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Domingo, 20 de septiembre de 2009

RADAR LIBROS #4

Contar el cuento como Dios manda

Con El oficio de los santos, Federico Andahazi da a conocer una serie de cuentos que escribió en diferentes bares durante los años ’80. Con notable unidad estructural y un buen pulso para el humor catastrófico, estas piezas trazan una genealogía argentina del novelista cosmopolita.

 Por Juan Pablo Bertazza

El oficio de los santos
Federico Andahazi

Emecé
129 páginas

Todo aquel que se topó con los cuentos de El árbol de las tentaciones (1998) habrá sospechado que algo extraño había tras la cortina de moto y campera de cuero de Federico Andahazi. Apenas una duda, una sospecha demasiado pequeña para trascender los comentarios off the record y demasiado nueva para modificar un dictamen: acaso detrás de ese escritor tan masivo como polémico (Amalita Fortabat rechazó la novela que obtuvo su propio premio por “ir contra las buenas costumbres” y El Conquistador fue acusado de plagio, causa por la que fue sobreseído) habría algo que no sólo no sabíamos sino que, esto es lo peor, el mismo Andahazi había decidido mantener en reserva.

Diez años después, aquella leve sospecha encuentra agravantes con la aparición de El oficio de los santos, libro que reúne nueve cuentos escritos por Andahazi antes del éxito de El anatomista, es decir, cuando el autor tenía poco más de veinte años. Y el olor a gato encerrado resulta ahora tan fuerte como el de la propia orina felina: ¿por qué Andahazi tardó tanto en publicar estos relatos que, en su mayoría, son (por lo menos) muy buenos? Tal vez, un detalle que se repite en todos los cuentos la cohesión estructural es uno de los grandes logros de este libro empiece a hilvanar una respuesta: además de la fecha de escritura de cada relato (casi todos corresponden a la primera mitad de la década del ‘80), Andahazi agrega el nombre del bar donde los escribió, algo que evidentemente subraya una búsqueda bohemia, auténtica y, en definitiva, literaria que no se corresponde con la imagen de autor que destilan sus últimas novelas.

El oficio de los santos es, entonces, un libro que no contradice aquello de que el cuento es el género tradicional por excelencia de la literatura argentina: montado en torno de un pueblo fantasma terriblemente vívido, Quinta del Medio, en el que conviven una serie de personajes tan extraños como bien delineados –entre ellos, un cura del tercer mundo pero conservador: Toribio de Almada, y Pierre, un médico que le hace la competencia al llegar al pueblo desafiando a sus pacientes a no morir luego de su extremaunción y robándoles a todos sus feligreses– que van desfilando entre los cuentos incluso desafiando cronologías. Como sucede con el militar Severino Sosa, quien participa tanto de los conflictos entre unitarios y federales como de la guerra de Malvinas, rata traidora no apta para lectores irascibles cuya frase de cabecera resuena una vez que se cierra el libro: “Sepa que estoy en deuda con usted, sucede que odio tener deudas”.

Plagados de ejércitos, bandos, batallones y combates mínimos dentro de grandes guerras, estos cuentos van, precisamente, desde la alianza conmovedora entre La Gringa, una vieja borracha que es secuestrada por equivocación, y un verdugo que la adopta como su propia madre (“El sueño de los justos”) hasta la impresionante historia de un soldado de apellido irlandés que se recluta voluntariamente en un batallón de Malvinas para vengar el secuestro de su hermano, urdido por un militar llamado Sosa de cuya cara nunca pudo olvidarse, y a quien incluso termina salvándole la vida buscando cocinar bien fría su venganza (“El Dolmen”).

Si bien el tono de muchos de estos cuentos recuerdan al Borges de “Historia del guerrero y de la cautiva”, hay que decir que alcanzan mucha originalidad debido, sobre todo, a ese insistente trabajo de repeticiones a distinto nivel que refuerzan la estructura general del libro –casi todos los cuentos, por ejemplo, empiezan con la fórmula “fue el mismo año en que...”–. Otro rasgo original tiene que ver con el contraste entre la gravedad de lo que se cuenta y el uso de un humor muy eficaz (se suele decir que “colgaron cabeza abajo a alguien recién decapitado”) que, por momentos, llega a despertar carcajadas, especialmente en el excelente cuento “Almas misericordiosas” en que en medio del conflicto entre unitarios y federales, un rehén cree estar siendo ayudado por una de las mujeres enemigas de manera muy amorosa, tan amorosa que lo usan como esclavo sexual junto a otras mujeres, una de las cuales es “contrahecha, deforme, gibosa, tuerta, renga, vieja, hedionda, calva, lívida, enferma, escrofulosa, sucia y harapienta”.

Así las cosas, este nuevo volumen de cuentos añejados vuelve a diferenciarse de las novelas de Andahazi en cuanto resuelve meter mano en temas de raigambre nacional a diferencia de las temáticas más cosmopolitas de sus novelas; aunque, al mismo tiempo, y paradójicamente, dado su notable poder estructural, puede leerse como una novela.

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