo de la cantautora en el espacio mínimo creado por una guitarra acústica, sintetizadores y una percusión programada, el nuevo disco lo es aún más, porque hace lo mismo en un espacio aún más pequeño.
“La palabra pequeño me duele un poco”, dice Juana. “Pero entiendo a qué te referís. La diferencia entre el primer disco y éstos es que no tuve productor. Los hice sola. Cuando grabé Rara, todo era más complicado. Armé una banda, pasamos meses ensayando y grabamos una serie de demos que sonaban realmente mal. Lo que finalmente llegó a editarse no tenía mucho que ver con el concepto original. En esa época era impensable hacer un disco desde un demo. Desde que tengo computadora, cualquier cosa puede convertirse en un disco sin la intervención de nadie más. La primera grabación ya puede ser parte del álbum, no tiene por qué ser regrabada. A mí me gusta mucho dejar que se note la inspiración del momento de creación.”
Aun más que Segundo, el nuevo disco adopta un tono menor, susurrado, calmo. Es música para la hora de la siesta, canción de cuna. Es la materialización del sonido de un sueño. Y con menos beats, menos estructura, menos ganchos pops que su predecesor. Parece como si JuanaMolina hubiera decidido que hacer un disco básicamente con una guitarra, teclados y una computadora fuera demasiado y la computadora empezara a perder relevancia. “Yo sé que a mucha gente este disco le parece un espanto. Me dicen: Ah, sí, qué lindo, pero en realidad se preguntan por qué no sigo haciendo canciones como las que hice en Rara... Este disco no es música pop.”
Segundo, con sus versos del Martín Fierro, con sus referencias pastorales, con sus bases programadas, con la colaboración de Daniel Melero, con los colchones de clics y blips sobre los que se recostaban las melodías, podía ser llamado un disco de folk electrónico o de electrónica rural. Este nuevo trabajo es aún más difícil de clasificar. “De ningún modo pienso que lo que yo hago sea música electrónica. No puedo pensar un nombre, una categoría. Un amigo dice siempre que mi música es como un candombe japonés. Creo que tiene razón.”

Big In Japan
Una estadística impensada señala que Segundo es el disco argentino más vendido en Japón. Desde hace más de un año, Juana Molina exporta sus discos por su cuenta a Oriente, con un resultado que supera sus propias expectativas. “Segundo se lo di al sello Frágil y ellos no hicieron nada. Terminé comprándoselos de vuelta y a la semana empecé a vender en Japón. Todo empezó porque mandé un disco. Me dijeron: Mandale un disco a este tipo, que si le gusta te compra. Y así fue. Es el proveedor de todas las cadenas grandes: Tower, HMV, Virgin. Ya vendí cerca de 15 mil copias.”
¿A qué atribuís esta respuesta?
–No sé. Iban a verme chicas del colegio tal como se ven en los dibujitos. Iban con los discos en la mano, temblando, con la foto. Colas de horas, horas, para firmar discos después del show. Y todos te traen un regalito. Es una costumbre japonesa, te llenan de regalos. Es muy cálido el público. Sentí que había una onda increíble. En un recital había como cinco mil personas todas con los ojos cerrados, escuchando, todos medio sonrientes, como en trance. En las disquerías, mi disco estaba recomendado al lado de los de Tortoise, Björk y Radiohead. Fue muy enriquecedor para el ego.
Lo contás como si sintieras que es algo que no te puede pasar a vos.
–Es que me crea como una sensación rara. Siento que es para nadie. Como Japón está tan lejos de todos nosotros, nadie se entera. Siento que es como un premio sólo para mí. Me da como una congoja. Sé que es muy importante, pero también que no va a trascender. Al mismo tiempo me da mucha seguridad. En Japón, todos los shows salían perfectos. Es increíble cómo te cambia saber que no hay ningún prejuicio. Ahí nadie sabía que yo era actriz.
A pesar de que hace casi diez años que Juana no está en televisión, de que estudia música desde la adolescencia, de que ya editó cuatro discos (el primero es una recopilación de las canciones que aparecían en Juana y sus hermanas y que no forma parte de su discografía “oficial”), para mucha gente, Juana Molina sigue siendo una actriz que cree que puede hacer música. La forma del prejuicio es la siguiente: la fama adquirida en la televisión le permite editar discos que, si estuvieran sostenidos exclusivamente por su talento como compositora, jamás verían la luz. El mismo prejuicio funciona al revés, para todos los músicos que intentan comenzar una carrera como actores. Pareciera que, para la opinión generalizada, ambos mundos son incompatibles. Un músico sólo puede ser reconocido como actor a cambio de su credibilidad como músico; un actor no puede ser músico a menos que se olvide de su faceta actoral. Ante la fuerza del prejuicio, este último es el camino elegido por Juana. “A veces lamento no ser una desconocida total. Es más cómodo, sos más libre”, dice. Pero lo llevó aún más lejos: sus dos últimos discos son todo lo contrario de lo que se podría esperar de alguien que pretende capitalizar su fama en otro medio. Son discos introspectivos, personales, que agradan, pero no están hechos exclusivamente para agradar. Son discos que, claramente, no pueden sino dejar perplejo o hasta ofuscar a cualquiera que espere de Juana Molina algo parecido a lo que se veía en su programa de TV.
Al mismo tiempo, son mucho más que un “fuck you” a los insufribles que gritaban “¡Hacé un personaje, hacé la coreana!” en sus shows. En Japón, donde ignoran todo acerca de su carrera televisiva, su música entra dentro de la categoría Onkyo kei (literalmente: “la escuela de la reverberación del sonido”), un término que se usa desde la década pasada para identificar a cierta música de avant garde, aquella que privilegia la textura del sonido por encima de la estructura. “En la gira, muchos músicos de vanguardia querían tocar conmigo. Yo le decía que sí a todo el mundo, porque me parecía una descortesía total no aceptar. Toqué con (el violinista) Yuji Katsui, con un percusionista que tenía un set con unos instrumentos que no había visto en mi vida, con Simon Fisher Turner (el compositor de las bandas sonoras de las últimas películas de Derek Jarman). Yo no conocía a nadie. Pero me hicieron sentir que había llegado la gran innovadora.”

