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Domingo, 8 de junio de 2003

PLáSTICA

Jugando al límite

Primera camada de las becas Antorchas coordinadas por Guillermo Kuitca, Manuel Esnoz ya ha realizado más de veinte muestras en apenas una década. Ahora, en Juego de Partes, finalmente asume la pintura como algo un poco anticuado y apela a transportadores, reglas, sacabocados, martillos y óleos para buscar el punto exacto en el que el erotismo puede convertirse en pornografía.

Por María Gainza

Pruebe esta simple regla: una los números por orden de menor a mayor y verá aparecer la imagen. Tal vez recuerde esta promesa guardada en los libros infantiles y cómo uno, con trazo incrédulo, guiaba el lápiz del 1 al 2, del 2 al 3 y así hasta el 54 y entonces, de la apretada masa de negros, veía surgir la figura clara de un Pato Donald con bate de béisbol. Y era fascinante: porque el artificio estaba ahí sobre la hoja, desenmascarado –uno sabía que no sabía dibujar– y sin embargo surtía efecto como el mejor de los trucos de Houdini. Había una curiosa satisfacción al llegar al 54, porque era recién ahí, con el último número, cuando se revelaba la imagen en todo su esplendor.
En Juego de Partes, su última muestra en la galería Dabbah/Torrejón, Manuel Esnoz construye imágenes en las que pone en evidencia la trampa: la cualidad ilusoria de toda representación. Allí están sus enormes lienzos con figuras que parecieran configurarse a partir de ese viejo juego de niños, pero acá los números no siguen un orden claro sino que saltan, retroceden, avanzan arbitrariamente –invitan al espectador a participar al tiempo que se lo impiden– mientras intentan contener figuras que desbordan sus estrechos límites. “En algún momento intenté poner los números en orden pero después me arrepentí”, confesará luego, durante la entrevista, Esnoz. Después están las imágenes construidas a partir de lienzos perforados con sacabocados que, superpuestos, crean un entramado de puntos de color –una cita que en una centésima de segundo recorre la historia del arte desde Seurat pasando por Lichtenstein y llegando a Polke–. Ilusiones low-tech que, como el plano de una cámara que se abre, pasan de una multitud de puntos saturados a recomponer la imagen a distancia. Al rigor casi científico que imponen estos fenómenos de la visión se suma al uso de la grilla ortogonal que estructura el dibujo y que por momentos asoma como parte de la pintura. Entonces hay lógica pero también hay falsa lógica. La grilla, los puntos, los números, son métodos de construcción que requieren de un proceso ordenado, de un sistema con etapas precisas y donde al término de todos los pasos surge el resultado. O, a decir verdad, surge el resultado si uno es Manuel Esnoz.
Hay una búsqueda en Esnoz, que comienza a ser giro, y es el de la introducción del collage: hasta esta muestra el artista se apropiaba de una imagen y siempre fiel a ella, la descomponía sobre el lienzo. Ahora, poniendo en evidencia el carácter ready-made de toda imagen, las escenas fueron armadas a partir de distintas imágenes. En un Esnoz pasado siempre era tentador el vínculo con Sigmar Polke, pero Esnoz desconfía de esos lazos y ahora más que nunca, cuando su obra está rodando aceleradamente hacia otros parajes. “Podría elegir tres pintores geniales y decir que mi diálogo es con ellos, pero no es verdad. Estas obras surgieron de un diálogo conmigo mismo más que con otros.”
Nacido en Buenos Aires en 1974, su paso por la primera Beca Antorchas coordinada por Guillermo Kuitca sucedió hace ya diez años y en ese lapso Esnoz ha realizado más de 12 muestras individuales y otras tantas grupales. “En un ámbito como el de Buenos Aires donde no hay opciones –convengamos que de la Escuela Prilidiano Pueyrredón no salen artistas–, la Beca me dio una formación real.” Y si bien algunos apresuradamente catalogan a la producción surgida de ese taller como “arte de beca” haciendo referencia a un arte domesticado que mira un poco demasiado lo que pasa en los países centrales, es claro que el de Esnoz es un arte que busca y encuentra su propio centro.
