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Domingo, 15 de marzo de 2009

FOTOGRAFIA > ANDRE CYPRIANO PRESENTA SU MUESTRA SOBRE QUILOMBOLAS

Vivir afuera

Las quilombolas son asentamientos fundados hace más de 120 años por negros brasileños que huían de la esclavitud. En ellos se mantienene costumbres, artes y hasta lenguajes extinguidos en otras partes, incluido Africa. Ahora, el avance del Estado amenaza con inundarlos de modernidad sin un plan que contemple la preservación y el rescate de los tesoros que esconden. André Cypriano, el fotógrafo especializado en entrar en mundos marginales, exploró diez de ellas y tomó más de tres mil fotos. La muestra Quilombolas llega a Buenos Aires y él mismo la presenta.

 Por Angel Berlanga

Desde el comienzo, cuando lo invitaron a participar del proyecto de documentación de las quilombolas del nordeste del Brasil, André Cypriano supo que se encontraba ante la posibilidad de un trabajo fabuloso. El asunto ofrecía, además de un reconocimiento a sus trabajos previos en favelas o en la cárcel Cándido Mendes (más conocida como “La caldera del Diablo”), la posibilidad de seguir adentrándose en una práctica que le interesa especialmente: conocer y fotografiar mundos marginales. Conviene contar, antes de seguir, a qué se llama quilombolas: se trata de asentamientos fundados hace 120 años o más por negros que, ante la perspectiva de la esclavitud, piantaron y preservaron, así, además de la libertad, usos, costumbres, religiones, arte. Dentro de la categorización entran también los grupos que en 1888, cuando a través de la Ley Aurea se abolió oficialmente la esclavitud en Brasil, conformaron sus propias comunidades y conservaron muchos de sus rasgos originarios. Cypriano tomó unas tres mil fotos en diez de esas comunidades de distintos estados brasileños, y junto al geógrafo y ambientalista Rafael Sanzio Araújo dos Anjos, a cargo de la investigación y los textos, hicieron el libro Quilombolas. Tradición y cultura de la resistencia. En una muestra que lleva el mismo nombre, montada en la Fundación Centro de Estudios Brasileiros, pueden verse cuarenta de esas imágenes seleccionadas por Cypriano.

“Defino mi fotografía como documentalismo autoral, porque mi trabajo tiene mucha relación con mi experiencia con las personas, que en la mayoría de mis fotos posan para ser retratadas”, dice este fotógrafo nacido en San Pablo, en 1964, que vino a Buenos Aires para presentar la muestra. “Cada quilombola era muy diferente a la otra –explica en un portuñol voluntarioso y efectivo–. Había algunas más urbanas, otras en el medio de la foresta, otras desérticas; algunas de muy poquitas personas y otras con cinco mil, aunque la mayoría tienen entre 50 y 100 habitantes.” Cuando el libro se editó, en 2006, había un registro de 2842, pero ahora, con los trabajos de nueva “cartografía social”, ya se detectaron más de cuatro mil sitios con estas características. “Hay una cerca de San Pablo, Cafundó, en la que hay tres hermanos que hablan un dialecto africano que ya no existe más ni en Africa, porque la tribu que lo hablaba se extinguió –cuenta–. Este trabajo busca tomar registro de la existencia de estos rasgos culturales y concientizar sobre la necesidad de hacer algo para preservarlos. En cada sitio hay una religión, unos juegos, una tipología arquitectónica o alguna otra cosa que es única.”

En efecto, los rostros y las escenas capturadas por Cypriano remiten a Africa: es muy fácil imaginar que las fotos fueron tomadas en aquel continente. Pregunta qué significa “quilombo” en la Argentina, y cuando oye un par de acepciones cuenta que en Paraguay se la sigue usando para aludir a los prostíbulos. “Es un término que tiene origen en la lengua banto y su significado se aproxima a palabras como campamento, habitación –dice–. En un sitio de Congo quiere decir ‘lugar para estar con Dios’.” Las quilombolas son los quilombos de hoy y abarcan infinitos cruces culturales, con la adaptación de algunos rasgos y la preservación intacta de otros. Cypriano se detiene en los detalles de unos cestos, en los orígenes guerreros de la danza maculelé, en unos ladrillos artesanales. “Las comunidades que tenían menos recursos, en las que por ejemplo no había electricidad, son las que me parecieron más felices –dice–. Increíble. Pero en las vidas más simples, donde no están muy preocupados por las ganancias, encontré menos competición y más armonía. Cuando me fui de una, luego de hacer las fotos, los postes de electricidad ya estaban en la puerta de entrada, y yo decía: ‘Esto se va acabar, porque van a asistir a las noticias nacionales, a las novelas, van a mirar televisión’. Cuando fui la siguiente vez, las hijas ya estaban con ‘la danza de la garrafa’, que es muy sexy y extravagante y estaba de moda en la TV.” Cypriano sostiene que si la corriente eléctrica no llega a la par de un trabajo de educación dentro de la comunidad, “van a perder más que a ganar, van a destrozar las minorías”. “La esclavitud duró cuatro siglos y acabó hace poco más de cien años: tenemos una deuda con los afrodescendientes –dice–. Nada mejor que empezar por la raíz de la cosa, y las quilombolas son eso. Todos los beneficios y los estudios tienen que llegar, pero preservando la cultura y sus derechos. Ahora hay una polémica muy grande en Brasil, porque se está haciendo una ley de cota de acceso para los negros a las universidades. Y muchas personas piensan que va a traer problemas de racismo”.

