radar

Domingo, 20 de marzo de 2011

ARTE > PAULA MODERSOHN-BECKER Y LOS ARTISTAS DE WORPSWEDE

Perlas negras

A fines del siglo XIX, un grupo de artistas que seguía los pasos de otras escuelas artísticas que abandonaban las ciudades en busca de un contacto directo con la naturaleza se instaló en una pequeña aldea de lo que se conoce como el Pantano del Diablo. Tras el nombre de su miembro más conocido, llega a Buenos Aires una joyita: grabados y dibujos de los principales artistas de Worpswede, que permiten asomarse a las ilustraciones de una leyenda artística que tuvo como devoto y testigo a Rainer María Rilke.

 Por Veronica Gomez

El pequeño bosque de abedules oculta un pantano, una perla negra, pegajosa y expandida que te retendrá como una mosca. Cuando tus alas intenten desplegarse, adheridas al espesor viscoso, la fuerza será inútil. En otro bosque, una mujer ciega deambula entre hongos luminosos. Insisten los gansos graznando en torno de su cuidadora que hace oídos sordos, abatida por el peso de la tierra en su corazón. La novia-rana, con su corona y su mirada lenta, emerge entre flores y pastizales. Bienvenidos a Worpswede, el diminuto país de las maravillas sombrías.

Estamos en Alemania, contemplando el ocaso del siglo XIX. Worpswede, una pequeña aldea en la Baja Sajonia, gravitando en el medio del Teufelsmoor (Pantano del Diablo), se convierte en imán para artistas sedientos de un encuentro a solas con la naturaleza. Ansían beber en las fuentes puras y esenciales del paisaje, lejos del caos citadino y de los múltiples estímulos exteriores que saturan y ensordecen. Ese oasis ya viene bien nutrido por sus predecesores, la escuela de Barbizon, grupo de artistas que a partir de 1820 mudaron sus caballetes y lienzos a las afueras de París para retratar el paisaje íntimo, reflexivamente cambiante y pintoresco de Fontainebleau, en abierta oposición al sistema vigente: el grandilocuente romanticismo mitológico y épico de Delacroix y Géricault. Si bien Rousseau, Corot, Daubigny, Millet y compañía fueron los próceres franceses observados por la incipiente colonia de artistas de Worpswede, este oasis pantanoso supo absorber también la influencia del gran Rembrandt y el sentido cristiano de la honradez y espiritualidad que el Movimiento Nazareno alemán retomó del Medioevo. Más tarde llegarían al pantano, a través de Paula Modersohn-Becker, las buenas nuevas de Cézanne, Van Gogh y Gauguin, aunque la radicalidad de lo moderno no tuvo demasiado eco entre los pintores de Worpswede. Hasta aquí, un apenas bosquejado árbol genealógico para ubicar el fenómeno Worpswede. Señalemos que no es un fenómeno aislado: desde mediados del siglo XIX se produjo en Europa el éxodo de algunos pintores hacia regiones campestres y apartadas donde fundaron colonias de artistas que funcionaban también como atracciones turísticas hacia paisajes recientemente descubiertos. Tal es el caso de la Escuela de Haag, The Glasgow Boys y el círculo de Wilhelm Leibl en Dachau.

Presentemos ahora a los protagonistas de este cuento, los amantes del círculo del pantano y su atmósfera turbulenta y diáfana: Fritz Mackensen, Otto Modersohn, Heinrich Vogeler, Fritz Overbeck, Hans am Ende y Paula Modersohn-Becker. Imperdonable sería pasar por alto a una figura primordial en esta historia: Rainer María Rilke. Cual satélite devoto y conmovido, Rilke hizo las veces de tutor literario, hijo adoptivo, testigo amoroso y fanático del grupo. Frecuentaba a los artistas del pantano y solía asistir a las efervescentes tertulias sabáticas en el Barkenhoff, la residencia de Vogeler. Había contraído matrimonio con Clara Westhoff, escultora e intimísima amiga de Paula Becker, con quien vivió en el pueblo vecino de Westerwede. Luego del nacimiento de su hija Ruth, su penosa situación económica lo lleva a aislarse de la comunidad del pantano. Es entonces cuando a través del director de la Kunstalle de Bremen se le encarga escribir una monografía sobre los pintores de Worpswede, proyecto que Rilke emprende con entusiasmo ya que le permite restablecer sus lazos con los artistas. Lejos del pintoresquismo, su apreciación del paisaje es perturbadora: “El paisaje nos es algo extraño y uno está terriblemente solo entre árboles que florecen y entre arroyos que pasan. A solas con una persona muerta, uno no está ni de lejos tan abandonado como a solas con los árboles. Pues por muy misteriosa que sea la muerte, más misteriosa aún es una vida que no es nuestra vida, que no se interesa por nosotros y, en cierto modo sin vernos, celebra sus fiestas, a las que asistimos con un cierto apuro, como invitados que llegan por casualidad y que hablan otro idioma”.

Aún el impresionismo generaba opiniones encontradas cuando los artistas de Worpswede obtuvieron su temprano éxito a nivel nacional. Pronto, la asociación de artistas se convirtió en una organización eficaz para responder a la creciente demanda de obras. Lo llamativo de la aldea y las obras que de su pantano nacieron es que conjugaba aspectos en apariencia irreconciliables: podía ser apropiada en una tendenciosa simplificación por la ideología nazi Blut und Boden (Sangre y Suelo) al tiempo que en la residencia Barkenhoff, Vogeler ponía en práctica la utopía de una sociedad sin clases. Modernos y antimodernos se reunían allí, en un paraje áspero, cuyos pobladores vivían de la extracción de turba.

