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Domingo, 18 de mayo de 2003

PERSONAJES

La oveja negra

Gilad Atzmon es uno de los hijos más réprobos del Estado de Israel. A los 17 años se enroló desbordante de entusiasmo en el ejército; la experiencia de la guerra del Líbano lo transformó para siempre. Sus discos de jazz son celebrados unánimemente: pocas veces se consiguió devolverle al jazz el contenido político que alguna vez tuvo. Su primera novela, Guía de perplejos (que se distribuye por estos días en Buenos Aires), fue retirada de las librerías de Israel y le valió las peores acusaciones. Y sus comentarios lo convirtieron en un crítico acérrimo de su país, un defensor de la causa palestina y un militante de la única solución que considera posible: la convivencia pacífica.

Por Mariana Enriquez

En el 2052, el Instituto Alemán para la Documentación de Sión publica las memorias de Gunther Wanker, pensador de origen israelí, padre de la espiología. Hace cuarenta años que el Estado de Israel ya no existe; fue reemplazado por el Estado de Palestina. El Instituto considera pertinente la publicación porque trata de ubicar a “los estudiosos que supieron advertir e incluso condolerse con su patria antes de que ésta exhalase su alma”. Y Wanker se manifestó varias veces sobre el particular. Por ejemplo: “¿Cuál era el sentido de trasplantar Occidente a Oriente? ¿Qué sentido tenía recrear América en un lugar donde el concepto de Niágara se relacionaba con el chorro de agua del inodoro y nada más?... ¿Sobre qué base fundar el sueño poético de un nuevo Mediterráneo oriental e invertir en ello dinero y enormes esfuerzos si con el precio de un pasaje aéreo uno tenía la posibilidad de encontrarse en el ombligo mismo del sueño? Porque el viejo y buen Occidente ya estaba listo y servido”.
Gilad Atzmon se parece mucho al espiólogo Gunther Wanker, cuyas memorias ficticias escribió y publicó como Guía de perplejos, novela recién editada en la Argentina por Emecé. Nacido en Israel hace cuarenta años, es músico de jazz antes que escritor y, por sobre todas las cosas, antisionista y ferviente defensor de la lucha por la liberación del pueblo palestino. “No creo en la necesidad de la existencia del Estado de Israel. Que los judíos vivan donde quieran, en Palestina o en cualquier lugar, pero la existencia de un Estado que les da más derechos a los judíos es absurda”, dice en charla con Radar. Atzmon se ve obligado a aclarar que de ninguna manera promueve la destrucción del pueblo israelita. “Los sionistas devotos están horrorizados ante mis opiniones, y tengo que remarcar que nunca promoví ni promoveré la violencia contra las personas. Creo que los propios israelitas son los primeros en sufrir por sus aspiraciones nacionalistas. El estado actual del sionismo lo prueba. Lo que promuevo es la disolución del Estado sionista y el establecimiento de un Estado democrático que apoye la igualdad civil. Puede lograrse.”
Cuando Guía de perplejos se publicó en Israel, tuvo buenas críticas de los sectores más liberales, pero fue retirado de circulación dos semanas después de llegar a las librerías. Atzmon se enorgullece de haber sido censurado. “Daniel Baremboim fue declarado persona no grata por tocar a Wagner, y José Saramago provocó una crisis mayúscula porque les dijo lo que pensaba de ellos. Era el autor más vendido de Israel, y lo sacaron de las librerías o taparon con papel las tapas de sus libros. No me lo tomo en serio: desarrollaron un método clínico para rechazar cualquier forma de crítica. Y en todo caso, estoy bien acompañado en la censura.”
En rigor, Guía de perplejos es una sátira en forma de biografía ficticia: Gunther Wanker (en inglés, literalmente “pajero”) es un ex militar obsesionado con el sexo y amante de la cultura alemana que se vuelve antisionista después de sus experiencias en el ejército, cuando descubre que es un cobarde y se da de baja disparándose en el pie. Pronto emigra a Alemania, donde se destaca como intelectual, trata de seducir alemanas y desarrolla la espiología. Wanker acaba renegando de su teoría y en los últimos años de su vida vuelve al ahora Estado de Palestina para dar una conferencia. Después, desaparece. Pocos años después se publican sus memorias. La crítica María Hussein escribió: “A primera vista, el libro parece una novela trash y patética