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Domingo, 12 de febrero de 2012

DESPEDIDAS > ADIOS A BEN GAZZARA (1930-2012)

Lo que sé

 Por Ben Gazzara

Yo no lo llamaría pobreza, pero era una lucha permanente. No había calefacción. Había una estufa a carbón. Al levantarte a la mañana en invierno para ir a la escuela, y tocabas el piso con los pies, el linóleo estaba helado. Una vez cada tanto mi madre decía que no tenía hambre, porque no alcanzaba la comida para todos. Pero lo que más recuerdo de mi infancia, con gran calidez, era que nuestro barrio era una gran comunidad. Había animosidad entre dos grupos, los irlandeses y los italianos, pero también había respeto. Y nos cuidaban todo el tiempo; nos cuidaban nuestros padres sustitutos, que era la gente del barrio, que se aseguraba de que tuvieras la nariz limpia.

Cuando nos conocimos con John Cassavetes, éramos jóvenes actores en Nueva York. Nos tratábamos amistosamente, nos saludábamos, pero también éramos rivales, competíamos por los mismos papeles, así que por esa época nunca fuimos realmente amigos. Años más tarde, yo estaba en Los Angeles haciendo esta serie de televisión llamada Run for your Life, y él estaba haciendo un par de pilotos en Universal. Le pregunté: “Si ambos funcionan, ¿cuál de los programas vas a hacer?”. Me dijo: “Ninguno de los dos. Yo no me preocupo por esas cosas. No lo hago por el dinero sino por las latas de película virgen y una cámara manual, porque voy a filmar una película en mi casa”. Y, por supuesto, esa película fue Faces.

Un tiempo más tarde, cuando termino de grabar el último capítulo de la serie, lo veo a John saliendo del estudio, y me dice: “¿Te dijo Marty (Baum, su agente) que vamos a hacer una película juntos?”. Le dije: OK, y pensé “mentira”, porque eso era algo que escuchabas todo el tiempo si eras actor. Una semana después, vamos al viejo Hamburger Hamlet y me dice que yo voy a ser la estrella de Husbands. Luego dijo: “Me estoy yendo a Europa a hacer esta película de gangsters (Machine Gun McCain, 1968). Creo que puedo conseguir dinero de este productor italiano”. Le contesté “OK, seguro”, todavía sin creerle. Tenía que ir a Checoslovaquia para hacer una película de guerra con George Segal y Robert Vaughn (The Bridge at Remagen, 1969). Luego, el día en que ingresan los rusos, un día de agosto, recibo un llamado de John: “¡Ben, que no te maten! ¡Tengo el dinero! ¡Tengo el dinero para hacer la película!”. Así que viajé a Londres y empezamos a ensayar Husbands. Era 1968. Para mí, después de todo ese tiempo en televisión haciendo las mismas cosas predecibles, fue como salir de la cárcel.

Husbands es la película que más recuerdo porque era una película sobre la amistad, y John y yo no éramos amigos cuando la empezamos. Nos volvimos amigos para toda la vida trabajando en una película sobre la amistad.

Audrey Hepburn era infeliz en su matrimonio y estaba sufriendo; yo era infeliz en mi matrimonio y estaba sufriendo y nos juntamos para darnos consuelo el uno al otro, y nos enamoramos, pero era imposible. Ella tenía una vida en Europa y en Suiza. Yo estoy en Los Angeles, donde tengo otra vida. La vida se interpuso en el camino del romance. Estábamos tomando un trago en Munich, donde filmábamos una película llamada Bloodline (Lazos de sangre, 1979), cuando ella me dijo: “¿Sabés qué, Ben? Nunca creí que yo fuera una buena actriz”. Es justamente porque era tan modesta que en la pantalla se la ve tan genuina: porque lo que uno veía en la pantalla lo veía en la vida, esa sonrisa y la manera en que era capaz de iluminar una habitación. Es algo que ella simplemente tenía.

Me divertí filmando El duro (Road House, 1989). Patrick Swayze fue muy simpático, un muchacho muy amable. De hecho, por aquella época era tan sólo un chico. Un joven probando los frutos de un estrellato recién adquirido. Recuerdo que estaba muy nervioso al respecto, muy aprehensivo. Se preocupaba mucho por ofrecer una buena actuación. Así que caminábamos y hablábamos, caminábamos y hablábamos; me cayó bien, y nos caímos bien.

