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Domingo, 19 de enero de 2003

POR ARIEL MAGNUS (DESDE BERLIN)

La vuelta al hogar

Legados Los restos literarios de Roberto Arlt no yacen en Buenos Aires –la ciudad que modeló con sus aguafuertes porteñas– sino en Berlín, en la biblioteca del Instituto Iberoamericano, prestigioso centro de investigación fundado en los años ‘20 cuyo comité de honor integran (entre otros) Carlos Fuentes, Antonio Skármeta y Sergio Ramírez. El pecado no es del todo irrazonable: el autor de Los siete locos era de origen alemán, y sólo en Berlín la guía telefónica registra más de 200 Arlt. Incluida una muy arltiana empresa de soldaduras.

Estudiosos y fanáticos no quedarán indiferentes ante la noticia: ya está a disposición del público, cuidadosamente catalogado y en un ambiente ideal para su perfecta conservación, buena parte del legado literario de Roberto Arlt. Manuscritos (entre ellos una versión inédita de Saverio el cruel), cartas personales, fotografías que el escritor tomó durante sus viajes por España y por Africa, una vasta colección de artículos periodísticos escritos por él o sobre él y traducciones de sus libros a distintos idiomas pueden ser consultados de lunes a viernes en el cómodo horario de 9 a 19 (los sábados sólo hasta las 13), sin previo aviso y en forma absolutamente gratuita. La única posible incomodidad para el usuario argentino acaso radique en el hecho de que la biblioteca que se honra de ofrecer estos servicios queda a dos largas cuadras (ahora, en pleno invierno, escandalosamente largas) de la estación más cercana de subte: Potsdamer Platz, Berlín.
A primera vista, el hecho de que los restos literarios de Roberto Arlt yazgan en los tranquilos anaqueles del Instituto Iberoamericano de Berlín (y no en la Biblioteca Nacional, por ejemplo, o en alguna biblioteca barrial de Flores) puede parecer extraño, cuando no injusto. Sin embargo, algunas circunstancias demuestran que el juicio es apresurado. “Nuestro Instituto existe desde hace 70 años”, cuenta Peter Altekrüger, director de la biblioteca del Instituto, en diálogo con Radar, “y existe por una causa muy simple: a mediados de los años ‘20, la familia del profesor argentino Ernesto Quesada regaló al Estado prusiano su biblioteca, una de las más importantes no sólo de la Argentina sino de Latinoamérica. Gracias a esos 82 mil volúmenes nació el Instituto Iberoamericano de Berlín, Patrimonio Cultural Prusiano. Por lo tanto, los argentinos son de alguna forma los culpables de nuestra existencia”. Otro antecedente es la así llamada “Biblioteca criolla” de Roberto Lehmann-Nitsche, profesor de antropología en la Universidad de La Plata hacia principios del siglo pasado, que reúne poesía popular argentina de 1880 a 1920. “El Instituto tiene unos dos mil ejemplares”, calcula Altekrüger, “con lo que debe ser la colección más grande del mundo de este tipo de material”.
Tampoco el interés por Roberto Arlt es nuevo. En 2001, el Instituto publicó una monografía basada en el congreso sobre Roberto Arlt que se realizó en Alemania: Roberto Arlt: una modernidad argentina, editado por José Morales Saravia y Barbara Schuchard. Eso ocurrió antes de que Mirta Arlt, hija del escritor, decidiera ofrecerle al Instituto el material que poseía sobre su padre, incluido su archivo personal de cartas familiares. “El Instituto le fue recomendado a la señora Arlt por una ex becaria nuestra –comenta Altekrüger–, y para nosotros fue un honor que nos eligiera como destinatarios de un material tan importante y tan querido. Fue una oferta muy generosa por parte de la señora Arlt.” Invitado a precisar el alcance de la generosidad de la oferta, Altekrüger prefiere no dar detalles: “Comparado con otros legados, el precio fue aceptable. No es bueno hacer público el monto de este tipo de transacciones. El valor de los manuscritos cambia de caso en caso, y sólo se fija en el momento de la compra. Uno puede pedir lo quiera, pero hay que encontrar a alguien que lo pague. Un caso paradigmático es el de los manuscritos de Cien años de soledad. La primera vez que los remataron pidieron un millón de dólares, la segunda medio millón, y en ningún caso encontraron comprador. Lo que paga una institución como la nuestra no se puede ni comparar con lo que se pide en esos remates, pero eso no significa que sea poco. Además, no hay que olvidar que en los remates públicos el 80 por ciento va a parar a manos privadas, por lo que después nadie tiene acceso a esos manuscritos. Acá, en cambio, tenemos de 100 a 200 personas por día, muchos de ellos latinoamericanos, que acceden libremente a ese tipo de materiales”.