de un hombre judío cuya inseguridad neurótica lo lleva a evacuar su ira cultural seduciendo a mujeres alemanas. Pero al enmascarar su mensaje como pornosoft, el autor consigue decir algo que normalmente nunca se publica: que el proyecto sionista es un fracaso”. En cualquier caso, la novela es un ejemplo de incorrección política, y Atzmon está complacido con que así sea. “Cuando pensamos en corrección política –explica–, tenemos que pensar que los que la inventaron son los que el mes pasado tiraron cientos de bombas ‘inteligentes’ sobre Irak. Inventaron bombas más inteligentes que su presidente, pero no tanto como para encontrar a Saddam.”Mentalidad de víctima Gilad Atzmon vive en Londres. Cree que si pisa Israel será detenido, pero no tiene intenciones de volver a su patria. Lo más sorprendente es que, alguna vez, estuvo dispuesto a luchar por Israel. A los diecisiete años se unió al ejército israelí y participó de la guerra contra el Líbano. En uno de los artículos publicados en su website (www.gilad.co.uk) explica: “Estaba encantado de ser una víctima judía y pasar el resto de mi vida culpando al mundo de ser antisemita. Pero cuando fui un soldado israelí me di cuenta de que no era una víctima: era un opresor. Nunca olvidaré mi visita a Anzar, un campo de concentración israelí en tierra libanesa. Lo que vi fue la mayor representación de opresión y abuso. Después de eso, no pude seguir conviviendo con la idea de que todo se hacía por mi bien. No podía soportar que mi existencia como israelita estuviera relacionada con la dominación sobre los palestinos. Comprendí que mi identidad está basada en la negación del legítimo derecho de gente inocente a volver a su tierra natal. Comprendí que mi existencia como israelita está basada en la completa ignorancia del Otro. En ese momento, mi autodefinición como víctima se evaporó”.
¿Estuvo alguna vez bajo fuego?
–Nunca le disparé a nadie. Una sola vez estuve bajo artillería. Pero era un entusiasta. Cuando tuve un accidente y estuve en el hospital durante un año, volví a unirme al ejército con bastón y fui a una unidad comando como voluntario. Entonces empezó la guerra del Líbano. No estaba listo para pelear, pero estuve ahí y vi todo. Fue devastador. Un cuartel en el Líbano voló por un atentado suicida, y yo debía ir al rescate en un helicóptero. Me dije “que se vayan a la mierda, ¿por qué se metieron en el Líbano?”. No quería tener nada que ver con el ejército israelí. Estaba dispuesto a dispararme en el pie, como Wanker. Cuanto más me daba cuenta de la masiva destrucción infligida a los palestinos y los árabes por los israelitas, más apoyaba la actividad de liberación palestina. No soy un pacifista: hay que pelear. Mi papá fue un terrorista judío antibritánico. Para mí es un héroe; para mí también Arafat es un héroe. No veo a los palestinos como suicidas, sino como héroes kamikazes. Y culpo a los israelitas por esos jóvenes tan oprimidos que pierden su pasión por la vida.
¿Cree que los palestinos lo consideran un aliado?
–Algunos. Supongo que no confían en mí, y está bien porque no deberían confiar en un israelita. Palestina era como Italia, un lugar con muchas culturas diferentes, hasta tenía ciudades cristianas con iglesias bellísimas; un lugar bastante occidental. Desde que está el sionismo, se va mucha más gente de la que se radica en Israel. Pero presionan a la gente para que se quede, y manipulan información. En realidad, no había un conflicto entre árabes judíos y árabes musulmanes antes del nacimiento de Israel.
Le preocupa mucho el tema de la victimización...
–Tengo artículos escritos sobre eso. Hay una diferencia entre víctima y mentalidad de víctima. Víctima es alguien inocente. Eran inocentes los judíos que sufrieron el Holocausto. Pero lo que pasó después con el sionismo no es inocente. Quiero reflexionar sobre la diferencia entre ser inocente y abusar de la idea de la inocencia. Si bien es cierto que los judíos tenían mucha razón para considerarse víctimas, ya han dejado de serlo. Ahora tienen un Estado, un ejército poderoso y un arsenal nuclear lo suficientemente grande como para destruir nuestro planeta.
Muchos de sus críticos creen que estos conceptos son antisemitas.
–Sí, me acusan de padecer antisemitismo internalizado. La gente cree que me odio a mí mismo, pero en general odio mucho más a los demás.