Francis Bacon utilizaba la noción de “accidente” para explicar su proceso creativo; a Esnoz la idea le resulta tentadora pero para él los accidentes vendrían a ser el caos: “En ese sentido, estas últimas obras se jugaron más en el momento, no buscaba obras hechas como por una máquina”. Y es que la de Esnoz es una tecnología obsoleta, en su vida hay transportadores, reglas, sacabocados, martillos y óleos holandeses hechosa mano con sólo un proveedor en toda Buenos Aires. Una semana antes de la inauguración Esnoz describió la muestra como old fashioned. Y es verdad, después del hincapié desmedido por lo formal que impuso el gélido invierno neoyorquino, sus obras en estilo figurativo respiran un aire anticuado. Es que ser pintor hoy en día supone una actitud romántica pero más aún lo supone haberla sostenido a lo largo de los años 90 en una Argentina que se vio inundada por el auge internacional de las disciplinas artísticas.
“Mirad mi cuerpo; en ningún otro sitio encontrarás la respuesta a la pregunta que hago”, dice Gerard Wajeman en Le Maitre e l’histerique. Más que nunca esto pareciera cierto en unos lienzos donde el cuerpo invade todo como un límite insuperable. Un cuerpo histérico, frágil y desgastado. La muestra de Esnoz es una bocanada de percepción: una figuración dolorosa a partir de imágenes que amenazan con ser devoradas por lo informe. Figuras que, implicadas en una situación que las consume, retienen, en el umbral de la nada, un último residuo de materia.
“Me interesa más la acción que el movimiento”, cuenta el artista mientras señala un brochazo intempestuoso que pareciera arrancarle la carne macerada de una figura a otra. Muchos de sus cuerpos contienen esa sensación brutal de acción congelada. Y uno recuerda a Cassavetes cuando filma Faces e incluye esa secuencia en un club nocturno donde las mujeres terminan entregadas a un baile desenfrenado. Allí lleva el director el arte gestual a su límite: en la captación inmediata y salvaje de los cuerpos. Y hay algo en esos cuerpos eléctricos que recuerdan a Esnoz.
Es la disolución de la figura en esos puntos o en esas pinceladas insolentes que –como el grano de la imagen filmada en 16 mm– sumerge al cuerpo en lo informe buscando el instante máximo de fragilidad. Imágenes de cuerpos vaciados de sustancia, que se deshacen y al mismo tiempo se revelan. Es en ese instante donde se pone en juego la reconstrucción de los figuras, un momento que pasa primero, y antes que nada, por el contacto. Porque en Esnoz los cuerpos no están solos. Si bajo la luz hiriente de los reflectores, Francis Bacon les niega a sus figuras la posibilidad de tocarse, Esnoz les otorga ese contacto primario, fundamental entre dos seres, y las envuelve en cálidos tonos rojos, rosas, naranjas y corales.
Entonces entra el sexo. Cualquier diccionario más o menos actualizado deja en claro el debate entre pornografía y erotismo. Esnoz nos precipita en medio de la obscenidad. Pero no es una obscenidad voyeurística porque la imagen es indisociable de una moral de la mirada que exige que no todo esté ahí, expuesto sobre la mesa: “Curiosamente cuanto más pornográfica la revista mejor la calidad de las fotos, la luz, la resolución de la imagen”, explica Esnoz. Ya Barthes lo explicó al decir que la fotografía pornográfica es unaria: muestra directamente la realidad, como “un escaparate que sólo mostrara iluminada una única joya”. En cambio lo erótico es pornografía alterada, fisurada, que retrasa la visión. El cuerpo erótico en Esnoz es un cuerpo que se escamotea a la materialidad aunque bien parte de ella, es un erotismo que se inscribe en los cuerpos pero se aleja totalmente de ellos. Lo principalmente erótico de aquellas figuras es que se tocan al tiempo que se evitan. Como un arte que nos sitúa en el vértigo de la mirada: algo que no puede ser visto está a punto de verse.
En el texto que acompaña la muestra, Adriano Pedrosa subraya que una de las preocupaciones de Esnoz tiene que ver con el orden y el caos. Su oscilación entre la figura y la abstracción ilustran este juego. Entonces, ahí está la matemática en toda su elegancia, respirando lacónica detrás del caos, como sosteniéndolo. Y en ese tironeo, en ese vaivén, Esnoz no se entrega –no le interesa–, como si el artista estuviera alerta sobre el fino hilo que sostiene a la condición humana pero también hiciera el intento de aferrarse a él.

Juego de Partes, de Manuel Esnoz puede verse hasta el 5 de julio en la Galería Dabbah/Torrejón (Sánchez de Bustamente 1187), de martes a viernes de 15 a 20 hs. y los sábados de 11 a 14 hs.

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