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Domingo, 6 de julio de 2003

CASOS

La vida breve

Tenía veintitrés años y era una chica de clase media que había estudiado Hotelería cuando, a mediados de 1997, viajó a Europa y su vida cambió para siempre: conoció la vida de los okupas en Turín, se sumó a ellos y se enamoró. Seis meses después, el Estado italiano la detenía junto a su novio y un amigo para acusarlos infundadamente de ecoterrorismo. Tras negarse a cualquier arreglo diplomático, decidió suicidarse en el cuarto donde estaba detenida. En el flamante Amor y Anarquía, Martín Caparrós reconstruye la vida de María Soledad Rosas, la chica que se convirtió en símbolo de la lucha de los okupas europeos.

Por Mariana Enriquez

Lo más impresionante es el cambio. En la foto del pasaporte con el que entró a Italia en junio de 1997, María Soledad Rosas es una preciosa neo hippie de veintitrés años, de largo pelo color arena, una licenciada en Administración Hotelera que viajaba a Europa en un viaje sugerido por sus padres. Un año después, estaba detenida y acusada de terrorismo, rapada y delgadísima, vestida con la ropa de su novio muerto que le quedaba enorme; su expresión era feroz e inflexible. “Encontré a otra persona”, dice Marta Rosas, la madre, en Amor y Anarquía, la biografía de Soledad (“Sole”), que acaba de publicar Martín Caparrós.
¿Qué es lo que lleva a semejante transformación? El libro de Caparrós prefiere no dar respuestas concretas y limitarse a narrar la historia de una chica de Barrio Norte que con su muerte se convirtió en símbolo de la lucha de los okupas europeos, aunque ellos prefieran alejarse de todo personalismo y recordarla como una compañera caída.
Los hechos dicen que Soledad era una chica de clase media, un poco desorientada, vegetariana, que amaba los animales y a hombres un poco estrafalarios, que paseaba perros por el Jardín Japonés y Barrio Norte, que fue a la facultad para complacer a sus padres, que soñaba con vivir en una playa desierta de Brasil, que aceptó viajar a Europa para ver si encontraba algo que hacer. Llegó a Turín en agosto de 1997. Pocos días después encontró El Asilo, una casa ocupada que por casualidad la recibió. Y allí conoció la vida de los okupas, jóvenes que deciden una forma de vida autónoma, fuera del control familiar y de la normalidad burguesa; un movimiento que se politizó en los años ‘70 tomando ideas del anarquismo y oponiéndose a las relaciones sociales capitalistas. “En Italia –escribe Caparrós–, las casas ocupadas son lugares de irradiación de una cultura y una política antagonista, una forma de plantar en medio de la ciudad enemiga un campo de batalla.”
Soledad encontró un grupo de pertenencia, y poco a poco fue empapándose de una ideología que le encajó perfectamente; como si hubiera encontrado el espacio para hacer de su diferencia una forma de vida y una militancia. “La veía bien, comprometida con algo, con un grupo que tenía objetivos, programas, acciones. La escuchaba coherente con ella misma. Estoy segura de que se sentía bien, que estaba contenta, que no extrañaba y no quería volver. Y si lo que acá teníamos para ofrecerle era una vida medianamente cómoda y elegía aquello, es porque aquello le hacía mejor. Creo que estaba feliz”, dice, en el libro, su hermana Gabriela Rosas.
Estuvo mucho más feliz en diciembre de 1997, cuando conoció a Edoardo Massari, el amor de su vida. Juntos vivieron en una casa ocupada de Collegno, un suburbio de Turín, un edificio que formaba parte de un ex manicomio municipal. Profundizaron su estilo de vida autogestionado y antagonista: además de las acciones políticas (poco más que volanteadas, organización de festivales y alguna bomba de pintura), eran vegetarianos: no comían ningún producto animal, ni siquiera huevos o leche, ni tomates, ni berenjenas, tampoco azúcar. Practicaban la urinoterapia (beber la orina por la mañana para purificarse), el yoga y las “huelgas de silencio”; permanecían días sin hablar. En la casa los acompañaba Silvano Pelissero, un amigo de Edoardo. Los dos hombres eran mayores que Sole: Edoardo tenía 34 años, Silvano, 36. Y ambos tenían antecedentes penales por minucias, pequeños hurtos y tenencia de material explosivo en cantidades ínfimas.