La infancia de Juana
Molina reconoce a María Elena Walsh (“De chica gasté Canciones para mirar”) como una influencia importante. En Segundo versiona el clásico “que llueva, que llueva...”. Sus canciones están llenas de rimas en diminutivo. Muchas veces parece un niño quien habla en ellas. Todo esto para decir que la añoranza, el recuerdo, la experiencia de la infancia aparece como un componente crucial en sus discos. “Yo me identifico mucho con mi infancia. Yo la vivo como un momento muy feliz. Hasta los 9 años para mí hubo sólo felicidad. A los 14 me fui del país. La infancia de antes de la dictadura fue totalmente normal: madre, padre, abuelos. Además, a mí la dictadura no me afectó porque yo era muy chica.” Los recuerdos de la infancia de Juana contradicen el relato habitual de los exiliados: “Mi visión era que estábamos bárbaro, en una casa lindísima. Y todos lloraban lamentado lo mal que estaba todo. Pero la verdad era que no estábamos tan mal. Estábamos en París, la Ciudad Luz...”
¿No te costó adaptarte?
–Un poco, pero aprendimos el idioma, nos hicimos de amigos. Nos daba la sensación de que nuestros padres se quedaban con el Obelisco y el dulce de leche. Y a nosotros nos provocaba una especie de rechazo, esa actitud. Si estás exiliado y la estás pasando pésimo, ok. Pero si estás en un departamento bárbaro, ganás guita, trabajás y tus hijos están sanos, adaptate, y pasala lo mejor posible hasta que puedas volver. Al principio nosotras estábamos chochas, nos sentíamos como más importantes porque vivíamos en Europa, esa cosa tonta de la adolescencia que ciertos símbolos te dan más seguridad. Nos parecía que teníamos que adaptarnos: adonde fueres haz lo que vieres. ¿Por qué voy a buscar otro hijo de exiliados que también tenga padres que lo torturen con esa idea todo el día? Medio que nos abrimos sanamente de eso.
¿Por qué decidiste volver?
–Porque ya no aguantaba más París. Ahí, no había nadie que me pusiera un límite. No me gusta ser el ejemplo de la que le va mal en el colegio, pero a mí me fue muy mal. No pude terminar el colegio allá. Y cuando volví tenía que dar tantas equivalencias que di todo libre en un bachillerato para adultos. Lo hice porque quería ser bachiller. Me parecía que estaba mal no ser bachiller.
¿Ya hacías música?
–Siempre hice música. En París, mi hermana y yo fuimos al conservatorio. Ella tocaba el arpa. Y hacíamos un repertorio propio. Cuando nos vinimos a vivir acá, Inés empezó a estudiar el saxo. Hicimos mucha música las dos. Cuando me di cuenta que de la música no iba a vivir, me propuse encontrar un trabajo que me pagara bien y que no me consumiera mucho tiempo. Así me conseguí el laburo en “La noticia rebelde”. Grababa los lunes para toda la semana y en Actores me pagaban los cinco días: era perfecto. Pero después vino Gasalla, y después mi programa y me fui alejando de la música, sin darme cuenta.

