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Domingo, 21 de marzo de 2010

Su padre compuso una de sus mejores canciones inspirada en 2001: Odisea del espacio, de Stanley Kubrick. Ahora él debuta como director con una película que rinde tributo por igual a la “Space Oddity” paterna y a la película de Kubrick. Pero Duncan Jones, el hijo de David Bowie, también crea con Moon una obra propia que retrata y reflexiona sobre la soledad en el Universo de un hombre aislado en la Luna de un modo tremendamente propio.

 Por Alfredo Garcia

En 1969, David Bowie lanzó uno de los mejores temas de toda su carrera: el inolvidable “Space Oddity” se escuchaba simultáneamente con la llegada del hombre a la Luna, y ya desde el título era clara la referencia a 2001: Odisea del espacio de Stanley Kubrick, aunque de todos modos la canción era una metáfora de un adicto perdido en su cosmos cerebral (por si quedaba alguna duda, Bowie lo explica bien en un tema muy posterior, “Ashes to Ashes”).

Pasaron 40 años, y Duncan Jones (también conocido como Zowie Bowie, hijo de Bowie y la famosa Angie de la canción de los Stones) debuta como director con un largo llamado Moon, estrenado el mismo día del aniversario de la llegada del hombre a nuestro satélite, y con un guión –basado en un argumento propio– que cuenta la odisea de un astronauta aislado en una base ubicada en el lado oscuro de la Luna.

Las referencias –u homenajes, como se lo quiera llamar– a 2001 de Kubrick también son claras, y quizás a esta altura inevitables, dada la naturaleza del tema.

Moon, que acaba de ser editada en DVD, sin pasar por los cines, con el título En la Luna, transcurre en un futuro próximo donde todos los problemas energéticos de nuestro planeta han sido solucionados gracias a una empresa que descubrió la capacidad de aprovechar un combustible sumamente poderoso, el Helium 3, extraído mediante una serie de dispositivos ubicados en el lado oscuro de la Luna. Si bien esos dispositivos están altamente robotizados, la presencia humana siempre es indispensable, por lo que un único astronauta debe permanecer in situ largos períodos totalmente aislado para controlar las cosas.

Al principio del film, el director nos muestra al protagonista casi absoluto del film, el astronauta Sam Bell (interpretado por Sam Rockwell), barbudo y desaliñado luego de permanecer en la base casi tres años. El mismo reconoce que el aislamiento lo está empezando a perturbar un poco, lo que se percibe en detalles como darse cuenta de que ya hace meses que habla consigo mismo en forma permanente. El hecho de que un problema satelital haya interrumpido las comunicaciones en vivo con la Tierra tampoco lo ayuda mucho en este sentido, pero el hombre está satisfecho de casi haber terminado su contrato, y sobre todo de estar seguro de que pronto volverá a la Tierra con su esposa y su hija.

Pero el oficio del astronauta es duro, y un tipo aislado en la Luna nunca puede estar seguro de nada. Pronto empieza a tener pequeñas alucinaciones, y pequeños descuidos y accidentes que no dejan de ser percibidos por su único compañero en la base, el supercomputador Gerty, un apropiado derivado del HAL 9000 de 2001, que incluye novedades como movimientos y brazos robóticos y un monitor con una “carita sonriente” como la de nuestras actuales conversaciones por chat, y que por supuesto, según el tono de la conversación, puede no ser sonriente en absoluto (la voz de Gerty es un gran aporte de Kevin Spacey).

Duncan Jones toma caminos extraños que, sin embargo, llevan al sentido común: su película es menos metafísica de lo que se podría pensar en un principio, cuando las alucinaciones del protagonista parecen anunciar algún delirio profundo estilo Solaris de Andrei Tarkovski o 2001, cuya influencia termina mostrándose sobre todo en el increíble diseño de producción, con muy creíbles efectos especiales (se utilizaron modelos en escala para los vehículos lunares y la escenografía de la base) y la cuidada estética general, elementos que bastan por sí solos para recomendar la visión de esta película. La trama se centra en las trampas que la empresa de energía le pone a su explotadísimo empleado, cuya misión termina menos vinculada con los accidentes y problemas lunares, que con un desesperado y casi imposible regreso a la Tierra.

Volviendo a las influencias, la principal es 2001 –incluyendo una breve secuencia de música clásica y ballet espacial, digamos—, pero Duncan Jones no abusa del homenaje obvio, y en cambio el film también lanza guiños de otros films menos conocidos, como la película de culto de Douglas Trumbull, Silent Running (naves misteriosas, con Bruce Dern desolado y perturbado en el espacio). Justamente Trumbull fue el hombre que trabajaba para la NASA cuando Kubrick lo llamó para hacer los FX de 2001. Convertido en un magnate de los efectos visuales y emprendimientos como el IMAX, Trumbull dirigió sólo dos películas, la ya mencionada Silent Running y la extraña fantasía de realidad virtual adelantadísima a su tiempo, Proyecto Brainstorm. Quizá para sentirse a la altura de este maestro, Duncan Jones se ocupó de organizar una exhibición especial para la NASA de su opera prima. Aparentemente los expertos de la agencia espacial estadounidense se tomaron muy en serio los conceptos futuristas y diseños del film de Jones, ya que en algunos artículos sobre el raro encuentro entre ciencia y arte discutieron minuciosamente cada gadget y enunciado tecnológico del film.

Moon también fue toda una sensación en la última edición del festival de cine fantástico de Sitges, donde se exhibió precedido de otro film preparado como homenaje al legendario paseo de Neil Armstrong: el film en cuestión fue el cortometraje argentino 50 años en la Luna, de Mariano Santilli, que ganó al premio al mejor corto nacional de 2009, y también ofrecía una visión extraña y futurista de la conquista del espacio.

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