Altekrüger estima que lo adquirido es sólo una parte del legado total de Roberto Arlt. “Sospechamos que la otra parte se encuentra en manos de susegunda esposa, con la que trataremos de entrar en contacto. Nos gustaría poder reunir todo el legado Arlt en nuestra biblioteca, cosa que además facilitaría el trabajo de los investigadores. Claro que no estamos dispuestos a hacerlo a cualquier precio, principalmente porque la situación financiera de Berlín no es en este momento la mejor.” Los proyectos respecto de lo adquirido, además de su ordenación y mantenimiento, se centran en la primera versión de la obra de teatro Saverio el cruel. “Nosotros la llamamos UrSaverio, así como llamamos UrFaust a la primera versión del Fausto de Goethe. Se trata de una versión mecanografiada y aún inédita de un solo acto, en la que la acción transcurre en un manicomio y no en la vida cotidiana, como es el caso en la versión final de tres actos. Durante su estadía en Berlín, la señora Arlt nos ayudó a descifrar las notas manuscritas de su padre. No bien se solucionen algunos problemas de derechos, nuestra idea es hacer una edición crítica, para la que estamos abiertos a propuestas por parte de los investigadores.”
Para atraer a estos y otros investigadores, el Instituto Iberoamericano de Berlín –el más grande de Europa en su tema– concede una beca por año, complementaria de las que ya ofrece el DAAD. Como Berlín y Buenos Aires son “ciudades hermanas”, el Instituto planea para el año 2004 unas jornadas de teatro, cine y literatura que se llevarán a cabo simultáneamente en ambas capitales. La segunda parte de 2004 tendrá también a la Argentina como tema central en la Larga noche de los museos, cuando los museos berlineses abren sus puertas hasta las tres de la mañana y se llenan de miles de curiosos nocturnos. Anticipándose a estos eventos, el Instituto ha publicado Argentina hoy, un libro de ensayos que, según opinión de Altekrüger, pasará en los próximos años a ser la obra básica sobre el tema en idioma alemán.
La distancia entre Buenos Aires –esa ciudad que Roberto Arlt casi ayudó a inventar– y Berlín –que ahora lo resguarda de la humedad– no parece a fin de cuentas tan grande. El mismo Arlt era de origen alemán (su padre era prusiano y su madre austríaca), y a ese origen debe su apellido, que a su vez le inspiró una de sus aguafuertes porteñas más geniales. “A consecuencia de la musicalidad y poesía de mi apellido”, cuenta Arlt en “Yo no tengo la culpa”, “me echaban de la escuela con una frecuencia alarmante”. Ningún maestro sabía cómo se pronunciaba “eso”, y la aclaración por parte del alumno Arlt de que debía articularse “cargando la voz en la ele” difícilmente conseguía aliviar la ofuscación del pedagogo. Más tarde, ya cuando trabajaba como periodista, su apellido seguía levantando sospechas. Ciertos lectores con afanes detectivescos, dando por sentado que se trataba de un seudónimo, le hacían llegar cartas con hipótesis descabelladas acerca de quién era esa persona que “a través de su Arlt” y sus aguafuertes les mostraba a los porteños quiénes eran ellos. Estas elucubraciones alrededor de su apellido le “reventaban”: al fin y al cabo, él no tenía la culpa de llevar esas “inexpresivas cuatro letras” a continuación del nombre. Incapacitado de saber “qué barbaridad habrá hecho ese antepasado (de Germania o de Prusia) para que lo llamaran Arlt”, el autor de El juguete rabioso cuenta que acabó por resignarse y aceptar que era Arlt, “de aquí hasta que me muera”.
En el momento de redactar esas líneas, Arlt no calculaba, acaso porque nunca escribió para la posteridad, que más de medio siglo después de su muerte aún seguiría llamándose Arlt, y que una institución germano– prusiana se encargaría de conservar y difundir ese apellido por mucho tiempo más. Al menos ya no tendrá que preocuparse por “andar demostrándole a la gente que una vocal y tres consonantes pueden ser un apellido”. Un rápido sondeo entre los empleados de la biblioteca del Instituto Iberoamericano de Berlín demuestra que el apellido Arlt no presenta ningún problema de pronunciación. Es natural: sólo en Berlín, la guía telefónicaregistra más de 200 Arlt, y a este nuevo habitante de la ciudad no le disgustará saber que incluso existe una Empresa de Soldaduras Arlt. ¿Se dedicarán también a galvanizar rosas o a soñar con corbatas metálicas, como Erdosain en Los siete locos? Sea como sea, la vuelta de Roberto Godofredo Christophersen Arlt a la tierra de sus padres –en lo que un filólogo alemán llamaría Ringskomposition, o composición en anillo– tiene también algo de familiar. Aunque sea justo extrañarlo.

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