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Domingo, 14 de julio de 2013

MúSICA> CRISTIAN ALDANA Y LOS 25 AñOS DE EL OTRO YO

EL DIA DE LA INDEPENDENCIA

Es el actual presidente de la Unión de Músicos Independientes, que elaboró la que finalmente sería la Ley de la Música sancionada en el Senado el año pasado. Y en agosto se presenta como candidato a diputado en la lista de la Ciudad que encabeza Juan Cabandié. Cristian Aldana celebra los 25 años de El Otro Yo con logros que superan la elaboración de discos y recitales. En esta entrevista recuerda y reflexiona acerca de un recorrido que empezó en los bordes del punk, atravesó los años ’90 y lo llevó a una militancia por los músicos alternativos en los últimos años. Y explica por qué le gusta que los chicos lo vean actuar en política, aunque un rockero candidato, según confiesa, genere resistencia en el ambiente.

 Por Micaela Ortelli

Cristian Aldana tiene 42 años, está al frente de El Otro Yo desde hace 25 y figura en el puesto 13 de la boleta que encabeza Juan Cabandié por el Frente para la Victoria para las elecciones legislativas. El puesto 13 es el último, de manera que tendría que suceder un dominó de efectos especiales (después de una elección brillante, por cierto) para que quien lo ostenta acceda efectivamente a una banca. “Pedí ser último porque no es mi interés ser diputado; yo quiero tocar, soy músico, mi vocación está recontra clara.” ¿Por qué la postulación entonces? “Mi función pasa por un lado testimonial, bancando un proyecto en el que creo. Porque si logré un poco de prestigio en todos estos años me lo quiero jugar en algo que valga la pena, y me parece que éste es el momento”, responde Aldana. Radar no es el primer medio al que se lo dice: si la flamante candidatura viene afectando en algo su rutina, no es a causa de firmar papeles o ir al Congreso sino de dar entrevistas, “todo por un rockero en la lista”. Y eso que no es éste su primer logro político; es, más bien, un corolario de los anteriores (los de la Unión de Músicos Independientes, incluida la Ley de la Música, aprobada en el Senado el año pasado), consecuencias, a la vez, de una carrera artística autogestionada desde el día uno.

“ALDANA, ¿NO LE DA VERGÜENZA?”

Por unos pocos años, El Otro Yo no aparece en Derrumbando la Casa Rosada (Autores Varios, publicado en 2011), el libro que reconstruye la primera etapa del punk en la Argentina, que abarca de 1978 a 1988. Aunque es muy probable que Cristian haya estado en más de un show mencionado ahí. Una fecha recuerda particularmente: año 1987, Todos Tus Muertos presentaba su primer disco en Cemento, con soporte de Enema, una banda de corta vida, con una tribu de fans que se hacía llamar los “Anarcoquilomberos” y se pintaban la cara de blanco y aureolas negras en los ojos. “¡Era todo un quilombo, lleno de punks, crestas gigantes! Me acuerdo de mi primo diciendo: ‘Cristian, yo me voy, acá nos va a pasar algo’. Y yo: ‘¡No, yo me quedo acá, ésta es mi casa!’”

El llevaba pelo azul y jeans destrozados, y sus maestras, serias y preocupadas, le preguntaban: “Aldana, ¿no le da vergüenza?”. “No podían entender que no me diera vergüenza; para ellas era una demostración de debilidad, de que venías de un hogar humilde y no te podían comprar pantalones. Y yo sentía que era libre y que estaba diciendo algo con mi vestimenta; quería verme diferente del resto.” Y en ese momento la música marcaba la diferencia: amigos eran los que escuchaban The Cure, Joy Division, Bauhaus, bandas que había que ir a buscar a las disquerías especializadas, las mismas –Abraxas y Oíd Mortales, entre las que sobreviven– que en el ’93 vendían Los hijos de Alien, el primer disco de EOY, que en realidad fue un casete.

Lo grabaron en la sala de ensayo porque los demos de estudio que tenían no funcionaban. Eran operarios acostumbrados a producir folklore, tango o música tropical; y los gritos de Cristian, la languidez de su hermana, María Fernanda, y la distorsión del conjunto, simplemente quedaban mal mezclados. Era una banda estéticamente desafiante, además, salida del conurbano (de Temperley), con una chica tocando el bajo cuando el público de rock de entonces era, en su mayoría, macho y machista; con letras desvergonzadas, tan efervescentes como las del punk, pero más calientes (¿quién se acuerda de “La tetona”?: “En una bañera con agua caliente, ¡tengo la espuma y una tetona!”).

