radar

Domingo, 16 de junio de 2013

VOLVIENDO A CASA

 Por Hernán Morán

Para poder escribir para esta sección, tuve que, inevitablemente, remontarme a mi infancia, ya que con el tiempo vamos perdiendo la facultad de ser fan de algo. Cuando era chico vivía a la vuelta de un cine, y ese fue mi templo en las escapadas de las clases de catequesis, donde me daba panzadas en continuado con películas de los Superagentes, todas las de Kung Fu, Disney y animé. En el cine me conocían todos, a tal punto que a veces no me cobraban entrada. Era común ver entrar a mi madre agachada llamándome entre las filas. Todas las semanas revisaba los estrenos y le preguntaba al de boletería cuáles eran “aptas para menores”. Hasta que un día, en la sección “próximamente”, di con el afiche donde un niño y un humanoide chocaban sus dedos índice.

E.T. el extraterrestre es una película que vi catorce veces en el cine cuando tenía nueve años; fue la primera película que logró conmoverme sin asustarme y con la que desa-rrollé el sentido de la amistad. La primera vez que la vi volví a mi casa e intenté construir la máquina con la que Elliott ayudaba a E.T. a comunicarse con su casa; para terminar de construirla, tuve que volver al cine dos veces más y las siguientes veces fueron con la excusa de acompañar a los integrantes de mi numerosa familia de a uno. Llegué a llevar hasta a mi hermanito de cuatro, que durmió plácidamente toda la película. Algunos la pasaron mejor que otros, pero mi expresión fue la misma las catorce veces que la vi. Para cuando terminé la máquina, me di cuenta de que no tenía a quién hacer comunicar con su casa. Me faltaba un E.T., por supuesto. Decidí caracterizar a mi gata, que casualmente estaba enferma –igual que E.T.– y dócilmente se prestó al experimento. Había hecho lo mismo que Elliott en la película: construir el comunicador en un lugar alejado de los agentes del gobierno, claro que lo más alejado que podía llegar solo era a la parte más alta de la terraza debajo del tanque de agua; un lugar inhóspito y sin barandas al que no subía nadie. Recuerdo haber pasado horas en esa terraza y hasta levantarme de madrugada a intentar comunicarme. Una de esas madrugadas, buscando a mi gata para comunicarla con su planeta, la encontré debajo de la parrilla junto a cinco gatitos que se retorcían emitiendo mini alaridos. Tenía la misión de encontrarles el padre y mudé a la familia a la guarida abajo del tanque. El final no es muy feliz. Dos gatitos murieron creo que congelados y otros dos se cayeron para lo del vecino, donde los desayunó un ovejero. Mi gata nunca me lo perdonó y se fue de casa al tiempo.

Muchos años después, haciendo el ingreso a la facultad de Avellaneda para estudiar cine, había que elegir una película para comentarla en la entrevista de admisión. La mayoría de mis compañeros había elegido El acorazado Potemkim pero yo, por supuesto, elegí E.T. No entré. No hubo una proyección de escenas de besos prohibidos, ni cines incendiados, pero el cine y el teatro siempre estuvieron ligados en mi vida artística. E.T. el extraterrestre fue mi primer contacto con el teatro. También con el sentido de la amistad y el desencanto. No pedí aprender nada, pero, como cualquier niño, la curiosidad y la fascinación me fueron llevando.

Hernán Morán estrena a fin de este mes La leyenda de Lis Chi, de Maruja Bustamante, como actor protagónico. Y en agosto reestrena Los insolados, de su autoría y dirección, sobre Cuentos de amor, de locura y de muerte, de Horacio Quiroga, en el teatro Sha.


E.T. (1982) fue coproducida y dirigida por Steven Spielberg, escrita por Melissa Mathison y protagonizada por Henry Thomas, Robert MacNaughton, Tom Byron, Drew Barrymore, Dee Wallace y Peter Coyote. Es la historia de Elliott, un niño solitario que se hace amigo de un extraterrestre que quedó abandonado en la Tierra. Elliott y sus hermanos ayudan a E.T. a volver a su hogar, mientras intentan mantenerlo oculto de su madre y del gobierno. El concepto de E. T. está basado en un amigo imaginario de Spielberg, creado tras el divorcio de sus padres. La película se rodó entre septiembre y diciembre de 1981 en California, con un presupuesto de $ 10,5 millones de dólares. A diferencia de la mayoría de las películas, fue filmada en un aproximado orden cronológico, con el fin de facilitar las actuaciones emocionales del joven reparto. Fue un éxito de público, superando a La guerra de las galaxias, para convertirse en la película más taquillera de todos los tiempos, un record que mantuvo durante diez años. Según una encuesta del sitio Ro-tten Tomatoes, es la película de ciencia ficción más importante de todos los tiempos. Se reestrenó en 1985, y en 2002, para celebrar su 20º aniversario, con planos y escenas adicionales modificadas.

Compartir: 

Twitter
 

 
RADAR
 indice

Logo de Página/12

© 2000-2019 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Política de privacidad | Todos los Derechos Reservados

Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.