En forma paralela se gestaba otra historia. Desde mediados de 1996, una agrupación que nunca pudo ser identificada, los Lobos Grises, comenzó a hacer atentados con dinamita y molotovs en el Valle de Susa (Piamonte), en protesta contra la construcción de un Tren de Alta Velocidad (TAV), que crearía un desastre ecológico. Cuando los misteriosos Lobos Grises hicieron sus acciones, Silvano Pelissero estaba en Ginebra, Soledad en Buenos Aires y Edoardo en la cárcel; nada de eso importó cuando los carabineros de Ros y los agentes de la policía secreta Digos irrumpieron el 5 de marzo de 1998 en la casa ocupada de Collegno para llevarse detenidos a los tres. ¿La acusación? Asociación subversiva con finalidad de terrorismo y subversión del orden democrático, artículo 270 bis del Código Penal italiano, el mismo que se usó para combatir a las Brigadas Rojas. La pena: de siete a quince años de prisión.
Los okupas de Turín estallaron y se movilizaron casi a diario mientras sus compañeros estuvieron detenidos. La prensa los demonizó: ningún diario siquiera investigó si la acusación era aplicable. Si el Estado italiano quería disciplinar a los okupas, lo logró: el 27 de marzo, Edoardo Massari, conocido como Baleno (en italiano, “rayo”), se suicidó en su celda. Mientras tanto, Soledad se endurecía y no aceptaba la sugerencia de su familia, que proponía al astuto abogado Gian Paolo Zancan para separar su causa de la de sus compañeros. “A mí nadie me puso un revólver en la cabeza para hacer lo que hice”, decía. No quería volver a la Argentina, a pesar de que no tenía antecedentes y era fácil probar que de ninguna manera había estado involucrada en una acción “ecoterrorista”. Sus cartas, que le entregaron a Caparrós los padres de Edoardo y los familiares y amigos de Soledad, la muestran visceral y dolorida. En abril, consiguió la prisión domiciliaria en la Comunidad Sottoipinti en Bene Vaggeno, un refugio para adictos coordinado por Enrico de Simone. Él le regalaría a Soledad la “agenda negra”, un planificador de días con hitos y fechas anarquistas, que Caparrós conserva y hojea. “Es muy loco, porque tenía actividades para después”, dice el autor. “Acá, por ejemplo: escribe en la semana del 8 al 14 de julio que serán días muy positivos. Y el sábado 11 se suicidó.”
Soledad apareció ahorcada en el baño de la casa donde cumplía la detención, colgada de una sábana a la ducha, en una posición muy parecida a la de Edoardo, su novio. Cuando los padres recibieron la noticia de la muerte, decidieron cremarla. “No me interesaba que mi hija fuera una tumba donde a lo mejor van los turistas sin saber quién carajo era ella, nada más que a verla como Oh, mirá, ésta era la Sole que se suicidó, que se mató por amor o lo que sea.” Soledad no tiene tumba. Pero en Génova, en el 2001, cuando se reprimió tan duramente durante una movilización de los “globalifóbicos”, los carabineros les pegaban a los okupas gritando: “A ver si te viene a ayudar tu amiga Sole”.
Martín Caparrós estaba en Nueva York cuando murió María Soledad Rosas, y ni siquiera se enteró. Recién en el 2001 conoció la historia, y Christian Ferrer le sugirió que la escribiera. “Lo que me atrajo es que no estaba claro si Soledad se había matado por amor o por una causa, pero cualquiera de las dos razones eran tan anacrónicas que me llamaban la atención. Me enteré de su muerte, y después me interesó su vida.”
¿Cómo fue la experiencia de convivir
con los okupas en Italia?