Cypriano vive unos meses al año en Nueva York, en cuyas galerías suele exponer sus trabajos; el resto del tiempo –cuando no anda por el mundo, haciendo fotos– lo pasa en praia da crena, en Ilha Grande. “Un lugar paradisíaco”, dice. En el que cabía, también, el infierno: hasta 1994 estuvo ahí “La caldera del Diablo”. Ocho meses antes del cierre, Cypriano tomó una serie de fotografías que derivarían en su primer libro, con imágenes de la cárcel y los presos; ahí conoció a los líderes de la organización criminal Comando Vermelho, quienes lo invitaron a hacer otra serie sobre Rocinha, una de las favelas más grandes de Río de Janeiro. Cypriano pregunta por las villas de Buenos Aires y cita al sociólogo urbano Mike Davis: “En uno de sus libros, Planeta favela, anticipa que en diez años la mitad de la población mundial va a estar viviendo en la informalidad”, dice. En 2003 fue invitado por el gobierno de Alemania para trabajar durante tres meses sobre los barrios marginales de Caracas. Acaba de hacer imágenes en los asentamientos precarios de Paraguay y en Soweto (apartheid, Mandela, Sudáfrica). “Este año voy a ir a México y a la India, donde está la favela más grande del mundo”, dice. ¿Por qué le interesan estos sitios? “Einstein acostumbraba decir que la divinidad de la vida es el misterio de lo desconocido –dice–. Yo voy a buscar eso. Si los jefes de la Comando Vermelho me daban la oportunidad de ir, no había duda. Pasé treinta días ahí, con muchos problemas de seguridad, claro, pero menores que andar por Copacabana, que es más peligroso (se ríe). Son sitios con emociones extremas: mucha felicidad y mucha tristeza. Pero son muy creativos y hay una unión muy grande entre las personas, una solidaridad que no vi en otras partes. De ahí me invitaron para ir a otras favelas, y así hice diez en Río: la organización sabía que yo conocía las reglas y que no las iba a romper.”

La invitación para hacer Quilombolas surgió, en parte, por su experiencia para entrar en comunidades más bien cerradas. “Mucha gente promete cosas y después no las cumple –explica–. En la primera comunidad que fui, cerca de San Pablo, me dejaron como una hora esperando, consultaban entre ellos. Me dijeron que me daban la autorización porque fui sincero al decirles que no les iba a dar nada. Lo único que doy son las fotos: ésa es mi religión. Y pago, por supuesto, si necesito comida, alojamiento o guía. Acabo siendo amigo de las personas, después.”

¿Hay mucho racismo en Brasil? Cypriano se toma dos segundos y dice, contundente: “Sí. Poco a poco se está por cambiar, pero a toda hora acontecen situaciones muy racistas –dice–. Si uno mira los sectores del gobierno, el porcentaje de afrodescendientes es muy pequeño. Si alguno va manejando un carro nuevo, la policía lo va a parar para investigar si es un robo. Conozco al presidente de Olodum, en Bahía, que no puede tener carro: lo paraban todo el día. Cuando yo iba a un restaurante de clase media alta con la abuela de esta chica –Cypriano señala la tapa del libro sobre Rocinha–, la gente nos miraba extrañada; sin hosquedad, pero como preguntándose si sería una cantante o una actriz. Sólo así una persona de estas características podría estar allí. Mucha gente podrá decir que no, pero el racismo todavía es muy grande”.

Quilombolas. Tradiciones y cultura
de la resistencia. Fotografías de André Cypriano. Fundación Centro de Estudos Brasileiros (Esmeralda 969).
Lunes a viernes de 8.30 a 21.30
Sábados de 9.30 a 12.30
Hasta el 6 de abril
Entrada libre y gratuita

Más información y fotos de Cypriano: www.andrecypriano.com

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André Cypriano de paso por Buenos Aires: el fotógrafo ya trabajó en la Rocinha, una de las favelas más grandes de Río, y registró también asentamientos en Paraguay y Soweto (Sudáfrica). Este año, va rumbo a México e India. En todos lados ha sabido ganarse la confianza de sus habitantes, trabajando con la colaboración, incluso, del célebre Comando Vermelho de Río.
Imagen: Alfredo Srur
 
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