La angustia de las influencias
Si pretendiéramos avanzar con la hipótesis que nos sugiere que Juana música es el negativo de Juana actriz, habría que apuntar que, así como sus personajes se basaban en la observación y en la imitación, su música no se parece a nada reconocible. Es cierto que el cantautor uruguayo Eduardo Mateo es una influencia que se cita regularmente, pero, en sus discos, está lejos de copiarlo. Dentro de la música argentina, acaso el álbum más cercano a los últimos discos de Juana sea Kamikaze, el unplugged avant la letre de Luis Alberto Spinetta. Juana dice que nunca escuchó este disco y, una vez más, las similitudes son muy menores. “Me autocastro constantemente. Una vez me pasó que hice una melodía y me parecía que era igual a otra cosa y la dejé. Años después, encontré en un cassette esa canción, que era mía: algo que había hecho y que había olvidado por completo. Por eso cuando me volvió a salir me sonaba conocida. Después nunca la retomé, quedó injustamente relegada. Me gustan mucho los músicos que no se parecen a otra cosa, que tienen algo que no conozco. Pero últimamente no me pasa mucho de encontrar discos que me lleven a pasear, capaces de crear un paisaje sonoro distinto. Nick Drake es de los pocos que siempre tiene ese efecto en mí. El solo te va llevando con algo muy simple por un camino muy profundo, y colorido y variado, hipnótico y todas esas cosas que pasan con Nick Drake.”

Es una influencia que no se señala seguido en tu música. ¿Cómo lo descubriste?
–Petra Hagen, la violinista que conocí en Los Angeles y que toca en mi disco, me regaló Five Leaves Left. Me enamoré perdidamente, ¡aparte con esa cara! Pensé que era un amigo de ella y le dije: “¡Presentámelo ya!”. Y ella me explicó: “No, Nick Drake se murió como en el ‘70...”. Me quedé extasiada y shockeada porque no podía creer que eso ya hubiera terminado. Y me llamó mucho la atención la similitud, salvando las distancias de calidad técnica y quizás interpretativa, pero no musical, con Eduardo Mateo. Hay un tema que se llama “Cello Song” que bien podría ser una canción de Mateo. Es curioso, porque Mateo solo bien se lame y Five Leaves Left son del mismo año: como hay algo de lo que uno se cuelga que existe, que está en el ambiente. Es imposible que se hayan conocido. Y sin embargo, la percusión, el sonido, la composición, la forma en que está concebido el tema es igual. En un momento traté de contactar al arreglador de “River Man”, que no es el mismo del resto del disco. Me gusta particularmente ese arreglo de cuerdas. Lo busqué por Internet pero nunca di con él.
¿Cuál es el estado ideal para componer?
–Para mí es cuando estoy muerta de sueño, a punto de dormirme. Ahí es cuando me salen las mejores cosas. Siempre trabajo igual. Voy haciendo un collage con las cosas que encuentro. Primero grabo una base, después empiezo a tocar cosas encima hasta que creo que tengo una canción. En ese momento, siempre me falta la letra. La melodía la hago cantando cosas así (canta algo que suena como “oso valto sona badera”). Después ese valto tiene que ser algo que vaya en ese lugar: alto, salto. Si le pongo “caído” ya se me fue al demonio la melodía. De las cosas que canto, todas las que quieren decir algo las pongo donde van y el resto lo lleno de manera tal que se arme una cosa coherente. Todo el proceso es como un collage.

Otras voces...
Cualquiera que trate, aunque sea brevemente, con Juana Molina se dará cuenta de que en su conversación hay inesperadas y brevísimas erupciones de personajes, algunos parecidos a los que hacía en televisión, otros distintos, pero todos tan graciosos que (ella va a detestar esto) uno no puede sino lamentar que se niegue a actuar. “Siempre tuve esa facilidad. Hace poco encontré unas fotos de fin de año de París y una compañera me decía Para Juana, con todo mi cariño, para la chica más graciosa. Lo había olvidado completamente, pero se ve que era algo que estaba en mí desde siempre.” ¿Por qué no aprovechar ese don para la música? “Hace poco empecé a descubrir otra manera de cantar. Así como tengo una gran paleta de voces para los personajes, empecé a pensar que podía tener una gran paleta de voces para las canciones. Me salió por primera vez cuando estaba haciendo algo que me pidieron para Japón, creo que fue por eso. Cuando se lo mostré a mi mamá me dijo (con la voz de Chunchuna): ‘Ay, me encanta... ¿quién es?’. A mí nunca me dice que algo que hago le encanta. ‘Soy yo, mamá.’ ‘Ay, no te puedo creer...’ Y me gustó haber descubierto eso, porque ahora tengo más cosas para hacer con mi voz que no había experimentado. Me gusta probar cosas nuevas, ver qué me sale. Solamente hay una cosa que sé de antemano: que nunca me va a salir un rockanroll.”


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“De ningún modo pienso que lo que yo hago sea música electrónica. No puedo pensar un nombre, una categoría. Un amigo dice siempre que mi música es como un candombe japonés. Creo que tiene razón.”
 
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