–Estuve dos semanas viviendo en El Asilo. Llegué y Luca, el marido legal de Soledad, con el que se casó para obtener la residencia, me invitó a quedarme. Fue raro, porque estuve ahí el 11 de septiembre del 2001; fui uno de los pocos que no vio los atentados por televisión. Me costaba acostumbrarme a cosas: no tenía que dar explicaciones ni pedir permiso. Una vez quería una bicicleta y le pregunté a Ita, la compañera de Luca, si podía usarla. Me preguntó “¿Hay una bici?”. Le dije que sí, que había. “Entonces, ¿qué me preguntás?”. Me gustaba esto de que no hubiera ninguna organización aparente: están en contra de cualquier organización porque supone poder, y claro, están en contra de la idea de poder. Yo preguntaba dónde tenía que anotarme para cocinar, y ellos me decían que cocinara cuando tuviera ganas. Les pregunté qué pasaba si un día nadie tenía ganas de cocinar y me respondieron que nunca les había pasado. Y es así, no se mueren de hambre ni mucho menos. Me pareció muy interesante y muy contradictorio.
¿Por qué contradictorio?
–Por un lado es muy menor lo que hacen, es cambiar un poquito sus propias vidas, les falta la influencia social que los movimientos políticos tratan de tener. Pero al mismo tiempo respetan mucho la premisa de no querer cambiar las cosas dentro de algunos años y mientras tanto seguir viviendo como aquello que querrían cambiar, sino tratar de vivir aquí y ahora de la manera más parecida posible a la forma que querrían que todos viviéramos. Tienen una decisión muy fuerte de vivir distinto al resto de la sociedad, pero en términos de política más clásica da la sensación de que no consiguen efectos sociales demasiado importantes. Desdeñan la idea de operar sobre sectores más amplios. En términos de política tradicional sería mucho esfuerzo para poco resultado, pero no lo leen así. Ellos creen que el esfuerzo es el resultado.
Es imposible trasladar estas experiencias
a la Argentina...
–Totalmente. En los países del Primer Mundo el margen es ancho, es un lugar habitable. Aquí es el precipicio, allá se puede sobrevivir en la marginalidad. Es curioso que Soledad haya encontrado ahí lo que no encontraba en la Argentina. En un momento hasta pensaba que era un caso particular de esa idea que es fuerte en la Argentina: que el único futuro posible está en otra parte. El futuro dejó de ser una variable del tiempo para ser una variable del espacio. El caso de Soledad es un caso particular y distinto de esa idea: para ella también el futuro posible estaba en otra parte.
¿Por qué les cayó justo a ellos la
acusación falsa de ecoterrorismo?
–Les cayó de pedo. En lo macro, es que el Estado, en general, necesita enemigos para justificar su existencia. La Digos, la policía secreta, tiene miles de personas inútiles: se infló muchísimo en la época de las Brigadas Rojas y ahora quedaron sin nada que hacer. Y estos tres eran fáciles de sindicar como enemigos. Acusarlos les permitía criminalizar a un movimiento que nunca cometió delitos graves y por lo tanto era muy difícil de reprimir. Los okupas cometen pequeños delitos, afanan en supermercados, nafta de coches, caños o cables de obras en construcción del Estado, pero nada serio. El sanbenito de terroristas les permitió criminalizar al movimiento. Edoardo y Silvano tenían antecedentes, y en el caso de Soledad es infinitamente más cruel porque no estaba ahí cuando sucedieron los hechos. Pero necesitaban tres personas para acusarlos de banda subversiva, porque dos no son una banda. Entonces ella cayó. Fue un escándalo judicial y político de proporciones; el Estado italiano se comportó vilmente. Y el acriticismo de muy buena parte de la sociedad y sobre todo de los medios fue impresionante. Compraban cualquier cosa. Ni siquiera decían “los acusados de terrorismo”. Los llamaban “los tres ecoterroristas”. Una falta de distancia con el poder notable. Los pibes odian a la prensa con toda razón: la prensa los juzgó desde el primer día. Y fueron absueltos de la acusación de terrorismo en el 2002; así lo determinó la Corte de Casación de Roma. Nadie hizo una autocrítica.
