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Domingo, 15 de noviembre de 2009

TEATRO > LA COCINA, EL LADO OCULTO DE LAS OLLAS

El horno y los bollos

Cuanto más hambre hay en el mundo, más de moda se pone la comida. Y encima, bajo el embaucador encanto del cuidado artesanal y el amor al comensal. Por eso, la puesta de Alicia Zanca de La cocina, una crítica obra escrita por el inglés Arnold Wesker ya en 1957, pone en escena el otro lado de la gourmandise, la cocina de la cocina, y todo eso que está en su plato aunque usted no lo vea.

 Por Juan Pablo Bertazza

El lugar común dice que el ingrediente secreto de la cocina es el amor. Toda la industria de la cocina –desde las cartas de los restaurantes palermitanos hasta las sonrisas de los chefs del Canal Gourmet– comparte con el mercado del placer la misma idea, el mismo simulacro: todo se hace para vos, aunque vos no tengas ninguna individualidad, aunque vos no seas, ni siquiera, una segunda persona. Sin embargo esta flagrante contradicción no es para nada un fenómeno nuevo: ya en 1957 Arnold Wesker –autor de otros títulos referidos al mundo gastronómico como Papas fritas y todo lo demás y Sopa de pollo y, sobre todas las cosas, un alguien que escribe sobre aquello que ha catado– escribió La cocina, a los veinticinco años, cuando trabajaba como repostero en un lujoso hotel de Norwich. Hoy, treinta años después de que Jorge Hacker hiciera la primera versión en nuestro país, Alicia Zanca adaptó la obra en una nueva versión, en un momento en que amor y cocina siguen siendo algo así como dos supuestas amigas aristócratas que se saludan, con hipocresía, con un beso en cada mejilla.

La cocina muestra, así, los bastidores, el backstage y, por qué no, la cocina de esa mentira según la cual lo que uno se lleva a la boca siempre fue hecho con amor. Una dilatada y multifacética acción sin amor que transcurre en un único escenario cerrado y a lo largo de un día: la cocina de un restaurante donde se reúnen 19 personas –entre cocineros permanentes, camareros y hasta gerentes del lugar que aparecen esporádicamente– conviviendo desde las siete de la mañana, cuando la cocina calienta de a poco los motores, hasta el clímax estresante de la hora de la cena, cuyo complejo frenesí aparece representado en una cantidad de diálogos y frases que se repiten rítmicamente como un batido de crema. Un despliegue coral que tiene, además, un correlato perfecto en la caótica armonía a cargo del coreógrafo Carlos Casella, en momentos de claro predominio físico que Zanca ya había puesto en práctica en algunas obras anteriores, como El zoo de cristal (2002) y Romeo y Julieta (2003).

Pero la obra no habla tanto de gastronomía como de lo que está por fuera de las ollas y sartenes; es decir, lo que se muestra no es tanto lo que inexorablemente debe ser terminado y completado –los platos que pasan al salón– sino justamente aquello que siempre permanece crudo, las relaciones humanas que se van tejiendo en la cocina: histeriqueos y manoseos que no pasan a mayores, insinuaciones que se asoman a la lujuria, fetos que no completan su gestación, compromisos que no comprometen nada; todo aquello que queda trunco debido a la fatigosa exigencia de abastecer a los comensales. Sin una pizca de amor, los cocineros están obligados a confeccionar alimentos con la mayor dedicación posible sin conocer a los comensales, sin salir del mundo asfixiante de la cocina y, sobre todo, conscientes de que nadie va a resguardarlos si tienen un accidente. Las relaciones de pareja que se van generando dentro de ese microambiente parecen seguir el mismo itinerario, especialmente la del cocinero que se enamora de una camarera casada a quien embaraza pero que ni aun así se decide a dejar a su marido. Algo que redunda también en uno de los tramos más notables de la obra, cuando todos confiesan sus sueños: una mujer por noche, dinero y otras superficialidades; sueños individuales, sueños a la defensiva, sueños en los que el amor recíproco no ingresa por ningún lado. Lo mismo parece apuntar la maravillosa interpretación dentro de la obra del tango “Besos brujos” (“¿Qué ha de ser tu vida al lado mío? ¡El infierno y el vacío, tu amor sin amor!”).

El cosmopolitismo de los personajes que acentúa la falta de amor por diversos problemas de comunicación a partir de distintos acentos, titubeos al hablar y muchas incorrecciones, se corresponde con la distribución que cada especialidad de los cocineros tiene en el espacio: está el sitio de los pasteleros, el de la pescadería, el de la verdulería y el de los que hacen la comida interna. Distintos compartimientos que frecuentemente se enfrentan y que, tarde o temprano, deben unirse para terminar aquello que saldrá al otro lado: el salón comedor que nunca podemos ver. Si cocinar es un trabajo de individualidades imbricadas en lo colectivo, la obra pondrá en cuestión los problemas de trabajar en equipo cuando no hay equipo o cuando los conflictos entre los personajes –ya sea por excesos, carencias u omisión– complican la cadena.

Lo más exquisito de La cocina es, entonces, su capacidad para mostrar, de un solo golpe de horno, la explotación de los trabajadores y la explotación del amor en un corte transversal que trasciende cualquier clase, cualquier corte.

La cocina se presenta en el Teatro Regio (Av Córdoba 6056), con funciones de jueves a sábados a las 21 y domingos a las 20 hs.

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Imagen: Carlos Furman
 
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