La muestra del Ifa/Instituto para las Relaciones con el Extranjero (Alemania) presentada en Buenos Aires por el Museo Nacional de Arte Decorativo y el Goethe Institut es una serie de grabados y dibujos de los principales artistas de Worpswede. Todo en pequeño formato, como ventanitas para asomarnos a las ilustraciones de una leyenda. Si bien el cartel anuncia a Paula Modersohn-Becker en primera plana, tal vez pretendiendo algún éxito de taquilla, no espere el espectador toparse con sus pinturas más emblemáticas. Al ingreso de la exposición, se encontrará con una selección de dibujos de la artista de trazo extremadamente simple y algo tosco, incluso un poco anodinos, que parecen rescatados de alguna carpeta de estudiante. No deje que la desilusión lo haga darse la vuelta y huir hacia la suite palaciega en planta alta. En estos trazos late el pulso de una mujer valiente. De una inteligencia rara y extrema. Si miramos su retrato fotográfico de mirada opa y actitud boquiabierta podríamos pensar que se trata de una mujer retardada. Hay algo en su mirada que se nos escapa, no parece posible que lleguemos a entender lo que su mirada penetró. Anda Gauguin por ahí, pero el coraje de Paula es de otra estirpe: su gesto es crudo, sin elegancia. Dibuja como si fuera una extractora de turba o una desplumadora de gansos. Trata los cuerpos como troncos. Y se entiende; son cuerpos que sostienen un mundo. Sus aguafuertes son más atmosféricas y por alguna característica evidente del personaje podemos intuir un relato. Junto a los trabajos de Paula, las sanguinas y carbonillas de su esposo Otto Modersohn comparten también cierta velocidad de factura. Rayadas en papeles casuales, estas “pequeñas composiciones” como las llamaba su esposa Paula nacían por las noches, bajo la lámpara y de memoria. “Escritos con mano volátil; diciendo lo esencial de manera clara y nítida”, así define Otto en su diario a sus dibujos nocturnos. Tal vez haya sido su origen humilde lo que dio a Fritz Mackensen la lucidez para captar el alma física de los habitantes de Worpswede. Si un retrato aspira a inmortalizar, a hacer duradero un rostro con su artillería de gestos, los retratos de Mackensen son momentos frágiles. Un desplumador de patos, una anciana dormida, una niña de mirada taciturna. Ninguno de ellos posa. Más bien es un instante aletargado en el quehacer cotidiano, una acción conocida que se vuelve extraña al ralentizarla. “Hans am Ende pinta música, y el paisaje en el que vive tiene un efecto musical sobre él. Por ese motivo no lo contempla con la calma silenciosa y objetiva del pintor... Le emociona, le fascina, lo eleva y lo sumerge... En este paisaje el hombre no tiene lugar.” Así describía Rilke al más tierno y amable de los pintores de Worpswede. Según Paula Modersohn-Becker, Hans era un alma artística suave, y si uno iba a visitarlo, su trato, de una ternura amorosa, iluminaba con un esplendor color rosa toda su casita.

De tono menos amorosos son los paisajes de Fritz Overbeck. Supo captar la tensión dramática en el claroscuro de Worpswede. “Un leve soplo melancólico se extiende por el paisaje. Amplios pantanos y humedales rodean, serios y silenciosos, al pueblo que se amontona en la pendiente abrupta de un antiguo médano como si buscara refugio contra horrores desconocidos.” Esta es la impresión que causa Worpswede sobre Overbeck, atmósfera que subyace en sus grabados.

Heinrich Vogeler era el más joven, utópico y multifacético del círculo de Worpswede. Deambuló entre las artes aplicadas, diseño de interiores, técnicas gráficas, arquitectura, ilustración y encuadernación. Creía en la penetración artística en todos los ámbitos de la vida, de acuerdo con el ideal del movimiento inglés Arts-and-Crafts. “Estoy a favor de los paraísos artificiales, ya que no existen los paraísos naturales. Todo arte es finalmente un intento de reemplazar el paraíso perdido por la inclemencia divina, por uno otorgado por la gracia del arte.” Vogeler buscó el paraíso en los cuentos y sagas, con sus novias-ranas, caballeros medievales, serpientes, brujas y trovadores, y también en la aldea de Worpswede, donde construyó su residencia, el Barkenhoff, una “isla de la belleza” hiperdiseñada y fantasiosa que funcionó como el corazón amable y el vergel del pantano. En la sala más recóndita del museo nos topamos con la joyita de la muestra: el portfolio a la primavera de Vogeler. Una serie de 10 grabados pequeñísimos con escenas tomadas desde su residencia. Vogeler no fue muy lejos a buscar estas imágenes preciosas, simplemente miró por la ventana mientras el día pasaba.

Los ejemplos de artistas enamorados de un lugar abundan en la historia del arte. Puede que el lugar tenga la fisonomía de un refugio, puede que sea el paraíso perdido o la tierra prometida a la inspiración. Artistas viajeros, artistas añorando la luz de cierta isla, el aroma de cierto puerto, lo vertiginoso de alguna ciudad. Y sin embargo, la frase del poeta Novalis nos vuelve como una letanía mientras armamos la valija y corremos hacia lo desconocido: “¿A dónde vamos, entonces? Siempre a casa”.

Paula Modersohn-Becker y los artistas de Worpswede Museo Nacional de Arte Decorativo - Av. Del Libertador 1902 Martes a domingo de 14 a 19 h (martes entrada libre) hasta el 3 de abril

Compartir: 

Twitter
 

Mujer ciega en el bosque, de Paula Modersohn-Becker
 
RADAR
 indice

Logo de Página/12

© 2000-2018 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Política de privacidad | Todos los Derechos Reservados

Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.