El único camino para ellos parecía ser la autogestión. “En ese momento había un público de punk, de rocanrol, de heavy, pero no para lo que nosotros proponíamos. Nadie estaba interesado en grabar y producir a un grupo como el nuestro. Si queríamos nacer y crecer, teníamos que hacerlo solos.” Los chicos armaban un puesto de merchandising en los shows, y Cristian recorría las disquerías con un talonario de remito y dejaba los casetes en consignación. “La primera vez que fui a una, tuve que esperar un rato en la puerta porque no me animaba a entrar. Decir: ‘Este soy yo, quiero estar en tu disquería’, significaba romper con toda una estructura psicológica del artista, porque la ilusión era que iba a venir un productor y te iba a decir: ‘Loco, me encanta tu banda, te firmo ya’.”

Algo no tan así pasó con Traka Traka (1994), el único disco que sacaron bajo contrato, y la experiencia no fue buena: “Ya sabíamos lo que era hacer un disco de forma autogestionada, con toda la libertad para decidir el arte de tapa, la lista de temas, la fecha de salida. No nos sentimos a gusto cuando tuvimos que negociar todo eso, porque perdimos el control real sobre lo que queríamos hacer, cómo usar el ingreso”. (Ejemplo de ingreso bien invertido fue que en 2001 compraron de vuelta el master del disco y lo reeditaron por su propio y eterno sello, Besótico Records.)

Mundo (1995), con 20 temas, grabado en la cabina del Dodge Polara roto de Aldana padre, es representativo de la visión de la época de la banda. Ahí se desarrolla mejor el “No me importa, no me interesa, no sé por qué” del disco anterior, en canciones como “A.D. 90”: “Sigue y sigue por la televisión el circo de los políticos / La educación ¡bla, bla! / No sé inglés, nada de política, nada de computación / Confusión, frustración, no sé, no sé, A.D. 90 soy”. O mismo en “Alegría”: “Sueños, frustrados, agonía, alegría de una vez”.

“Hasta la forma de cantarla era como querer alcanzar la alegría con las manos. Los ’90 para mí fueron eso: vivir en una sociedad sin oportunidades y en la que no éramos comprendidos. Lo directo era enfrentarse desde las canciones, la forma de editar los discos, elegir dónde tocar. Porque así también se dice algo.”

No fue fácil descifrar los vericuetos de la industria: “Años para entender cómo se registran las canciones en Sadaic y cómo es que recauda para después pagarles a los autores, que había que registrar el nombre de la banda y el disco en AADI, pensar en un derecho de productor fonográfico en Capif porque somos independientes y somos productores”, recuerda Aldana. Con todo, la banda cerró una década exitosa. En 1999 lanzaron Abrecaminos, un disco inolvidable, accesible, marcado por la incorporación del ex Avant Press, Ezequiel Araujo (se fue en un momento y volvió; en el grupo también hay dos ex Brujos: el prontuario total resume la historia del llamado nuevo rock argentino).

Al año siguiente, EOY arrancó una gira histórica que pasó por Cemento (ahí grabaron el vivo Contagiándose la energía del otro), los barrios, el interior, el exterior y cerró en Obras. Entonces vino el fin del milenio y se llevó con él la primavera de las discográficas.

EL ACTUAL PRESIDENTE

Entre 1976 y 1982 existió una agrupación llamada MIA (Músicos Independientes Asociados), fundada por los padres de Lito Vitale, Donvi y Esther, que fue la mentora de la independencia de Los Redondos, por ejemplo. Con ese modelo, Diego Boris (Boris y la Resistencia, La Tolva) convocó a nueve músicos a su sala de avenida Belgrano (Gustavo Zabala, Ulises Butrón y Eduardo Balán, entre ellos) para discutir la situación y pensar soluciones. Desde 2001 funciona ahí oficialmente la UMI (Unión de Músicos Independientes).

“La única forma de solucionar las cosas que no te gustan es juntándose; solos no se puede, te quedás siempre puteando desde la puerta. Las primeras reuniones de la UMI eran como hacer terapia; después empezamos a ver cómo se podía desarrollar una herramienta colectiva para acceder desde lo económico a un disco.” Hubo que organizarse, armar un comité ejecutivo para tener personería jurídica, elegir presidente (Cristian ocupa el cargo actualmente), secretario, tesorero, vocales. Cumplidos los trámites, salieron a gestionar convenios que sirvieran a todas las bandas que se asociaran. “Ibamos a las fábricas de discos y decíamos: ‘Somos nueve bandas independientes, vamos a fabricar acá, necesitamos el mejor precio’. Y así con todo: imprentas, estudios de grabación, de mastering; conseguimos todo lo más barato.” Los primeros en unirse fueron bandas amigas; hoy son más de 5500, y a través del sello de la UMI se editan alrededor de 40 discos por mes de todos los géneros.