Antes de empezar a filmar Dogville (2003), me dijeron: “Ey, ojo que Lars von Trier es duro con los actores”. Para nada. Nos llevamos muy bien, y yo pasé un tiempo magnífico, realmente magnífico. Nicole Kidman estaba dando lo mejor de sí, todo el reparto era extraordinario. Y fue un experimento interesante, porque estaba filmado en digital, y podía cargar una hora entera de película en la cámara, en lugar de tener que cambiar de rollo cada diez minutos. Y estaba corriendo todo el tiempo de un lado al otro del set, filmando. Uno tiene que estar en guardia cuando está la cámara de Lars alrededor. Fue interesante como el teatro, porque no te interrumpían. Es terrible cuando estás trabajando muy bien y gritan: “¡Hay que recargar!”. Escuchame: estábamos camino a la Luna, ¿no hay manera de no tener que recargar?

El gran Lebowski (1998) fue una cosa de lo más rara. Me llamaron, y no había realmente un papel. Quiero decir, había un papel muy pequeño, pero los Coen me dijeron: “Mirá, Sam Elliot va a hacer esto, y este tipo hace aquello, y tal otro esto”. Les dije: “Bueno, déjenme leerlo”. Y lo leí y no podía parar de reírme. Me dije: “Tengo que formar parte de esto. Esto es demasiado divertido”. Así que me divertí mucho. Fui, estuve un rato, y a los tres días estaba de vuelta en Nueva York.

La pasé muy bien haciendo Anatomía de un asesinato (1959). Fue la primera vez que trabajé junto a una estrella de cine, James Stewart, una estrella a la que había crecido tratando de imitar. Y ahí estaba yo, actuando junto a él en la misma escena. Estaba realmente muy contento de estar haciendo eso, y muy orgulloso. Y le caí bien, lo que me dio todavía más orgullo. Me invitó a cenar, mano-a-mano, más de una vez, y realmente aprecié eso. Se interesó en mí, y yo lo observé trabajar. Fui testigo de lo duro que trabajaba, nunca perdía el tiempo. Nunca se lo veía por ahí entre tomas; estaba en una habitación trabajando con su asistente en la escena que iba a filmar a continuación. Una verdadera lección de disciplina.

Alma de acero (1965) apareció en un momento en que las cosas estaban sucediendo de manera muy lenta en el mundo del cine para mí. Tenía que pagar el alquiler, y la oferta era buena, pero eso fue mucho antes de que la televisión se convirtiera en un negocio multimillonario. Y era trabajo duro, hay que decir. ¿Sabían que grabábamos treinta programas de una hora de duración al año? Yo estaba en cada escena, mañana, tarde y noche. Fue cansador, duró tres años, e hicimos como 85 capítulos.

Husbands (1970), Saint Jack (1979) y The Killing of a Chinese Bookie (1976) son mis tres películas favoritas, entre las que hice.

El Martini es una de las mejores bebidas que se han inventado. Por supuesto, uno no debe tomar demasiados.

Fui a filmar a Italia, porque uno va a donde lo aman.

Deberían hacerse más películas independientes. Si hacés uno de esos blockbusters de Hollywood al año, tenés que meterte en el gimnasio para estar en forma y correr y disparar y sumergirte y caer y todo eso que hacen hoy.

Es más fácil interpretar a un ser humano que perseguir personas, o lo que sea que hacen en las películas actuales.

Cuando me convertí en una estrella, por así decirlo, en el teatro, me hicieron muchas ofertas. Rechacé muchas películas porque era idealista. Era tan puro. No aproveché realmente las oportunidades que se me presentaron.

No les voy a contar las películas que rechacé porque me dirían: “Eras un tonto”. Y así es: era un tonto.


Después de brillar en el Broadway de los años ’50 (entre muchas obras, hizo La gata sobre el tejado de zinc caliente dirigida por el propio Elia Kazan, en el papel que después haría Paul Newman en cine), saltó a la fama con su papel en Anatomía de un asesinato (1959) de Otto Preminger, pero su consagración definitiva vendría de la mano de John Cassavetes durante los ’70: Maridos, The Killing of a Chinese Bookie y Opening Night lo convirtieron en un icono del cine independiente norteamericano que por esos años revolucionaba el anquilosado Hollywood de los grandes estudios. Después trabajaría para directores como Peter Bogdanovich, David Mamet, los hermanos Coen, Mira Nair, John Turturro y Lars von Trier, entre muchos otros. Pero probablemente Ben Gazzara sea recordado siempre por ser, junto a Peter Falk y Gena Rowlands, una de los actores que dieron cuerpo a ese universo intenso, emotivo y único que son las películas de Cassavetes.

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