¿Soledad estaba comprometida ideológicamente con el movimiento?
–Sí. A Soledad le cayó la piedra sin comerla ni beberla, pero a partir de ese momento se hizo cargo de su lugar. Se puso muy dura y tomó decisiones propias. Si no, está la idea de que la arrastró el viento. Efectivamente, vino un viento fuerte y la llevó. Pero una vez que estaba en ese lugar, en la cárcel y como opositora fuerte del Estado, se hizo cargo. Se podría haber corrido. La familia le ofreció poner un abogado que separara su causa de la Edoardo y Silvano. Era fácil decir que la habían engañado esos dos, y que ella pobrecita ingenua había sido víctima de una maquinación. Y ella se negó absolutamente, rechazó ese abogado y quiso quedarse con sus compañeros. Ese momento marca la diferencia. Ella decidió seguir adelante.
¿Existen posibilidades de que la mataran?
–Yo creo que ella se suicidó, y Edoardo también. En el caso de Edoardo casi nadie lo dudó, cosa rara porque se mató en la cárcel, donde no es difícil matar a alguien. En el caso de Soledad hubo más dudas, pero personalmente creo en su suicidio. Pero la verdad es que no puedo afirmarlo. En el libro preferí contar lo que cada uno me decía, hay muchas cosas que no terminé de entender, prefiero no sobreinterpretar. Lo extraño es que después de su muerte se acumularon otros suicidios: en octubre se mató Enrico, el dueño de la casa donde cumplía el arresto domiciliario, y en la Argentina se pegó un tiro Gabriel Zoppi, un ex novio de Sole que todavía estaba enamorado de ella. Muchas muertes. La que más me impresionó fue la de Pasquale Cavaliere, un diputado ecologista del Piamonte, casi el único con quien Edoardo y Soledad tuvieron una buena relación: lo aceptaron en la cárcel a pesar de ser un político burgués. Yo lo busqué porque había estado con Edoardo el día antes del suicidio. Cuando llegué a Turín me dijeron que había muerto en la Argentina dos años atrás. Apareció ahorcado, de forma muy parecida a Edoardo y Soledad, en la casa de una novia cordobesa con la que había tenido un chiquito. Estaba buscando información para un juicio por desaparecidos italianos en la Argentina. Nadie sabe qué pasó. Toda la trama es tan urgente e intensa: hay que pensar que el romance de Sole y Edoardo duró apenas dos meses.
¿Fue difícil entrevistar a los padres?
–Ellos están menos duros que al principio, cuando consideraban a los okupas como una secta. Supongo que entonces los padres querían encontrar algún culpable. En aquel momento decidieron que su hija no tuviera una tumba. Hay algo muy curioso, que pasa no sólo en el caso de Soledad, sino en el de los militantes de los ‘70 asesinados por la dictadura: sobre todo en un primer largo momento, los que tuvieron control de las historias de esta gente fueron sus padres. En muchos casos los padres eran gente de la cual los militantes asesinados se habían separado para hacer una vida distinta. A mí siempre me pareció una crueldad de la Historia que los que tuvieron el derecho a decir la última palabra sobre los militantes hayan sido aquellos de los que los militantes se separaron, en muchos casos para hacer un mundo distinto del que los padres les habían dejado. Por eso escribí La Voluntad, para que esta gente cuente su historia. En este caso, de manera más reducida y leve, sucede lo mismo.
¿Qué tenía de fascinante Soledad?
–No sé si llegó a fascinarme. Creo que le tengo mucho respeto. Éste es mi libro menos irónico, menos canchero. Quería respetarla; se buscó la vida con mucha energía, y quería que fuera lo más posible lo que había sido. Podría haber tomado otras decisiones, armar más un personaje. Quizá no haya nada de ella que me parezca descollante, pero todo lo que hizo es digno de respeto. Por eso me salió un libro que no se hace el vivo.

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