Provócame
Atzmon decidió exiliarse hace aproximadamente diez años. Quiso irse de Israel por primera vez a los 24, pero en esa época era un productor discográfico exitoso, y lo asustaba comenzar desde la nada en otro lugar. Pero a los 31 no soportó más e hizo las valijas. “Lo que másamaba eran aquellas cosas que no tenían nada que ver con los israelitas. Me gustaba ir a la Vieja Ciudad de Jerusalén, comer cosas típicas, y estar con los árabes. Nada de los israelitas me hacía sentir ninguna forma de pertenencia. Ahora, cuando siento nostalgia, me voy a comer a los restaurantes libaneses.”
El hombre tiene varias vidas. Ya dejó atrás una carrera como productor especializado en cantantes femeninas, y también un desastroso intento de ser piloto civil. Cuando llegó a Inglaterra, creyó que lo suyo era la academia. Llegó y completó un master en Filosofía. Dio clases un tiempo. Tampoco le gustó. Recién entonces tomó la decisión de dedicarse casi exclusivamente a la música, y formó una banda, la Orient House Ensemble, con la que acaba de editar su octavo disco, titulado Exile.
Pero su paso por la academia le dejó otro tema con el que ensañarse en su carrera como provocador profesional. “La universidad es el lugar para la gente más aburrida del planeta y definitivamente no la más inteligente. Entendí que quería escribir mi filosofía en una forma distinta, y la forma que elegí fue la ficción.” En Guía de perplejos aplica la espiología y escribe: “El problema central que se halla en la raíz de la espiología incumbe a la estructura onanista de la sociedad demócrata liberal. La investigación espiológica trata de rastrear las raíces de la mentira misma con la ayuda de modelos de consumo pornográficos”. En realidad, se ríe, puede ser vista como una sátira de la academia. “Estudios gays, estudios de mujeres, posmodernismo... es gente que no dice nada nuevo. Lo único que pudieron inventar es vocabulario. Es su única preocupación. La espiología es un vocabulario: uno puede escribir un montón de artículos sin decir nada aplicando las diferentes formas de usar la palabra.” En la novela, se despacha a gusto: “Por inspiración de la corriente posmoderna agonizante, los frívolos y los mediocres comenzaron a ampliar su universo terminológico mediante el uso de palabras vacías. Así llegaron al mundo las concepciones post histórica, post sionista, post teatral, post sexual y hasta se inventaron dictadores post modernos. Algunos estudiantes de la carrera de diseño de una conocida escuela de arte se ocuparon de desarrollar la post puerta, el post cochecito de bebé, el post pocillo de café, etcétera”. Hace poco, Robert Wyatt (legendario músico que acaba de producir) le dijo que no podía pensar en una sola persona, categoría, género o grupo político que pudiera leer el libro sin sentirse tocado. Lo complace esta opinión. No respeta a muchos académicos, a excepción del argentino Ernesto Laclau, con quien comparte puntos de vista. Y en literatura, se siente cerca de Michel Houellebecq, el autor francés. Tienen algunas similitudes: la distancia con la novela narrativa convencional, lo autobiográfico, la referencia a la sexualidad disfuncional, el hastío. “Houellebecq me gusta porque dice cosas interesantes a través de un personaje completamente patético. Yo traté de hacer lo mismo. La gente que no entiende el libro sufre de una severa falta de sentido del humor. A lo mejor generalizo: quizá no pueden soportar mi sentido del humor, que es muy particular.”