En 2002, EOY lanzó Colmena, y en 2004, Espejismos, ambos con packagings creativos y sofisticados. También con letras más elaboradas y mejor direccionadas, esperanzadoras algunas: “No pierdan la fe si un Che nuevo no aparece a mostrarnos el camino / Arma la rebelión para que las cosas sí sucedan y destraben la justicia”; combativas otras: “Los excluidos que el poder mata son los desechos del mundo global / La licuadora mutiladora destruye todo con impunidad”. Es que ya eran jóvenes adultos: “Nosotros crecimos estando en el grupo, y no empezamos a tener éxito de grandes, cuando ya tenés una visión más clara de cómo pararte en la vida. Por ahí, en Traka Traka no teníamos las herramientas intelectuales para comprender todo lo malo que veíamos que pasaba. Con los años pudimos entender mejor nuestra historia y por qué estábamos como estábamos”.

Los remedios jurídicos para tapar la herida Cromañón dieron con una UMI fuerte y militante, que gracias al autofinanciamiento –los asociados pagan una cuota mínima– pudo costear un juicio contra el Gobierno de la Ciudad por el cierre irrestricto de lugares para tocar (el de Cemento, por justo que fuera, es una pérdida, todavía, irreparable), y las nuevas regulaciones sobre la música en vivo, que exigían, por ejemplo, presentar una grilla de fechas con un año de anticipación.

En 2006 se aprobó y derogó la ley del ejecutante musical, rechazada por una cantidad atendible de músicos. Cristian acusa estas razones: “Proponía que diéramos un examen de idoneidad para decidir si eras músico o no, apuntaba a los músicos en relación de dependencia y no tenía en cuenta a los independientes, había que pagar 100 pesos por año para que te dieran una matrícula, los shows ya no se iban a cobrar en el día sino en el SADE unos días después. La gente del SADE no era representativa de la música, no había confianza, así que era alimentar una caja recaudadora que iba a manejar gente que no conocíamos”.

Más de 1500 músicos se reunieron en el hotel Bauen para protestar contra la ley. Les dijeron que los iba a atender alguien “importante” del gobierno. Resultó ser Néstor Kirchner en persona. “Nos dijo: ‘Muchachos, perdonen, me equivoqué’. Ahí mismo le dijimos que había que crear una ley para los músicos que contemple la realidad de la música hoy, que la mayoría es independiente. El tipo dio el OK, y empezamos a laburar en un proyecto que llevó seis años. Armamos un borrador y (el diputado nacional) Eric Calcagno se ocupó de transformarlo en una ley. Después empezamos a militarla por todos lados.” El año pasado, el Senado finalmente aprobó por unanimidad la Ley de la Música, que establece, en principio, la creación de un Instituto Nacional de la Música, como tienen el cine y el teatro.

El año pasado también salió Quinta dimensión, el disco de estudio número 10 de EOY que, con público de todas las generaciones, sigue tan activo como siempre: “Yo siento que la independencia en la que nos movimos hizo que nos convirtamos en unos guerreros de la música y de la vida. Eso hizo que todo fuera más excitante para nosotros que sólo vender discos y hacer shows”.

Y sí, lo critican por la candidatura: fans y colegas. Algunos por opositores, otros porque no asimilan el cruce –hace 20 años, impensado, contradictorio– entre rock y política. “Pasa que a la gente, sobre todo en el rock, no les gusta que tomes posición... ¡porque vivimos los ’90! Entonces hay muchos que todavía no salieron de ahí, y otros que están empezando a despertar. Una forma de que eso pase, por ejemplo, es que yo integre una lista. Así, los pibes piensan ‘qué hijo de puta’, pero después van, leen y discuten con los amigos.”

El Otro Yo sigue festejando sus “25 años de independencia”, presentando Quinta dimensión. El 20 de julio tocan en EQ Rock (Av. Pte. Perón 4982, de José C. Paz); y el 14 de septiembre estrenarán formato unplugged en el ND Ateneo (Paraguay 918, CABA).

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Imagen: Catalina Bartolome
 
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