Desde el exilio
Donde Gilad Atzmon se siente más cómodo es en el jazz. Durante varios años fue parte de los Blockheads, la banda que acompañaba al legendario músico new wave Ian Dury (que falleció hace tres años). Con ellos logró grabar junto a Sinéad O’Connor, Robbie Williams y hasta Paul McCartney. Su proyecto musical es totalmente coherente con su militancia y su infinito entusiasmo: quiere combinar política y música. En los ‘50 y ‘60 el jazz estaba asociado al movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos; Atzmon quiere que su música esté asociada con la lucha del pueblo palestino. En el booklet del CD escribe: “¿Cómo puede un pueblo que ha sufrido tanto y durante tanto tiempo infligirle tanto dolor a otro pueblo?”. Y el primer tema arranca con la voz de la cantante palestina Reem Kelani, otra exiliada. Todos los músicos que tocan en Exile son exiliados. Atzmon busca una hibridación cultural: “La banda trata deremover las innecesarias barreras entre las culturas judía y árabe, y enfatiza la similitud entre dos pueblos que alguna vez vivieron en armonía”. La crítica lo celebró. John Fordham escribió en The Guardian: “Atzmon es un maestro de la dinámica y de la construcción, mezclando lirismo con disgregaciones a lo Coltrane, una combinación que podría darle una formidable reputación internacional como solista. Pero su misión de restituirle al jazz la impronta político-cultural que tuvo en la primera época del bop y el free jazz lo convierte en algo mayor”.
Exile tiene elementos de jazz, de folklore de los Balcanes, de música árabe. Él adora a Piazzolla, Charlie Parker, David Douglas, Miles Davis. Claro está, reniega del folklore israelita: “No hay nada auténtico en lo que se llama ‘música judía’. Cosas como el klezmer y el llamado ‘folk israelita’ tienen más que ver con la música de los Balcanes y la música oriental, sólo que tocada espantosamente mal por los klezmers israelitas. Es como los restaurantes ‘judíos’. ¡Venden comida palestina!”.
En el disco hay varios elementos subversivos: desde el nombre de la banda (“Orient House” se refiere al cuartel general de la Autoridad Palestina en Jerusalén) hasta temas como “Al Quds”, un himno militar de la guerra del ‘67 reinterpretado con letra del poeta palestino Mahmoud Darwish o una antigua balada judía que cuenta sobre una ciudad destruida por un pogrom antisemita retitulada “Jenin”, en honor al devastado campo de refugiados palestino. Con el disco, Atzmon trata de demostrar que judíos y palestinos pueden trabajar juntos, y crear juntos. Es su forma de lucha: “Tenemos que usar nuestros cerebros porque no tenemos armas. Nuestra forma de pelear es gritar tan fuerte como podamos, ser entretenidos y excitantes”. Por eso mismo, no volvería a trabajar como productor, salvo que se cruce en su camino otro artista de la talla de Wyatt. Por supuesto, también tiene opinión formada sobre el estado de la música actual. “Hace veinte años que la música suena como plástico. Incluso Exile es bastante plástico porque la tecnología es plastificada... Pero ¿qué puedo hacer? No puedo luchar con todo: tendría que destruir Israel, Estados Unidos, la tecnología... (risas) No soporto que la música sea ‘linda’. Uno escucha a Norah Jones y lo que hace es muy lindo. Lo digo en serio; es un buen disco. Pero es sólo eso. Uno escucha a Coltrane y quiere llorar. Uno escucha a Norah Jones y quiere cenar. Lo último que quieren las corporaciones es que nos conmovamos estéticamente. El estado supremo de la existencia es el éxtasis, la pérdida de control. La estética debería llevar a ese lugar: Norah Jones no llega allí, y por eso ganó el Grammy. Ahora mismo estoy negociando con un sello grande para grabar con cuerdas. Es una idea interesante, pero sé que quieren convertirme en un producto de restaurant. Rechazo eso. Quiero entrar en las casas de la gente para causar problemas.”

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